El hijo de Romina Yan, Valentín, denunció los maltratos de su padre y contó quién "le salvó la vida"
El nieto de Cris Morena brindó su entrevista más reveladora en la que contó todo el infierno que atravesó tras la muerte de Romina Yan.
En un testimonio revelador y profundamente conmovedor, Valentín Yankelevich rompió el silencio a sus 23 años para detallar los crudos episodios de violencia física y psicológica que sufrió durante su infancia tras el fallecimiento de su madre, la recordada actriz Romina Yan. El joven, que actualmente se desempeña como piloto de Turismo Carretera 2000, explicó que aguardó más de una década para hacer público su padecimiento por dos motivos centrales: el curso de un proceso judicial de tenencia y el resguardo de su hermana menor, Azul. Al respecto, sostuvo: “A eso vine, a contar mi historia”, precisando además: “Siempre quise hablar, siempre quise que fuera público, desde el primer día que me fui”.
La pérdida de su madre aconteció el 28 de septiembre de 2010, cuando él tenía apenas 7 años. Tras ser anoticiado por su padre, el empresario Darío Giordano, la dinámica del hogar decayó drásticamente. Valentín describió que, al tiempo de la pérdida, la convivencia se convirtió en un tormento marcado por abusos físicos, encierros y agresiones verbales sistemáticas: “Han pasado muchas cosas. Siento que llegó el momento de poder contar y sacarme una mochila que vengo cargando hace bastante tiempo”. Sobre aquel trágico día de la partida de la actriz, recordó: “Sí, el 28 de septiembre de 2010 yo tenía 7 años. Estaba en la casa de mi vecino de enfrente, estaba jugando y haciendo un poco de recolección. En el momento después que nos dan la noticia yo escucho a la madre que empieza a decir ‘Romina, Romina’, y la veo y estaba llorando. Le digo ‘¿qué pasó?’. ‘No, nada, estaba cortando cebolla, pero te buscan en tu casa’. Voy a mi casa. Toda mi familia. Ya era raro. Nos sentaron en el sillón y ahí Darío nos dice ‘su mamá tuvo un accidente’. Básicamente que no va a volver. Fue un momento muy duro. Después de eso él nos dijo ‘yo me voy a encargar de cuidarlos, de protegerlos. Vamos a salir de esta todos juntos’. Y bueno, después de ahí fue todo barranca abajo. Yo tenía devoción por mi mamá. La amaba con todo mi ser. La amo con todo mi ser. Sé que está conmigo, está acá acompañándome. Yo fui el único de mis hermanos que eligió ir al cementerio. Fue muy duro ese momento. No pude verla, no me dejaron. Era lógico, 7 años. Ahí se te pasa todo por delante”.
Profundizando en el recuerdo de Romina Yan y la dinámica previa a su partida, el deportista compartió: “Es durísimo. Fue duro sobre todo por cómo ella era como mamá. Era una gran mamá”, añadiendo sobre el clima hogareño: “Era todo lindo, todo color de rosa. Ella era una gran mamá, muy, muy, muy presente. Se encargaba de siempre estar ahí para nosotros. Ha llegado a cancelar trabajo solo para poder tener más tiempo con nosotros. Era muy divertida. Gran cocinera, nos hacían muy ricos postres. Era todo perfecto hasta ese momento”.
Lejos de encontrar refugio luego del duelo, el panorama familiar se tornó sumamente hostil para Valentín y su hermano Franco. Al rememora la degradación del entorno cotidiano, afirmó: “Sí, sí. La verdad que cuando uno creía que eso era tocar fondo y la tristeza máxima que se podía experimentar llegaron situaciones que hoy mirando para atrás fueron mucho peores”. El joven relató las agresiones constantes ejercidas por Giordano: “Sí. Cuando yo tenía 10 años, 9 años, empecé a sufrir violencia física y psicológica de parte de Darío. Mi hermano también. Era un dolor incomprensible. Realmente era un infierno vivir en esa casa”.
