Los diálogos más sabrosos de las "Charlas de Quincho"

Economía

* Una cena de dirigentes del peronismo anti K, las pataletas en la Rural y el visto bueno del presidente para algunos integrantes del futuro gabinete de Scioli son los mejores momentos de este espacio habitual de Ambito Financiero que minutouno.com reproduce cada lunes.

* En Gardiner de la Costanera, mesa gigante reservada (y, lo más importante, pagada) por el diputado Hugo Franco. Allí, tras el acto de la Bombonerita, el peronismo cupular que se entusiasma con la titularidad del escudo, la marcha y la bandera -¿pensarán que el kirchnerismo habrá de permitirlo?- se estacionó con otros aliados; rozagantes, a pesar del frío, los hermanos Rodríguez Saá (Alberto y Adolfo), Ramón Puerta, Jorge Sobisch, Luis Patti, Eduardo Menem, Juan Carlos Blumberg, Jorge Pereyra de Olazábal, Carlos Dellepiane (el nuevo interventor en el PJ de Buenos Aires), confiados en que su propuesta finalmente obligará a una segunda vuelta. Porque, ¿quién va a votar a los Kirchner?, se preguntan, ¿conoce usted alguna mujer que vote a Cristina?, arguyen con el amateurismo de quien habla con todo el mundo y, en ese mundo, no encuentran ni una voz en defensa de la aspirante oficialista.
Preguntaba más de uno por el material que había traído Miguel Ángel Toma de los Estados Unidos -presuntamente, un informe sobre los Kirchner- y el menor de los Rodríguez Saá, Alberto, quien se perfila como el candidato, reclamando sólo el debate público con la mujer del Presidente. Mientras, el otro hermano, Eduardo Menem, justificaba la ausencia del suyo de la reunión: hay una campaña feroz en La Rioja, afirmó, llegan sanitarios todos los días, reparten inodoros, piletas, casas. Cuando finalice la encuesta habrá más casas prometidas que habitantes en la provincia.  
* Allí había conocimiento de otros temas; por ejemplo, el último viaje de la pareja presidencial a México. Contaban que más de uno se sorprendió cuando Cristina de Kirchner de pronto interrumpió una conversación en su entorno y dijo: «¿ Vieron que Barak Obama (jefe demócrata que compite en la interna contra Hillary Clinton) elogió a Michelle Bachelet?». Pocos entendieron el mensaje cifrado, salvo su esposo y Carlos Zannini. Es que en el círculo K ha comenzado un debate, tomando como modelo la transición chilena, por el cual se infiere que buena parte de la popularidad perdida por Bachelet obedece al hecho de haber cambiado en su totalidad el gabinete heredado de Ricardo Lagos.
Creen que esa acción traumática (pensamiento del mandatario y del secretario legal y técnico) colocó en la cima a personajes con mínima experiencia de gestión, carencia que terminó dañando a la mujer trasandina. Por lo tanto, sugieren que no debe cambiar Cristina tantos ministros -o sea, más de lo mismo-, aferrarse a lo que ya existe, mientras ella postula un cambio total de nombres. ¿Cuál será el criterio que prevalecerá?, se cuestionaban en la mesa, mientras otro infidente añadía un curioso detalle: ella ha pedido, para mostrar más sensibilidad con la gente, que nadie le abra la puerta del auto y que, si llueve, ella misma se encargará de portar el paraguas; no quiere a ningún Rucci que la cubra.
* Una perla en el almuerzo, nada más. El resto, lo propio: las ambiciones y pretensiones de cada uno. Sobisch, quien exigió cambiar el vino (un Alto Las Hormigas por uno de la Bodega del Fin del Mundo, de su provincia), parecía incómodo en el encuentro: quiere definición rápida sobre el futuro candidato (y a favor de él, por supuesto), esta semana intentará forzar esa decisión, mientras los Rodríguez Saá demandan paciencia hasta que se defina su suerte electoral en San Luis, donde serán fáciles triunfadores y, de esa forma, le queda el camino expedito a Alberto.
