Papa subsidiada, más que un ahorro, un chiste de mal gusto
No es una esponja, pero el agua parecería escurrirse por entre sus entrañas vegetales mientras hierve. Tampoco está cortada noisette, aunque por su tamaño aparenta venir pasada por el filo. Su piel, renegrida y con escamas de barro, merece paciencia oriental para poder ser quitada. Y hasta su precio es una gracia. Se trata de la papa subsidiada por el Gobierno, la de $1,4 el kilo, esa que las amas de casa hoy se niegan a comprar y que el productor se negaba a vender, porque hasta septiembre de 2007, no se la encajaba a nadie y se le caía del tractor.
El volumen también genera molestias para quienes andan cortos de tiempo. Mientras para un kilo de “papas comunes” sobran diez minutos para pelarlas y dejarlas listas para la cacerola o el horno, en el caso de los “tuberculitos” subvencionados es necesario suspender cualquier actividad con sobreturno y dedicarle el paso de las agujas.
A la hora de cocinarlas, hasta las recetas más comunes se complican. Es que los 20 minutos que lleva la cocción digna de un buen puré para cuatro comensales, con esta variante diminuta de la papa suele ser menor y quien no esté acostumbrado se confundirá y creerá tener bajo el “pisapapas” pegajosos granos de arroz.
En el horno la cosa no es muy diferente. Mientras que para un vacío o un peceto conviene una cocción a la par con la ahora “papa cara”, con la subvencionada hay que medir hasta los grados y la posición para que la cocción no se convierta en un carbón.
Quizás por estas y otras tantas razones que se escapan como las papas subsidiadas de las manos, de las góndolas y de los tractores, los consumidores revienten de bronca a la hora de encontrarlas y opten por seguir machacando el bolsillo con las papas regordetas y carnosas que cuestan, hoy, más de $5 el kilo.
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