Al especificar la naturaleza del maltrato, remarcó: “Sí. Yo hablo por mí. Eran golpes, gritos, maltrato. A mí nunca me gustó estudiar. Ahora, las ocho horas que yo pasaba en el colegio eran las mejores ocho horas del día porque no volvía a mi casa. Yo sabía que volvía y se desataba el infierno. Era constante. Sabía que no tenía escapatoria. Desde agarrarme de los pelos, llevarme por la escalera, pegarme, dejarme encerrado en el cuarto, traerme la comida cuatro horas después fría, apoyarla en el piso, ‘tomá, comé’. Más allá de los golpes y la violencia, la persona que supuestamente nos tenía que cuidar después de perder a nuestra mamá… Era todo durísimo”. Ante la consulta sobre la presencia de algún protector en el hogar, sentenció: “Dentro de esa casa no. Estábamos solos”.
La cotidianeidad del maltrato era asfixiante, abarcando agresiones verbales severas: “Sí. Era habitual, todos los días. Sobre todo el maltrato, el denigrar constantemente a tus propios hijos”. Asimismo, indicó: “Por cualquier cosa. Lo que a mí me ha dicho él no se lo he escuchado decir a nadie en toda mi vida ni se me cruzaría por la cabeza decirle las barbaridades que me ha llegado a decir. Ni hablar de los golpes. Pero viendo en retrospectiva mucho de ese daño psicológico a veces hiere más adentro que un golpe. Y ahí fue cuando empezamos a hablar y al principio no nos escucharon. A las primeras personas que les contamos lo que estaba pasando en mi casa fue a nuestros abuelos paternos”.
Sobre la reacción de los abuelos paternos, expresó: “A los papás de Darío, sí”, aclarando su negativa a denominarlo padre: “No, yo no le digo papá porque él no cumplió ese rol”. Ante los pedidos de auxilio, la respuesta familiar fue desilusionante: “Sí, les contamos. Su respuesta fue ‘su papá está pasando un mal momento también, sepan entender’. ¿Qué tengo que entender? Tengo 10 años y mi papá me caga a palos. Es ilógico. Y ahí empezás a sentir que no hay salida, que estás condenado a vivir en esta situación y que en algún momento, no sé, cuando cumplas 18 años podrás escapar. Era realmente un infierno, Tati”.
Respecto al vínculo estrecho que mantenían con dichos abuelos, manifestó: “Sí, había mucho vínculo. Cuando falleció mi mamá empezaron a tener otro rol: nos buscaban por el colegio muchas veces, los fines de semana íbamos a su casa. De hecho, cuando se lo contamos fue en un trayecto de nuestra casa a su casa”, agregando: “Estábamos los tres. Los que hablábamos éramos Franco y yo. Pero ahí no hubo escucha. Y después mi abuelo Gustavo (Yankelevich)… él nos sacaba una vez por semana del colegio a cada nieto por separado a almorzar, y ahí fue que lo empezamos a hablar individualmente. Yo por mi parte, Franco por su parte. Y se dio cuenta de que estaba pasando algo grave. Nosotros le empezamos a pedir que no queríamos vivir más en esa casa, que queríamos vivir con él y nos escuchó. Él fue la primera persona que nos escuchó”.
El agravamiento de la violencia coincidio con la reestructuración familiar tras la partida de la actriz: “Sí, nos mudamos de mi casa, de mi hogar”. Valentín explicó la ruptura de la convivencia: “Ahí fue cuando todo se desmadró, por no decir otra cosa. Creo que ahí empezaron los primeros hechos de violencia física, nos habremos ido al año que falleció mi mamá. El maltrato fue constante”.
Al analizar el peso del maltrato psicológico por sobre las marcas corporales, el joven reflexiono: “Viéndolo en retrospectiva, el golpe físico tiene un dolor efímero. Te duele y ya está. Pero lo que te queda adentro es el maltrato psíquico y psicológico. Yo sentía que no servía para nada, dicho por sus palabras, ‘vos no vas a hacer nunca nada en tu vida, no servís para nada’. 9 años, un nene que acaba de perder a su mamá. Todo estaba mal. No había nada bien, nada. Y después él hacía los asados en la familia y se vendía como el padre de diez, el mejor padre del mundo”.
El impacto de las agresiones también alcanzó a su hermano Franco: “No, mi hermano también sufría lo mismo. Con distintas cosas que me pasaban a mí y a él también, pero nos pasaba lo mismo. Mi hermana era mucho más chica”. En contraste, descartó que Giordano haya sido violento con su madre: “No, con ella nunca. Él siempre fue un tipo reactivo, de enojo fácil, pero cuando mi mamá estaba en este plano nunca nada. Mi mamá lo cortaba en seco si sentía que se iba a sobrepasar un límite”.
