Para todos los que vivimos al sur del Gran Buenos Aires durante buena parte de nuestra existencia, las vías del tren por las que surcan las formaciones del Ferrocarril Roca son desde hace décadas, parte misma de nuestra historia.
Y cualquier bonaerense al sur que se precie de tal, tuvo una vida ligada al ferrocarril que desde hoy, una vez más, tendrá un supuesto salvavidas al ser quitado de manos que le hicieron daño. La “patria es la infancia”, dicen algunos con razón. “Roca que me hiciste mal, y sin embargo te quiero”, sopla la letra del tango que se silba entre andenes desvencijados.
Porque en el Roca, siempre se viajó mal. No como últimamente, claro, por razones que los responsables de la empresa se empecinan en hacer que resulten verosímiles. Pero nunca fue un gusto. Los vagones y las viejas máquinas diesel que milagrosamente siguen arrastrando su ser por zonas de empedrado y tierra atesoran miles de historias.
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Pero cuando el romanticismo de un viaje se transforma en tedio, en el desgaste de lo cotidiano, el Roca es también un termónetro de la Argentina toda. Porque de aquellas formaciones que eran lentas, frías y ruidosas, pero por lo menos puntuales, se pasó en la primavera democrática alfonsinista a la electrificación. Y así, pasaron a convivir dos realidades que ahora, juntas, se caen a pedazos en Constitución, ante las cámaras que muestran todo como si fuese un reality ferroviario.
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En el medio, miles de historias de robos y miedos con hinchadas de fútbol de cualquier tamaño, los versitos de los vendedores ambulantes, las borracheras de andén, los superpanchos con más aderezo que ¿carne?, el sentirse sardina, las olfateadas del Riachuelo, las apoyadas mal o bien intencionadas, las zafadas del “chancho”, los manifestantes y los paraguas abiertos dentro del vagón para evitar mojarse.
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Y las estaciones se fueron transformando en cárceles con rejas para evitar colocar controladores de boletos, las ventanillas fueron desapareciendo, las paradas entre estaciones se hicieron constantes, las estaciones trocaron en aguantaderos, los andenes en trampas mortales, y cada cruce vial en un crimen en potencia.
¿Qué quedó de aquel intento de colocar televisores en los trenes, que duró tanto como el trayecto entre Lomas de Zamora y Banfield? ¿Y de la vieja arquitectura ferroviaria que fue transformada con mercachifles de chapa? ¿Y de los monumentos que eran cada puente antes de ser galerías a cielo abierto? ¿Y del guarda con una prestancia similar al viejo cartero? ¿Y de la cara de los chicos buscando ver la vía adelante, junto al maquinista? De todo eso, solo perdura el recuerdo de un grafiti de la estación Remedios de Escalada: “sabiendo que era imposible, fue, y lo hizo”.
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