Ahora proponen controlar a los más chicos con microchips
- La desaparición de Madeleine McCann, la niña británica que habría sido secuestrada de un hotel de Portugal mientras sus padres cenaban en un restaurante del complejo, disparó la paranoia.
- La posibilidad de utilizar microchips para conocer permanentemente el paradero de los hijos es una opción que genera un gran debate ético.
La ola de pánico que desató la desaparición de Madeleine McCann, la niña británica que habría sido secuestrada de un hotel de Portugal mientras sus padres cenaban en un restaurante del complejo, provocó un gran incremento en la demanda de dispositivos electrónicos de detección remota, que vienen insertados en celulares, gorras, pulseras, brazaletes y hasta baberos.
Aunque el director comercial de la compañía, Chris Reid, afirma que el sistema fue creado para ser utilizado en jardines de infantes, muchas familias ya lo han encontrado "sumamente útil" para aprovechar la protección electrónica "en sus hogares, en sus lugares de trabajo y hasta cuando salen de visita a lugares públicos como parques de diversiones".
En el caso de los chicos más grandes, entre 8 y 12 años, el celular parece haberse convertido en el dispositivo de rastreo por excelencia ya que, desde el momento en que está encendido -y siempre que tenga cobertura- es técnicamente localizable. Con nombres coloridos como Kids Ok y Teddy-fone, varias compañías telefónicas ya ofrecen a los padres ese servicio, así como otros más controvertidos como la posibilidad de poder escuchar y ver a distancia lo que sus hijos están haciendo sin que ellos necesariamente lo sepan.
Claro que el inconveniente –más allá de la duración de la batería y del alcance del dispositivo-, es que en el caso de un secuestro lo primero que van a hacer los delincuentes –alertados de la existencia de estos medios de localización-, es deshacerse de todos los objetos personales del pequeño.
La firma norteamericana Wherify ha fabricado un reloj localizador que, asegura, tras ser colocado en el brazo de un niño es "imposible de ser removido". Muchos padres, sin embargo, temen que sus hijos sean víctimas de la reacción violenta de un delincuente al ver que no puede desembarazarse de ese ingenioso instrumento de rastreo.
La única opción segura consistiría en colocar un chip bajo la piel de cada pequeño y un profesor de Cibernética de la Universidad de Reading, Ken Warwick,trabajó durante muchos años sobre esa idea. En 2002, tras el terrible asesinato de las niñas Holly Wells y Jessica Champan, ofreció implantar en un niño en forma gratuita, pero experimental, un microchip subcutáneo que envía señales a un ordenador que identifica dónde se encuentra del pequeño en un mapa. Danielle Duval, que entonces tenía 11 años, se ofreció como voluntaria, pero meses más tarde, tanto ella como Warwick decidieron ponerle fin a la experiencia.
"El proyecto generó muchas críticas por la pérdida de intimidad que parecía implicar. Estas son cuestiones éticas que, como científico, uno tiene siempre que tener en cuenta", dijo Warwick. Con respecto a los riesgos para la salud, Warwick, que probó el microchip en su propio cuerpo, niega que implique riesgos, pero admitió que el invento todavía tiene "sus desafíos", como el de recargar la batería. "Como la mayoría del tiempo el sistema se encuentra en stand by, gasta poca energía. Pero es cierto que, una vez por año, hace falta que el pequeño acerque su brazo a un recargador por un par de horas," aseguró.
Más allá de las cuestiones técnicas, surge el debate ético: algunos especialistas en protección infantil cuestionan la necesidad y efectividad de estos aparatos. "Es hora de que pongamos las cosas en perspectiva -planteó Michelle Elliot, directora de la organización defensora de los derechos del niño Kidscape-. En los últimos 25 años, de los 11 millones de chicos que tenemos en el Reino Unido, entre 5 y 7 fueron secuestrados y asesinados por un extraño cada año. Más de un 90 por ciento de los chicos que fueron abusados, lo fueron por miembros de su propia familia y muchas veces en el confín de sus hogares. Es cierto que en Gran Bretaña registramos más de 77.000 niños perdidos por año -más de 700.000 en Estados Unidos; unos 15.000 en España-, pero la gran mayoría son, en realidad, adolescentes de más de 14 años. En estas circunstancias, lo que se ofrece en el mercado no son verdaderas soluciones".
La pedagoga hace hincapié, además, en la posibilidad de que estos aparatos bloqueen el desarrollo del sentido de independencia de los más pequeños. "Si cada vez que les pasa algo sus padres aparecen como por arte de magia para rescatarlos, jamás aprenderán qué hacer por si solos frente a un situación de peligro", indicó y alertó sobre el efecto negativo que puede tener sobre los más jóvenes el mensaje implícito "de saberse viviendo en una sociedad paranoica que sólo parece encontrar satisfacción en la vigilancia constante de cada individuo".





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