Sobre la doble fachada social de Giordano, Valentín enfatizó: “Exactamente. Eso es lo que parecía. Vivía algo que después para el afuera sentía que no tenía voz. ¿Quién nos defendía a nosotros si nadie creía? ¿Quién iba a creer que un padre le pegaba a los hijos, los maltrataba? Entiendo que pasa en muchas familias y lo sé, pero creo que nunca nadie hubiese creído que en esta familia pasaba eso”.
Su impulso para revelar estos hechos busca concientizar a otros menores y adultos: “La verdad que sí. Más allá de contar mi historia, es si alguien puede escuchar esto, tanto adultos como niños, que los niños hablen porque alguien los va a escuchar. Como a mí me escuchó mi abuelo Gustavo, alguien los va a escuchar siempre. Y si la primera persona no te escucha, vas a otra. Y si esa no te escucha, así hasta que alguien te escuche. Y a los adultos que escuchen a los niños, porque los niños te dicen la verdad, te cuentan lo que les está pasando. Y si realmente les está pasando algo y lo están contando es porque tiene una gravedad importante”.
Incluso durante el tratamiento psicológico impuesto, las confidencias rompían su seguridad: “Sí, en ese periodo que vivía con Darío yo iba a una psicóloga que le contaba lo que pasaba en mi casa, las situaciones de violencia. Y varias veces eso me ha traído más situaciones de violencia porque él sabía lo que yo hablaba con mi psicóloga. Entré en un lugar donde yo tenía la confianza para hablar, contar lo que pasaba. Yo ahí ya no tenía más lugar para hablar”. La falta de amparo lo arrastró a una situación desesperada: “No había lugar seguro. Por eso lo tuvimos que salir a buscar. Era un agujero negro”.
La desesperanza afectó severamente sus ganas de seguir adelante: “Se volvió muy oscuro. Llegó un momento que realmente no tenía ganas de vivir, tuve muchos pensamientos con la muerte. Hasta decía ‘voy con mi mamá, voy a estar mejor que acá’. No tiene sentido seguir así. Creo que ahí fue un poco el quiebre donde ya tuvimos que tomar la decisión de irnos porque realmente eso estaba muy cerca”.
Al abordar la posibilidad de una retractación por parte de Giordano, sostuvo: “Todos los años después -me fui con 12 años- nunca sentí una disculpa sincera. Sobre todo porque tardó muchos años esa primera disculpa y sobre todo porque esto no fue que ‘chicos si se quieren ir, vayan a vivir con su abuelo’. Nosotros hicimos una denuncia, fuimos a declarar, se judicializó”.
El rol salvador de su abuelo materno marcó el inicio de la recuperación: “Ahí empezó un proceso muy largo, pero el proceso me salvó la vida. Mi abuelo Gustavo me salvó la vida. Él me devolvió la vida. No solo por el hecho de que nos acompañó, nos escuchó, se encargó de que podamos salir de esa casa, sino porque nos dio lo único que necesitábamos como dos nenes que habían perdido a su madre, y en este caso a su padre porque si vos me preguntás a mí fue como perderlo... yo no tenía padre. Nos dio lo único que necesitábamos que era amor. Amor y contención. Nada más. Eso es lo que nos dio mi abuelo. Y ahí mis ganas de vivir volvieron. Mis ganas de sentir que tenía una vida por delante. Pensar que yo venía de no querer vivir a empezar a soñar. Eso me dio mi abuelo, la vida. Mi abuelo me dio la vida”.
El proceso de emancipación requirió de una denuncia judicial formal cursada un viernes tras la jornada escolar: “Fue un proceso que se judicializó. Fuimos a declarar un viernes después del colegio. Fuimos con mi hermano, fuimos a declarar y arrancó todo un proceso judicial que duró varios años hasta que le dieron la tenencia definitiva a mi abuelo. Encima él apelaba porque decía que era inocente. Pero a mí sabés la cantidad de psicólogas que me escucharon, de jueces que escucharon mis declaraciones y las de mi hermano. Y se dictaminó que mi abuelo tuviera la tenencia”.