Como sapo de otro núcleo, Blumberg atinaba a presumir de un contagio popular sobre su persona, mientras Patti globalizaba: «No sólo yo tengo que ir de candidato a la provincia, también Blumberg, si se puede Francisco de Narváez. Cuantos más, mejor». Esquema obvio para restarle votos a Daniel Scioli.
* En la Rural unas 600 personas se encontraron para comer cazuelas, guaraníes, chipás y empanadas, luego del desencuentro del gobierno con Luciano Miguens, un héroe impensado para el sector, al menos en ese día. Ni él mismo podía creer su nacimiento como estrella política: hizo un discurso más duro que el año pasado, cuando el sector estaba de paro y se imaginaba una protesta más firme. Pero esta vez salió del molde conservador de su vida con un mensaje que le ayudaron a preparar Felipe Noguera, su próximo sucesor, el ingenioso Hugo Biolcati y Julio Suaya, permitiéndose en 20 páginas algunas frases que excedieron la cuestión agropecuaria. Aun así, a todos les costaba entender la exagerada reacción de Néstor Kirchner, sensibilizado electoralmente, quien obligó por teléfono al retiro del secretario del área, Javier de Urquiza, impidiendo siquiera que éste le respondiera al titular de la Sociedad Rural. La descomedida y poco democrática acción intentó ser salvada por Biolcati, quien en el cóctel relataba puntillosamente sus vanos esfuerzos para retener a De Urquiza, el que partió despavorido -luego del telefonazo- como si del otro lado le hubieran anunciado que estaba por explotar una bomba.
* Pero, en fin, Miguens reclama lo que entiende es justo (el fin de las retenciones) y, como muchos industriales -incapaces de decirlo en público-, la falta de un esquema superior para que la transformación de los últimos años se convierta en una realidad perdurable (sea por omisión frente a los problemas estructurales o por no proveer de valor agregado a las exportaciones actuales). Lejos de esos ruidos, más interesados en la feria, en el comedor central se aposentaron el empresario Eduardo Eurnekian -hablando de Scioli como si fuera su hijo-, el ex juez Jorge Urso, Jorge Triaca con sus hijos y nietos (alborozado porque su hijo «Jorgito», allegado a Mauricio Macri, también lo convertirá en abuelo), gente de la AFA y hasta un infidente que relataba la cena privada entre dos cristinistas de la primera hora, Alberto Fernández y María Laura Leguizamón, en el hotel Faena, discutiendo sobre la lista de diputados y colaboradores en futuros ministerios.  
* ¿Para esto organizamos la comida en Águila y Sol y contratamos a la mejor chef del país? (Marta Ortiz Chapa), se repetía el matrimonio Calderón, anfitrión de los Kirchner en México. Casi ofendidos estaban porque la pareja argentina se limitó a pedir pollo hervido con verduras al wok en ese restorán -espacioso, con lujo étnico, cargado de simbolismos indígenas, con abundante piedra y carísimo, sobre todo-, casi sin reparar en el orgullo azteca de su cocina, esa noche ataviada con guacamole tricolor con requesón y granada, atún estrella de mar con vinagreta de chilis, pozole de mariscos, pato al mole negro, filete de carne con salsa de chipotle y queso añejo, y huauzontle con queso de cabra en costra de parmesano.
Ellos, los invitados, en verdad estaban en coma gastronómico: Kirchner había llegado bufando con la comida elegida en su avión -de ahí que siempre pide aterrizar un día antes de que comience la agenda-, tanto como su esposa amparada en gafas oscuras. Demacrado, entonces, quejoso con el colon irritable y recordando que también en el cuerpo humano rige el lema que tanto gusta predicar: la violencia de arriba provoca la violencia de abajo.
