El filósofo que reflexiona sobre aprender a angustiarse del modo correcto
Uno de los grandes filósofos sostuvo que la angustia no debe evitarse, sino aprender a convivir con ella para enfrentar el sufrimiento de la vida.
El filósofo que reflexiona sobre aprender a angustiarse del modo correcto
Para Byung-Chul Han, la sociedad actual funciona cada vez más como una especie de “sociedad paliativa”. La búsqueda constante de bienestar lleva a muchas personas a intentar eliminar cualquier emoción que genere malestar, incomodidad o sufrimiento. Sin embargo, algunos filósofos plantearon una perspectiva diferente: quizás el problema no esté en sentir esas emociones, sino en nuestra necesidad permanente de escapar de ellas.
En un contexto donde la felicidad parece haberse convertido en una exigencia, sentir tristeza, enojo o agotamiento puede interpretarse como una señal de fracaso. Desde esa mirada, la angustia aparece como algo que debe ser eliminado a cualquier precio.
De las cinco emociones primarias, cuatro suelen asociarse con experiencias negativas: tristeza, ira, asco y miedo. La única que parece tener una valoración positiva es la felicidad. Pero la existencia humana también está atravesada por momentos difíciles, jornadas de cansancio y situaciones que generan dolor.
Frente a esas experiencias, la pregunta pasa a ser cómo enfrentarlas en lugar de intentar evitarlas. Søren Kierkegaard desarrolló esta idea en El concepto de la angustia, publicado en 1844, donde sostiene que aprender a atravesar correctamente la angustia puede convertirse en uno de los aprendizajes más importantes de la vida.
La propuesta del filósofo danés cambia así la forma de mirar el sufrimiento y la angustia. En lugar de considerarlos únicamente como obstáculos, pueden ser experiencias que ayuden a comprender mejor la propia existencia.
La reflexión de Sren Kierkegaard sobre angustiarse correctamente
En El concepto de la angustia, publicado en 1844 bajo el pseudónimo de Vigilius Haufniensis, Søren Kierkegaard analiza esta emoción desde una mirada existencial. Para el filósofo, no es lo mismo miedo que angustia: mientras el primero tiene un objeto concreto, la segunda aparece frente a aquello que podría suceder.
La angustia, entonces, está estrechamente ligada a la libertad. Saber que podemos elegir entre distintos caminos también genera incertidumbre y vértigo. No estamos completamente determinados por nuestro origen: tenemos la posibilidad de decidir qué hacer y quién queremos ser. Justamente esa cantidad de opciones puede resultar abrumadora.
Kierkegaard compara esa sensación con asomarse a un abismo. Lo que inquieta no es solo lo que puede ocurrir, sino también descubrir todo aquello en lo que podemos convertirnos. Desde esta perspectiva, sentir angustia no significa necesariamente que algo esté mal. Puede ser una señal de que estamos frente a una posibilidad y tenemos la capacidad de actuar sobre nuestra propia vida.
El problema aparece cuando intentamos escapar constantemente de esa sensación. Si aprendemos que la angustia es algo que debemos eliminar, podemos terminar evitando también las decisiones que surgen de nuestra libertad. La resistencia, en lugar de hacerla desaparecer, puede intensificarla.
La vida moderna tampoco ayuda demasiado a desarrollar una buena tolerancia a la incertidumbre. Tenemos respuestas inmediatas para casi todo: buscamos una duda en internet, enviamos un mensaje en segundos y esperamos soluciones rápidas. Esa lógica de la inmediatez hace que la espera y la falta de certezas resulten cada vez más difíciles de soportar.
¿Es posible aprender a convivir con la angustia? La Terapia de Aceptación y Compromiso, desarrollada por Steven C. Hayes, propone una respuesta basada en tres pasos. Primero, aceptar el malestar sin esperar a que desaparezca para actuar. Después, identificar los valores que queremos seguir y la dirección que deseamos darle a nuestra vida. Finalmente, avanzar de acuerdo con esos valores incluso cuando aparecen pensamientos incómodos o emociones difíciles.
La clave, en definitiva, no consiste en eliminar el vértigo, sino en aprender a atravesarlo sin renunciar a la posibilidad de elegir.
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