Frente a la reacción del empresario, el joven denunció una campaña de desprestigio: “Pasó lo que para mí fue, en parte, una de las cosas que agravó más este proceso que fue la victimización. Empezar a decir que él nunca había hecho nada, que nunca nos había tocado un pelo. Empezó a hablar con madres de mis amigos del colegio a decirles que mi abuelo nos había sacado y arrancado por su poder. Y yo tenía que ir a la casa de mis amigos y las madres me miraban como si supiesen algo, como si yo era un nene que eligió abandonar a su papá. Ha llegado a aparecer en la puerta del colegio esperándonos. Me agarraba acá un coso de miedo. El miedo que yo le tenía: terror, pánico. Hasta lo vi cuando se recibió mi hermana y seguía estando ahí. Y eso que ni me acerque a saludarlo, ya tenerlo ahí a 15 metros. Eso no se va”.
Aquel viernes marcó la interrupción definitiva del contacto: “Ese mismo día nunca más volvimos a nuestra casa”. La partida ocurrió sin pertenencias personales: “Nada. Un poco de ropa que me entraba en la mochila del colegio. Tuvimos que ir a comprar todo para poder arrancar una vida nueva”. La determinación era total: “Sí. Y lo estaba esperando con todas mis ganas. Era lo único que quería, irme”.
La discreción resultó indispensable para concretar la denuncia: “Es que sabíamos que, justamente por la familia que éramos, queríamos hacer las cosas bien y que el proceso judicial no fuera manchado por ningún revuelo ni nada. Y no lo hablamos con nadie, porque de la familia de él ya no nos habían escuchado y teníamos miedo de que se enterara que nosotros nos íbamos a ir. Por eso fue imperioso no volver a nuestra casa. Lo hablé ese mismo día cuando di la declaración: ‘Por favor no nos manden de nuevo a mi casa. No podemos estar más ahí’. Se lo dije a dos chicas que nos tomaron la denuncia. Y gracias a Dios nos escucharon y ahí cambió mi vida. Y también cuando vos decías eso de dos cabecitas, yo pensaba éramos muy chicos pero la vida nos había dado tantos golpes que estábamos muy curtidos. Primero con la muerte de mi mamá, eso te hace madurar de una manera que no hay explicación. Y después aprendimos a sobrevivir, no a vivir. Parecíamos dos nenes que eran mucho más grandes por todo lo que habíamos vivido”.
Durante ese lapso, la alianza con su hermano resultó clave: “A nuestro cuarto lo divide una pared, entonces todo se escuchaba. Yo escuchaba lo que a él le pasaba, él escuchaba lo que a mí me pasaba. Y cuando él (Darío) se iba, la mayoría de las veces (Franco) venía, me consolaba y se quedaba conmigo. Nos apoyamos mucho. Hicimos un gran equipo. Nos juntamos para poder salir de esa juntos, que era la única manera”. Sobre la dinámica entre ambos, acotó: “Sí, mi hermano es más metido para adentro. Ahora no pero en ese momento lo era. Y yo no. También me trajo muchos problemas. Muchos de los episodios escalaban porque yo no iba a permitir que me trataran mal. Pero armamos con mi hermano un equipo en el que yo era el que le ponía capaz la fuerza y Fran era más sereno y en los momentos que había que tener calma, tener calma”.
Aunque en el entorno escolar la versión circulante perjudicaba a Gustavo Yankelevich, la prioridad fue proteger la causa judicial y a su hermana: “Era el malo de la película, sí. El malvado que les había arrancado a los hijos a un padre viudo. Eso fue lo que yo escuché por muchos años. Yo siempre quise hablar, siempre quise que sea público desde el primer día que yo me fui. Me acuerdo de que volvemos a hacer la denuncia, pasamos la puerta de lo que hoy es mi casa, y yo le pedí a mi abuelo que cuente lo que estaba pasando, y él justamente por querer proteger el proceso judicial me dijo que tenía que tener paciencia. Y también por mi hermana, ¿no? Ella se quedó con él y no queríamos que tuviera estas reacciones y estas situaciones de violencia con ella. Entonces, por muchos años callamos”.
