Los diálogos más sabrosos de las "Charlas de Quincho"
* Con feriado o sin él, minutouno.com presenta, como cada lunes, los mejores momentos de este clásico espacio creado por Ámbito Financiero.
«Hablemos para 2011», dice, con lo cual además se exime de alguna dádiva que le puedan reclamar para la gestión que comienza el 10 de diciembre. Para esa tarea de intendente da señales claras de que va a rodearse de gente totalmente distinta de la que lo acompañó hasta ahora. No le importa el enojo lopezmurphysta y hasta bromea con que esperaba que el propio López Murphy dijera alguna vez que Macri debía ser candidato a presidente este año. ¿Cuándo? Cuando el propio Mauricio alimentó, mientras estaba en París, la operación «clamor presidencial» con la que quería llegar a la intendencia. Los periodistas y dirigentes que hace un mes vociferaban sobre un Macri presidencial lo hacían después de salir de la casa del jefe de PRO, que entendía que la amenaza de una candidatura anti-Cristina podía ser una buena herramienta para negociar con el kirchnerismo. Duró poco el ardid, porque el gobierno nacional prefirió la pelea, pero entre quienes le pedían que se lanzase contra los Kirchner el 28 de octubre, ciertamente, nunca estuvo López Murphy.
Que López Murphy se vaya con Carrió es una deslealtad para Macri porque ésta se ha dedicado siempre a castigarlo por su ideología y también por la trayectoria como empresario. Usó esos argumentos en la campaña a diputados de 2005 y en las pocas intervenciones que tuvo a favor de Jorge Telerman recayó en esas descalificaciones. Adelantar este apoyo, aunque mezquino, es para el intendente electo una manera de enlazar a López Murphy para frenar esa migración que ya hizo otro ex radical como Enrique Olivera y preconstituir la acusación de traidor en caso de que se concrete. Macri cree plausible la idea de que se mantengan todas las candidaturas presidenciales sin compromisos fuertes con partidos de distrito de manera de promover una ola que beneficie, por caso, a un arco que va desde el macrismo hasta la fórmula De Narváez-Jorge Macri en Buenos Aires y hasta al lavagnismo en el orden nacional. Eso precipitaría un ballottage sin tener que pagar él el costo de una nueva aventura electoral que lo presentaría como un derrotado después de ganar la Capital.
Sin recuperar el peso y la lozanía que perdió durante la campaña, Macri extendió la cena hasta la madrugada junto al «Míster» de la Selección (así lo llama, usando el apelativo que les dan los españoles a los entrenadores de fútbol) y al animador de «Bailando por un sueño», con quien ha compartido festejos políticos y electorales que espera prolongar en el futuro. Las otras mesas compitieron en densidad. En la de los radicales, cuando ya no quedaba nada del cordero -y uno hasta pidió un asado de tira para cambiar el paladar mientras seguía corriendo el Saint Felicien-, hubo testimonios interesantes. Por ejemplo, que Raúl Alfonsín sigue insistiendo en que hay segunda vuelta electoral entre Cristina Kirchner y alguien. Para él ese alguien es, claro, Roberto Lavagna, pero intenta en cada ocasión que tiene darles ánimo a los radicales para que no bajen el tono de la pelea electoral.
Algo que le cuesta mucho, como por ejemplo participar el viernes pasado en un homenaje a Moisés Lebensohn, un mito partidario que ahora algunos intentan alzar, aunque en vida lo combatieran. Entre ellos, Alfonsín, que en su juventud balbinista formó parte de la muralla partidaria que le impidió al legendario Lebensohn ir más allá de una concejalía en su pueblo de origen, Junín. Dignidades partidarias, las logró casi todas, desde presidir el comité Provincia de Buenos Aires, la convención nacional o el bloque de convencionales constituyentes de 1949. Pero nada más y con muy escasa proyección territorial, para algunos porque era demasiado extremista (fue acusado de comunista por los propios radicales antes de su muerte en 1953), para otros -nadie lo admitirá, claro- por su condición de judío. La originalidad del homenaje a Lebensohn en el que habló para hacer lavagnismo Alfonsín el viernes en el Centro Asturiano de la calle Solís de la Capital, es que no hubo ningún lebensohniano.
• De ahí a un sarao inusual en el Jockey Club, que abrió el salón Anasagasti -uno de los más grandes, puede albergar 200 personas- para la presentación de un libro: allí el ex funcionario y presidente de la UCeDé porteña, Jorge Pereyra de Olazábal, lanzó un ensayo que presume ser una revisión optimista del liberalismo argentino, escoltado de un conservador, Mariano Grondona, y uno de los pocos liberales que habita suelo argentino, el historiador Carlos Escudé. Rodearon al optimista Pereyra su primo, el abogado Carlos Fontán Balestra; el presidente del Jockey, Bruno Quintana; el ex juez federal Jorge Urso, el ex embajador Félix Borgonovo, Julio Macchi (vice de River y presidente del Banco Ciudad), empresarios como Cristiano Rattazzi, Jorge Aufiero, «Tedi» García Mansilla, Ricardo Fiorito, el legislador Carlos Araujo, una rareza del oficialismo, el director electoral Alejandro Tullio, y un malón de familiares y amigos del personaje de esa tarde, que apuró los tiempos de la presentación por lo cargado de la jornada.
