Las lágrimas de Albacete

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Télam
Por Télam

Como si algo hubiera faltado para retratar el espíritu amateur que anidó en los hiperprofesionales Pumas que brillaron en el Mundial de rugby, una confesión de Patricio Albacete constituye la cereza del
postre: en el primer partido ante Francia lloró mientras la pelota iba y venía en el último tramo del juego.


 


Parece una anécdota, y de hecho lo es, entre otras cosas porque ese tono le da el propio Albacete a la hora de la evocación, pero mejor mirada la cuestión, el episodio debe registrarse como una bocanada de aire fresco en tiempos de romanticismos en retirada.


 


"Fueron tres o cuatro minutos, no podía controlar la emoción, lo que estábamos viviendo era demasiado intenso", explica el entrañable Pato, revelación del Mundial y nítido candidato a ejercer la capitanía de Los Pumas en la que será la etapa de la renovación.


 


En realidad, el altísimo rendimiento de Albacete y su desborde emocional en el mismo campo de juego podrían reflejar no ya una curiosidad sino más bien una contradicción en toda la línea.


 


Sin ir más lejos, hoy mismo hay unos cuantos dirigentes del rugby argentino y otros tantos devotos del deporte de la pelota ovalada, que vinculan al profesionalismo con una inevitable pérdida de la pureza y del espíritu lúdico que esa pureza contiene.


 


Pero tal vez habría que pensar la cuestión en términos conjuntivos y no en términos disyuntivos: el profesionalismo es inherente a la excelencia del juego en lo que atañe a la preparación física y demás, en tanto el espíritu amateur equivale a una indispensable reserva de vibración, de compromiso, en pocas palabras, de todo eso que sazona el plato de la épica. 


 


Una épica que, como es el caso, Albacete sostiene, fomenta y exhibe con un dejo de orgullo cada vez que pisa el césped, sea en el poderoso Toulouse de Francia, sea en el seleccionado de su país.


 


Segunda línea de notable presente y, según mentan los especialistas, de extraordinario futuro, Albacete es de lo que creen que la mística Puma existe, que es un honor prolongarla y que el vigor de esa mística trasciende éste o aquel recambio.


 


Dos metros y 115 kilos de felino de pura cepa es este Pato que supo jugar como un hombre y llorar como un niño, o, en todo caso, como un hombre que jamás renuncia al niño que fue.

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