En cuanto al vínculo con Azul, explicó: “Con mi hermana a día de hoy tenemos el mejor vínculo. Hasta te diría que mejor que capaz que hermanos que viven toda su vida juntos. Pero fue duro al principio. Para ella fue muy duro. Siempre nos entendió, siempre supo por qué nos fuimos. Pero al principio cuando ella era muy chiquita sentía que la habíamos dejado sola digamos. Después nos terminó entendiendo y hoy tenemos una relación espectacular”. Las breves interacciones tenían lugar en la institución educativa: “Sí, íbamos al mismo colegio. Ahí nos veíamos, el colegio me dejaba porque sabía la situación capaz de escaparme un rato de la clase, ir a hablar con ella, tener charlas de hermanos. Y nuestros momentos que eran en ese momento lo único que podíamos. Después los fines de semana nos veíamos”.
Respecto a la nula relación con su progenitor, recalcó: “Costó porque justamente Darío se empecinó en hacer que todo sea... Él embarró la cancha. A día de hoy no tengo relación con él, nunca la tuve, nunca la quise tener. Sobre todo por lo que pasó después. Si él se hubiese hecho cargo de las cosas que hizo y hubiese pedido perdón capaz yo tendría una relación con él. No te digo que seríamos padre-hijo perfecto, la familia perfecta, pero podría tomar un café, podría comer un asado. Hoy no la tengo porque él se encargó de que más allá de todo lo que nosotros ya habíamos sufrido de su parte de que sigamos sufriendo más todavía”.
Al detallar el intento de Giordano por culpar al abuelo materno, remarcó: “Demonizar a mi abuelo. Él se jactaba de que él era inocente porque nosotros como teníamos algo que ocultar no lo hacíamos público. No lo hacíamos público para cuidarnos y cuidar a mi hermana que vivía bajo su mismo techo ¿entendés?”. Aclaró además que las visitas eran exclusivas de la menor: “No, no, no. Azul venía a nuestra casa”, confirmando la interrupción definitiva del contacto con su antigua vivienda: “Nunca más. Nunca más. Nunca más tuvimos relación. Nada. Nada”.
Sobre los intentos de acercamiento por la vía judicial, recordó el malestar padecido: “Sí, lo intentó. De mala manera pero lo intentó. Lo intentó de manera judicial. Fue la vez que más cerca estuve de él después de que nos fuimos a nuestra casa. Estábamos sentados así frente a una psicóloga del juzgado y yo diciéndole a la psicóloga ‘no lo puedo ver, me hace mal, me da miedo. No me pidas que me relacione con alguien que me hizo tanto daño’. Justamente tomé la decisión de irme de mi casa porque quería escapar de eso. En esos primeros momentos cuando empezó a querer revincularse judicialmente, recién empezó a esbozar un perdón. Pero no era genuino”.
El proceso de recuperación emocional fue complejo pero efectivo junto a su abuelo: “Me costó mucho. No fue fácil para mi abuelo porque yo venía muy dañado. Pero con mucho amor, mucha contención, mostrándome que había otra vida, y que no tenés que sobrevivir, tenés que vivir”. La paranoia ante cruzarse a Giordano se mantuvo activa durante años: “Las veces que lo vi fue muy al principio de que nos fuimos, porque en su momento también tuvo una orden de alejamiento. Nosotros teníamos una salida en el colegio. Salías por ahí. Y yo alguna vez lo veo a lo lejos que nos estaba como esperando, me agarró un nudo en la panza, miedo, terror. Me empezó a latir el corazón, me di vuelta y me fui por otro lado. Realmente yo tenía pánico”. Sobre la existencia de un nuevo hijo de Giordano, aclaró: “Tuvo un hijo, sí”, indicando: “No lo conozco”.
Con la contención de Gustavo, recuperó plenamente el bienestar: “Sí. Desde el día uno me sentí querido. Con él sí. Y creo que la palabra seguridad es una muy buena palabra porque justamente no teníamos seguridad”. Respecto a si sintió afecto por parte de Giordano, fue categórico: “No. Si lo miro en perspectiva no. Vos no hacés eso a alguien a quien querés”. Al definir la figura de su abuelo materno, manifestó emocionado: “Sí. Y fue el mejor padre del mundo. Siempre que me preguntan cuál es tu sueño. ‘Mi sueño es tener una familia y darle todo lo que yo nunca tuve que fue amor’. Tengo las dos caras de la moneda. Tengo todo lo que no hay que ser, que es Darío, y tengo todo lo que sí hay que ser, que es Gustavo. Él fue nuestro padre”.