Es notable la confianza que tienen algunos políticos en el efecto que los libros pueden tener para la construcción del pedestal; lo ha hecho el diputado Juan José Alvarez con un denso ensayo sobre la crisis de gobernabilidad (mal al que algunos creen contribuyó en 2001 cuando agitaba la calle en nombre de Duhalde para que basculase, hasta caer, Fernando de la Rúa) y ahora este Pereyra, que ha tocado en todos los teclados políticos del telermanismo hasta su reconciliación con el peronismo anti-K. No dejó caer el sello UCeDé, cuyo reflotamiento le costó la amistad con María Julia Alsogaray, quien le retiró embajadores cuando relanzó el partido que había fundado Alvaro Alsogaray. «Creyó que era una empresa familiar», ríe ahora Pereyra recordando ese entuerto, que no impidió que el autor de «Humanizando el capital» (tal el título del libro) hiciera en su momento una gallarda declaración en el juicio que se le siguió a María Julia por enriquecimiento ilícito que intentó mejorar el concepto, pero que no le evitó una condena.
• Sí impidió que Pereyra figurara en la lista chica de amigos y familiares que el sábado al mediodía fueron invitados al casamiento del hijo de la ex funcionaria, Alvaro Erize, con Mariana Wetzler, celebrado por el rito católico en un altar que se alzó en el jardín del petit-hotel de la calle Rodríguez Peña, en el corazón de Recoleta. Se entiende lo discreto de la reunión, que habría podido ser interceptada por algún escrache si se hubiera hecho en una parroquia o la fiesta en un hotel, razón por la cual el otro hijo de María Julia, Francisco Erize, se casó en Londres con su actual esposa, de nacionalidad rusa, lejos de cualquier mirada indiscreta. El distanciamiento de María Julia de muchos de quienes fueron amigos en su larga carrera política circunscribió la lista a unos pocos familiares, su ex suegra Jeanette Arata de Erize, su ex marido Francisco Erize, su cuñado Alberto Erize con su esposa Mónica Gancia y un grupo de tías y primas de la línea materna, de apellido Gay.
Elena Olazábal de Hirsch, Martín Cabrales (aportó la barra con cafés de su marca), los ex embajadores Juan Archibaldo Lanús y Abel Posse, el ex diputado nacional Alberto Natale, el periodista Bernardo Neustadt,. Celebró la privadísima boda monseñor Eugenio Guasta, párroco de La Merced y pulcro escritor que mezcla el refinamiento intelectual con su asistencia empedernida a la platea de Boca Juniors, llevado todos los domingos por el empresario miguelista (por Lorenzo Miguel) de los seguros Julio Raele, donde se suelta como un hincha más que sufre sin Riquelme.
• De vuelta al Jockey, hubo para celebrar la pluma de Pereyra una modesta copa de vino y champagne sin mucho acompañamiento -no es la costumbre del club, se disculpó el anfitrión- que alimentó la chispa de varios para el «name dropping», uno de los deportes porteños (mezclar argumentos ocasionales con menciones de ricos y famosos con familiaridad sospechosa o por lo menos improbable). Algunos se extrañaron de que para esa tarde, era miércoles 15, nadie hubiera recibido invitación al cumpleaños 86 de Amalita de Fortabat. Por primera vez en muchos años, en efecto, no se hizo la clásica reunión con tangos y a veces folclore para un seleccionado de amigos que abarcaba a todos los sectores del país. Su salud, comentaba uno, no le impide sin embargo a Amalita seguir viajando. Pasó los dos últimos meses en su suite del hotel Pierre de Nueva York, costumbre que espera repetir mientras pueda. Sin invitación, la dama de cemento -como la bautizó la prensa- recibió ese día a familiares en su residencia de avenida Del Libertador y centenares de mensajes por teléfonos.
Levanta el ánimo un final con fina música, de ópera. El viernes no cabían en sí los artistas del Colón que llevaron la puesta de «Turandot» a México. Ese día se sentó en una de las plateas nada menos de Gabriel García Márquez -acompañado de la nieta de León Trotsky, la poetisa Valeria Volkow-, quien al final saludó al elenco, especialmente a la soprano Patricia Gutiérrez, que debió reemplazar a la titular Cynthia Makris en el papel protagónico. Cerca estaba otro operático duro, el relator Víctor Hugo Morales, que viajó especialmente a escuchar a un tenor uruguayo que estaba en el elenco. La presencia musical argentina en México superó a la futbolística, que es dominante en ese país, y se justifica el esfuerzo porque la sala sigue hasta el año que viene en reparaciones. El Colón llevó toda la producción de «Turandot» que incluye más de un centenar de personas (elenco, técnicos, etc.), 250 vestidos de época, 300 pares de zapatos, la escenografía con inmensas estatuas que representan guerreros chinos, un gigantesco bong, etcétera.
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