También asistieron, más repuestos, a la Hacienda de Los Morales (otro restorán de fama) que no deriva su nombre de una familia, sino de las plantaciones de mora, famoso además porque allí acampó Pancho Villa. Allí, junto a los mexicanos, se adecuó con Carlos Zannini, Miguel Peirano, José Pampuro, Jorge Balestrini, el embajador Jorge Yoma, Miguel Pichetto y José María Díaz Bancalari (una selección que tal vez nunca imaginó que lo acompañaría luego de cuatro años en el poder), bromeando con el ambiente del lugar: «Sólo falta El Zorro», comentó por el aire colonial. Como no se reían lo suficiente, agregó: «¿Donde está Diego de la Vega?».
* De esas conversaciones, en las que sobresalía la mujer del mandatario mexicano (Margarita Zavala, 20 centímetros más alta que su marido y con proyección electoral), debió escuchar que Calderón avanzará contra el narcotráfico de cualquier manera, aun utilizando el Ejército. No es un criterio que le plazca, se supone que tampoco le debe gustar la desigualdad de ese país, con 20 millones de ricos -incluyendo a Carlos Slim, el más rico del mundo- y 90 millones de campesinos, sin burguesía ni clase media.
Aunque ella, Cristina, algo habló de la necesaria igualdad en algún discurso, al tiempo que se hacía abrir el museo de Bellas Artes para ella sola y ver los cuadros de Frida Kahlo, consejo de su amiga embajadora Alicia Castro. Fue a la noche y resultó una concesión del gobierno, de un estado imperial en el que el Presidente es despertado, cada mañana, en su residencia de Los Pinos, por una banda del Ejército que le toca Diana y el himno de la República. Kirchner, al margen de declararse emocionado -«soy sólo un pingüino», dijo casi lloriqueando-, en su charla con Calderón aprobó que ambos países estarán unidos contra Brasil, que aspira a una silla permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (mientras, la Argentina y México entienden que esa silla debe ser rotativa).
También, negocios son negocios, aceptó que en el gasoducto con Bolivia (obra de Techint) participe Pemex, una de sus empresas nacionales preferidas.  
* En El Carreto, un bar en una esquina de San Justo, Daniel Scioli eligió para fotografiarse con Alberto Balestrini, su segundo en la fórmula. Ya se había anticipado desde la Jefatura de Gabinete por el mediático Alberto Fernández -el jueves, otra vez, lo recibió al zar del monopolio «Clarín», Héctor Magnetto-, quien aseguró que Scioli había elegido a su compañero con la complacencia de Kirchner. No dijo que unos días antes el Presidente dialogó con Scioli, le mostró encuestas de La Matanza (bastión de Balestrini) y que era necesario que un hombre de la provincia lo acompañara en la fórmula para satisfacción de los otros intendentes del peronismo K. Entonces, le pidió que hablara con el actual titular de la Cámara de Diputados porque es necesario fijar las candidaturas antes de que lo hagan los peronistas que se reunieron en San Luis. Tampoco dijo que Kirchner, un par de semanas antes, ya le había anticipado a Balestrini: «Te cagué», lo que para él fue la confirmación de que debía acompañar a Scioli. Autores o tutores intelectuales mediante, lo cierto es que Scioli habló largo con Kirchner de varios colaboradores. En general, aceptó o congenió varias propuestas, de Daniel Katz a Débora Giorgi, de Carlos Domínguez a Daniel Arroyo, de Pacho O'Donnell a Marcelo Garrafo, incluyendo a Joaquín Da Rocha. Gente, en general, con más perfil kirchnerista que sciolista. Pero hubo acuerdo, si se quiere, salvo una contingencia que el Presidente no aprobó: vetó la candidatura del fiscal Carlos Stornelli para ocuparse de la Seguridad bonaerense. No lo quiere desde que se ha vuelto insistente con el caso Skanska, causa que no progresa en apariencia. Tan afable fue el encuentro que, previendo complicaciones, extrañamente Scioli dejó de asistir a un evento que lo tenía abonado: la Exposición Rural. Debe haber sido doloroso para él no tener esa fotografía por la precaución de ciertos episodios que finalmente ocurrieron.

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