Una exmonja que compartió convento con la joven que inspiró "Cautiva" está escribiendo un libro con su versión

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Evelyn Garay fue compañera de Silvia Albarenque en el convento de Nogoyá durante tres años. Ahora está escribiendo un libro sobre su experiencia.

A más de dos décadas del hecho que marcó su vida, Evelyn Garay rememora desde Valencia, España, la tragedia que torció su destino. Tras la trágica muerte de su hermano de 18 años, a quien se le derrumbó encima la pared de su habitación por el desprendimiento de una barranca en el barrio Bajada Grande de Paraná, la joven abrazó con fuerza la fe católica.

Guiada por el lema que pronunció el sacerdote en el funeral de su familiar, Garay decidió iniciar su camino religioso como una búsqueda de consuelo: “Si mi hermano que ha fallecido creo que tiene vida eterna, entonces también siento que tengo vocación religiosa. Iré por las buenas o por las malas”.

Aquella convicción la llevó a ingresar como postulante al Monasterio de la Preciosísima Sangre y Nuestra Señora del Carmen en Nogoyá a los 19 años. En ese claustro adoptó el nombre de Mariana del Espíritu Santo, iniciando un régimen de encierro bajo reglas estrictas que buscaban suprimir por completo la identidad individual.

Con el paso de los años, este mismo lugar se convirtió en el epicentro de un escándalo judicial que derivó en la condena a tres años de prisión efectiva para la priora Luisa Toledo por privación ilegítima de la libertad. La desgarradora vivencia de su compañera de noviciado, Silvia Albarenque, sirvió de inspiración para la serie "Cautiva", estrenada en la plataforma Flow en septiembre de 2026.

Mutilación de la personalidad, mortificaciones físicas y el alejamiento definitivo de la fe

El ritmo cotidiano dentro del convento estaba pautado por la obediencia ciega y exigencias de un rigor extremo. “Si te dicen doble para la derecha, después para la izquierda, después para la derecha, estás en el mismo lugar. No tenés que cuestionar”, relata Garay al describir un sistema diseñado para erradicar cualquier rasgo propio. La dinámica diaria obligaba a aislarse del mundo exterior, impidiendo incluso el contacto físico con familiares directos.

Durante la gestión de la madre María de los Ángeles, las autoridades llegaron a forzar a Evelyn a escribirle a su madre para que volviera a teñirse el cabello de oscuro tras asistir a una visita con el pelo rubio, argumentando que ese tono no agradaba a Dios.

Asimismo, la violencia física formaba parte de las rutinas de mortificación comunitaria tras la toma de hábitos. Las religiosas eran sometidas al uso de la disciplina y del cilicio —un tejido de alambre provisto de púas que se ajustaba en las piernas hasta provocar sangrado—.

La flagelación se llevaba a cabo a oscuras mientras se recitaban salmos, impactando los golpes sobre las nalgas por encima de las túnicas. “Te sentís vacío, te sentís confundido, te sentís que no has aprendido nada de la religión o que no entendés nada realmente lo que es la espiritualidad, que por qué razón tenés que ejercer esa violencia sobre vos mismo”, rememora la exmonja. Frente a estos padecimientos, las autoridades imponían como única respuesta una consigna sistemática: “Tenés que entregar el dolor, entregar el dolor, entregar el dolor, unirlo a Jesús crucificado”.

En agosto de 2016, tras una investigación periodística, la policía allanó el convento y secuestró 14 disciplinas trenzadas con nudos y cera, 14 cilicios y mordazas caseras hechas con tubos plásticos rígidos. Garay abandonó la institución a los 21 años y, con el tiempo, logró rearmar su vida, asumir su orientación sexual sin ataduras y radicarse en España, donde volcó sus vivencias en una novela autobiográfica para procesar los traumas. Al igual que Albarenque, se alejó definitivamente de la institución religiosa y concluye sobre las consecuencias de estos regímenes de claustro: “Lo que pasó es lo que sucede siempre con estos casos en la Iglesia. A nosotras nos quedan las heridas”.

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