La experiencia Lux de Rosalía en Buenos Aires: el éxtasis de una reliquia
Rosalía cerró su paso por Buenos Aires con una cuarta función sold out en la Arena, donde convirtió Lux en una ceremonia tan ambiciosa como emotiva.
Rosalía desde el centro de la arena
El término "éxtasis" refiere a un estado de unión espiritual o de profunda contemplación en el que la persona parece abstraerse del mundo. En literatura o lenguaje más poético, puede aludir a un estado de exaltación emocional o artística. Según la Real Academia Española, "reliquia" refiere a una parte del cuerpo de un santo, o de un objeto que haya estado en contacto con él, y que por ello es venerada. Y hablando de España, al cantar "Reliquia" en su cuarta y última función sold out en la Arena de Buenos Aires, Rosalía entonó "mi corazón nunca ha sido mío, yo siempre lo doy", frase que respeto a rajatablas durante las casi dos horas de show.
La recién citada fue la segunda de las 22 canciones de la noche. Porque como manda el ambicioso y majestuoso Lux, disco que más que excusa fue epicentro total del espectáculo, en la primera fue "Sexo, violencia y llantas", el temazo inaugural de la placa que no solo funciona para meterte sin preámbulos en el universo del nuevo álbum sino en un éxtasis que parece una burbuja en el tiempo.
La estructura del show puede leerse, al menos, de dos maneras. La más evidente está dada por sus cinco actos, separados por distintos tipos de interludios que funcionan como pequeñas puertas de entrada hacia lo que viene y, de paso, permiten los cambios de vestuario, especialmente los de una Rosalía que muta al ritmo de cada capítulo. La otra lectura aparece cuando se mira el recital desde la lógica de su repertorio: 14 de las 18 canciones de Lux interpretadas en una misma noche, con las seis primeras utilizadas para abrir el espectáculo, otras dos reservadas para el tramo final y las restantes distribuidas en el desarrollo.
Entre una y otra cosa aparecen apenas tres bloques de canciones ajenas al disco. Dos están integrados por tres canciones de Motomami cada uno, aunque de colores radicalmente diferentes: uno más rítmico, con una soberbia "La combi Versace", y otro directamente convertido en una tecno-party con "Bizcochito" y "Despechá'". El dato parece menor hasta que uno recuerda una obviedad que, en tiempos de algoritmos, puede dejar de serlo: en un show de una artista de semejante magnitud, hacer que el público atraviese 14 canciones de un disco conceptual implica pedirle atención. Rosalía la tuvo. Toda.
Ya lo había avisado en "Bizcochito" del disco anterior, cuando cantaba: "No basé mi carrera en tener hits. Tengo hits porque yo senté las bases". En el Lux Tour se toma aquella frase a pecho. No hay una persecución desesperada por encontrar cada dos minutos el momento que el público pueda reconocer de inmediato. Hay algo bastante más arriesgado: darle a cada canción su momento, independientemente de su cantidad de reproducciones, y confiar en que una obra puede sostenerse por sí misma cuando se la presenta como tal.
Así aparecen las interpretaciones a flor de piel de "Mio Cristo piange diamanti" y "Sauvignon blanc", dos canciones que quizás no tengan la condición de hit que suele exigirse para que una gira de estadio funcione, pero que en esta noche no necesitaron pedir permiso para ocupar el centro de la escena. Y es que Lux tiene alma y vida a contramano de los tiempos que corren: está hecho para escucharse entero, en orden, sin la necesidad de saltar de una canción a otra en busca de ese estímulo inmediato que dure lo que tarda en aparecer el siguiente.
Que esa lógica haya sido trasladada a una gira mundial es, probablemente, una de las decisiones más interesantes de toda la experiencia. No solo porque Rosalía esté en condiciones de hacerlo, sino porque decide hacerlo justamente ahora, cuando podría darse el lujo de jugar a lo seguro. En el mejor momento de su carrera, elige arriesgar a piacere.
La orquesta, ubicada en el centro del estadio, es otra declaración de principios. Allí se instala Rosalía durante el cuarto acto para interpretar "Dios es un stalker", "La rumba del perdón" y una "CUUUUuuuuuute" poderosa, hipnótica y frenética también desde lo visual. Mientras tanto, en el escenario principal, una gigantesca pantalla se abre y se cierra para marcar los límites de cada acto, como si el espectáculo necesitara recordarnos que, además de recital, estamos ante una obra deliberadamente dividida en capítulos.
Y entonces llega el tramo final. "Focu 'ranni" funciona como un último estallido del set principal, con una fuerte intervención de los bailarines, antes de que Rosalía se corra de la lógica más obvia del bis grandilocuente. Porque después de casi dos horas de despliegue, luces, orquesta, bailarines, vestuarios y una pantalla gigante haciendo de telón, podría haber elegido terminar arriba, bien arriba. En cambio, elige "Magnolias".
Y ahí está quizás la mayor demostración de todo lo que propone Lux. Rosalía queda sola sobre el escenario principal. Sin una sobrecarga de recursos, sin convertir la despedida en una final de campeonato, sin necesitar un último golpe de efecto que compita con lo que acababa de suceder. Simplemente respeta el orden y el espíritu del disco: si "Magnolias" es el último tema de Lux, también puede ser el último tema de la noche.
La decisión tiene algo de temerario y, justamente por eso, resulta tan efectiva. La canción no busca cerrar el recital con una explosión: lo termina. Que parece lo mismo, pero no lo es. Y quizás esa diferencia explique por qué más de un presente terminó en lágrimas. No como respuesta a una maniobra emocional evidente, sino ante la sensación bastante menos frecuente de haber asistido a algo que, durante un rato, consiguió suspender las reglas habituales de un recital masivo.
Porque en un show donde una artista toca 14 de las 18 canciones de un disco conceptual, apenas siete del resto de su repertorio y un cover, y el público no deja prácticamente momentos de silencio o de poca atención a lo que está sucediendo, no hay mucho más que agregar. O sí: que la apuesta funcionó.
El éxtasis, entonces, no fue solamente una forma poética de describir lo que ocurrió dentro de la Arena. Fue la consecuencia de una artista que entendió que todavía se puede hacer algo difícil en tiempos de escucha fragmentada: construir un mundo, pedirle al público que entre y, durante casi dos horas, conseguir que nadie tenga demasiadas ganas de salir.
Y cuando todo terminó, Buenos Aires volvió a ser Buenos Aires. La noche fría, la Avenida Juan B. Justo, la gente caminando rápido en busca de un auto, un colectivo, un taxi o algo para comer. El ritual parecía terminado. Pero Rosalía todavía tenía una última reliquia para entregar.
De improviso, bajó de su camioneta y se acercó a saludar a quienes todavía permanecían cerca de la Arena. Una escena pequeña después de un espectáculo gigantesco. Casi doméstica. Como si después de haber entregado el corazón durante dos horas pudiera todavía regalar unos segundos más.
"Mi corazón nunca ha sido mío, yo siempre lo doy", había cantado al principio.
Y vaya si cumplió.
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