En materia terapéutica, sostuvo la misma profesional a lo largo de los años: “Sí. Cuando nos vamos a ir con mi abuelo yo cambio mi psicóloga. Y es mi psicóloga a día de hoy. Ella, pobrecita, lo que le hice sufrir, no hablaba. Es que me costaba mucho hablarlo también, era un trauma tan grande. Ambos, porque de mi mamá tampoco podía hablar. Era un dolor muy grande el que yo tenía. Ella también me ayudó a salir adelante. Bueno, a día de hoy me sigue ayudando”.
Aprender a confiar llevó un tiempo prudencial: “Había un poco de eso, de confiar, de poder hablar. Uno cuando cuenta su historia, hoy porque ya pasó, yo ya lo superé, en ese momento era tan reciente que, no sé si la palabra es vergüenza, pero hablar de lo que te pasó, preferís, ya está, ya pasó, ya lo solucioné, lo solucioné en que no va a volver a pasar. Pero revivirlo, poder analizar y poder empezar a desarrollar una persona a través de eso... Y costó pero salí”. El temor a un regreso forced era constante: “Mucho, mucho. El pedido constante en las reuniones y las declaraciones era que no, por favor, no nos hagan volver a nuestra casa”, rescatando el amparo institucional: “Sí, en todas las instancias judiciales que pasamos yo me sentí muy acompañado. Sentí que se hizo justicia en nuestro caso”.
En referencia al resto del entorno paterno, indicó la falta de diálogo: “No. Yo me enojé mucho con el hecho que no nos escucharon. Toda la familia paterna, siguieron sin escucharnos. Solo hubo un tío que se acercó pero era él solo. Y quedó ahí porque toda la familia estaba con Darío y bajo ese relato de que él era la víctima. Y nosotros seguíamos siendo niños. Tenía 12 años cuando me fui. Seguíamos siendo niños y sentí que seguimos sin ser escuchados hasta después de toda la resolución judicial. Entonces con mis abuelos paternos nunca más pude volver a tener una relación. Hablaba de vez en cuando pero nunca más”. En contraposición, valoró el respaldo de Cris Morena: “Mi abuela nos acompañó mucho también. Mucho. Fue una pata importante cuando nos fuimos a vivir con mi abuelo. Nos acompañó y estuvo presente”.
Su camino profesional encontró cauce a través de las carreras de autos, inquietud impulsada inicialmente por su abuelo: “Siempre. Es culpa de mi abuelo también. Me enseñó a manejar de muy chico. Y me acuerdo una vez me regaló un cuatri. Mi mamá estaba odiada”. Tras recordar su infancia, precisó: “Sí, 5 años tenía. Y aprendí a manejar a los 6. Me enamoré de la velocidad y de la adrenalina. Y ahí empecé a correr en karting. Y después, por diversos temas, a mi mamá le empezó a agarrar miedo y dejé. Quedó como un sueño bien al fondo de mi cabeza. Sabía que de automovilismo se arranca de chico. Hice todos los deportes del mundo pero automovilismo no hacía. Y en una charla con mi abuelo, mientras estaba estudiando...”.
Al ser consultado por sus estudios universitarios, relató: “Economía. Era bueno. Pero me costaban las materias que no eran de economía. Con economía, matemática, me iba bien. Pero literatura, arte... Estaba en un momento que no sabía qué hacer, trabajando con mi abuelo. Me sentó y me dijo, ‘¿No querés volver a correr?‘. Y fue ’sí, obvio’. Sentía que el tren ya había pasado. Le digo ‘pero ya soy grande’. ‘No, si querés lo hacemos’. A partir de ahí arrancó lo mejor de este último tiempo que fue arrancar a correr”.
