Máxima, a 10 años de su casamiento soñado

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Los príncipes Máxima y Guillermo Alejandro cumplieron diez años de casados. Un recorrido por su historia.

Ella, una bella argentina de 27 años licenciada en economía y radicada en Nueva York, Estados Unidos, donde trabajaba en el Deutsche Bank. Él, uno de los hombres más codiciados de Holanda, el heredero al trono.

Corría mayo de 1999 y las vidas de Máxima Zorreguieta y Guillermo Alejandro de Orange-Nassau se cruzaron por primera vez. Coincidieron en una fiesta en Sevilla, España, donde la argentina, con la frescura y simpatía que la caracteriza, se acercó al príncipe y lo sorprendió con una cámara. "¿Pero qué hace? ¿Quién demonios es ésa?”, se preguntó él, encantado con su sonrisa intercambiaron algunas palabras y anotó su teléfono.

Comenzaron a correr los rumores y llegaron a Holanda las primeras imágenes de Máxima. Eran grabaciones de una fiesta en una playa argentina, donde ella bailaba, tomaba cerveza y se reía con amigos y amigas. En Holanda la bautizaron "la fiestera", claro, sin el sentido que podría dársele a esa palabra en la Argentina.

Tiempo más tarde, Guillermo llamó a Máxima y viajó a Estados Unidos. “Fue amor a tercera vista” había contado el príncipe. Una vez iniciada la relación, la pareja no escondió su amor a los soberanos y ese mismo verano fueron publicadas las primeras imágenes de la argentina en el barco real.

Ya había logrado conquistar al heredero al trono pero no aún al pueblo holandés. Pasaron meses hasta que la pareja fuera aceptada por los ciudadanos y por el príncipe Klaus y la reina Beatriz. Recién en marzo del 2001, la soberana oficializó el romance.

No fue fácil para la joven Máxima habituarse al protocolo de la Casa Real. Clases intensivas de holandés durante meses hasta hablar a la perfección, obtener la nacionalidad y ganarse un especie en los actos oficiales fueron los primeros pasos a seguir. Pero había “algo” que sólo ella tenía, un condimento especial que superó cualquier protocolo: era espontánea, fresca, simpática, con una soltura envidiable y una elegancia única. Así, la "osada" argentina le devolvió vitalidad y carisma a la monarquía holandesa y el pueblo la consagró como un emblema.

El 2 de febrero de 2002, mientras Argentina aún se estremecía por la crisis económica y política, una de sus ciudadanas recorría la capital holandesa en una "Carroza de Oro". Máxima, criada en Recoleta y San Isidro, se casaba con un príncipe de verdad.

Cacerolazos, silbidos y una bomba de pintura sobre una ventana de la carroza fueron parte de la huella que dejó la crisis argentina en ese cuento. También la silla vacía del presidente argentino en la boda.

No era la primera vez que la historia argentina se relacionaba tan íntimamente con la familia Zorreguieta, o viceversa. Hacía apenas veinte años Jorge, el padre de Máxima, había formado parte del grupo de funcionarios del presidente de facto Jorge Rafael Videla. El tema fue polémico en Holanda, país que se considera modelo en materia de respeto por los Derechos Humanos, y que condenó a Zorreguieta a ver por televisión el momento en que su hija decía "Sí, acepto" al príncipe. Era, para los holandeses, persona "non grata".

Las lágrimas de Máxima durante el casamiento, a los sones de "Adiós Nonino", conmovieron a todos. "En parte gracias a esas lagrimas, los holandeses se reconciliaron con el matrimonio del príncipe", dice la periodista Margreet Strijsbosch, de Radio Nederland.

Máxima entró sola a la iglesia medieval Nieuwe Kerk. Desfiló con un vestido color marfil cerrado hasta el cuello, de mangas largas con una cola de cinco metros diseñado por Valentino, a lo largo de toda la alfombra 7roja rumbo al altar y dijo "ja", "sí" en holandés.

Tiempo después, más precisamente el 7 de diciembre de 2003, llegó la primera hija del matrimonio real: Catharina Amalia, quien ya ocupa el segundo lugar en la línea de sucesión al trono. Dos años después llegó Alexia y por último la princesa Ariane, la que dicen, es histriónica y simpática igual a su mamá. La princesa es una madre súper presente, aseguran, siempre se la puede ver junto a sus hijas, cariñosa, atenta e intentando que “lleven una vida normal”.

La mayoría de los ciudadanos holandeses consideran a Máxima como la salvadora de la Casa Real, sobre todo porque se muestra una digna futura reina.

"Ella es muy popular porque es espontánea, porque es ella misma, porque puede hablar con la gente de la calle, así como con personalidades, sin ningún problema", aseguró hace un tiempo Aart Heering, periodista del diario Algemeen Dagblad. Su colega del De Telegraaf asegura: "Máxima es popular porque llevó calor a un país que se autoconsidera muy frío".

El secreto del éxito de Máxima fue ser ella misma. Los holandeses son "oranjistas", partidarios de una familia real sensible, espontánea y sin acartonamientos, y detestan el trato distante o formal, por lo que ella encastró perfectamente en lo que Holanda deseaba.

A diez años de aquel día en que se convirtió en miembro de la realeza, Máxima es una de las princesas más queridas de Europa, ícono de estilo, elegancia y discreción, además de actuar como asesora en temas económicos y en distintas misiones diplomáticas para su país adoptivo. Con su simpatía y calidez latina, supo ganarse el corazón de todo el pueblo del cual muy pronto, si los rumores de la inminente abdicación al trono de la reina Beatriz se vuelven realidad, su esposo será el máximo soberano.

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