Aunque salvó la vida de dos mil quinientos chicos judíos durante la Segunda Guerra Mundial, Irena Sendler murió en un asilo polaco sin tener un considerable reconocimiento internacional por su labor solidaria.
Durante la ocupación alemana en Polonia, la “madre de los niños del Holocausto” era miembro de la resistencia y tenía como función liberar a todos los niños judíos de los distintos ghetos establecidos en su país natal.
Después de ingeniárselas para poder sacar a los chicos, Sendler se encargaba de instalarlos en conventos y en casas católicas para evitar que los transfieran a los campos de concentración. Mientras que la ocupación seguía vigente, la enfermera escondía los nombres de los niños y sus nuevas identidades dentro de botellas de conserva, que luego enterraba en un árbol cercano a un cuartel nazi.
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Pese a que su historia conmovió a más de un historiador e inclusive fue llevada a la pantalla grande de la mano de Hollywood, los organizadores del premio Nobel de la Paz le dieron la espalda durante toda su vida. De hecho, cuando Sendler logró la candidatura, las autoridades del premio optaron por premiar a Al Gore, ex vicepresidente norteamericano, por su contribución a la reflexión sobre el cambio climático.
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