Al describir la vivencia familiar durante las competencias, expresó entre risas: “Uy, la pasan muy mal. Mi abuelo, no sabés lo mal que la pasa”, aclarando: “No le pasa el tiempo, no le pasan las vueltas. Para él se hace eterno. Pero igual así y todo me acompaña, viene, me llama después de cada entrenamiento. ‘¿Cómo te fue?‘”. Sobre la crianza recibida por parte de Gustavo Yankelevich, enfatizó: “Esto lo hablé de grande ya. No es que sólo éramos sus nietos, éramos sus nietos que venían de sufrir algo inimaginable que es la muerte de la madre y la violencia por parte del padre que era la única persona que no debía haber hecho eso. Fue duro para él pero mi abuelo es la persona más maravillosa que yo conozco. Todos los límites fueron desde el amor. Y eso que sabés la cantidad de veces que habrá ido al colegio a hablar porque yo me mandaba mis cagadas. Pero siempre desde el amor. Nunca en mi vida sufrí nada, ni un 0,1% de lo que yo vivía en esa casa con Darío”.
Sobre su proceso de maduración y el manejo de la rabia acumulada, detalló: “No fui fácil de adolescente. Tenía mucha bronca con la vida con todo lo que me había pasado. No fui fácil, esa es la realidad. Pero a través del amor y del cariño pude salir, empecé a ver la vida de otra manera. Las pocas veces que me llegué a poner violento, me miraba en el espejo y decía ‘soy todo lo que no quiero ser, que es Darío’. Soy muy competitivo, capaz me enojaba de más y después frenaba y me decía ‘esto es él, yo no quiero ser eso’. Y ahí me pedía perdón al instante”.
Un hito clave en su identidad fue el reemplazo formal de su apellido paterno al cumplir la mayoría de edad: “Sí, del día uno quería cambiarme el apellido. Me hacía mal. Y también quería devolverle un poco a mi mamá todo el amor que me había dado y tenerla más presente y decidí cambiarme el apellido. Y fue una gran decisión también en honor a mi abuelo, mi verdadero padre”. Remarcó además la validez legal del trámite: “No, me hice el cambio. A los 18 años fui, hice los trámites, me cambié el apellido. Fue un lindo momento. Fue la verdad que, fue cuando ya lo pude recibir y leer y fue como dije me sentí muy bien la verdad. Fue un momento lindo cuando lo hice”.
La devoción del público hacia la figura de Romina Yan acompaña su cotidianeidad: “Sí, es lo más lindo que me pasa. Mucha gente se me acerca, sobre todo en las carreras, capaz que no son del automovilismo y me dicen no, vine porque te quería ver a vos, te quería decir que la amaba tu mamá. Y yo eso lo tomo como que es mi mamá que me manda a la gente y yo la siento ahí conmigo. La siento presente constantemente”. El piloto reconoció sentir el amparo espiritual de su madre: “100%. Muchas veces, capaz más de las que yo hubiese querido. Eso me pone un poco triste. Que la persona que eligió justamente para formar una familia después, porque yo sé que están y que ven todo, y ella vio todo y nos vio sufrir, debe haber sido muy doloroso para ella no poder hacer nada. Pero bueno, me cuidó en muchos aspectos de la vida”.
Para finalizar, justificó su decisión de hablar públicamente: “Porque sentía que llegó el momento de contar mi historia. Mi hermana, ya vive afuera, está lejos de esta situación. Y tengo la necesidad adentro de contarlo y y sacarme una mochila que vengo cargando hace bastante tiempo. También para ayudar a otra gente, ojalá que lo escuche y le sirva. Me imagino a mí cuando era ese nene que sufría en esa casa, en ese infierno. Me duele por los nenes porque es durísimo. Yo te juro que trato a veces de ponerlo en palabras y creo que no hay nada peor que la persona que te tiene que cuidar, te violente y la verdad que te destruye el alma”.
A modo de cierre, reflexiono sobre el mensaje integral de su testimonio: “No, creo que pude contar todo lo que necesitaba contar”, concluyendo con esperanza: “Hay luz, siempre hay luz al final del túnel. Escuchen a los chicos”, al tiempo que valoró el camino recorrido hasta el presente: “Exactamente. Yo muchas veces soy muy autocrítico, soy muy perfeccionista y la verdad que me gusta a veces darme las pequeñas victorias, miro para atrás y de ese nene que no quería vivir a donde estoy hoy, con tener ganas de vivir ya es una victoria, imaginate. Y hoy todo lo que logré, mis amigos, mi novia, yo soy muy feliz y eso también me pasa, me doy esas pequeñas victorias. Hay que recordar de dónde uno vino”.
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