Bill Gates considera que para 2035 no habrá más países pobres
Se lo atribuye, sobre todo, al progreso de Latinoamérica. Además, reconoce que podría traer un aumento del consumo energético y agrandaría el riesgo de cambio climático.
Estas fotografías ilustran una historia impactante: la imagen global de la pobreza en el mundo ha cambiado radicalmente a lo largo de mi vida. Los ingresos per cápita en Turquía y Chile han alcanzado ya los niveles de los Estados Unidos de 1960. Y Malasia y Gabón están a punto de alcanzarlos. Esa tierra de nadie que separaba los países ricos de los pobres ahora pertenece a China, la India y Brasil, entre otros. Los ingresos reales per cápita de China se han multiplicado por ocho respecto a 1960.Los de la India se han cuadruplicado, los de Brasil casi se han quintuplicado, y en Botsuana, un pequeño país que ha sabido gestionar hábilmente sus recursos minerales, la cifra se ha multiplicado por treinta. En medio ha aparecido un grupo de países que hace cincuenta años apenas existía en el mapa y en el que se concentra más de la mitad de la población mundial.
He aquí otra forma de constatar la transición: contando personas en lugar de países:
Así pues, para desmentir el mito de que los países pobres están condenados a seguir siendo pobres no hay más que apelar a los hechos: no han seguido siendo pobres. Muchos de los países que considerábamos pobres (aunque ni mucho menos todos) ahora presentan economías fuertes. Y el porcentaje de personas extremadamente pobres se ha reducido a menos de la mitad desde 1990.
Aun así, todavía hay 1000 millones de personas que viven en la extrema pobreza, por lo que no hay motivos para celebraciones. Con todo, podemos decir que el mundo ha cambiado tanto que los términos países en desarrollo y países desarrollados han quedado obsoletos.
Actualmente, cualquier categoría que agrupe China y la República Democrática del Congo, lejos de ser reveladora, confunde aún más. Algunos de los denominados países en desarrollo han prosperado tanto que podemos afirmar que ya se han desarrollado. Hay unos pocos Estados fallidos, sin embargo, que apenas experimentan desarrollo alguno. La mayoría de los países se encuentran en algún punto intermedio. Por ese motivo, hoy resulta mucho más útil pensar en términos de países de ingresos bajos, medianos o altos. (Algunos expertos incluso dividen la categoría de países de ingresos medianos en dos subgrupos: el de ingresos medianos bajos y el de ingresos medianos altos.)
Volvamos, sin perder esto de vista, a la versión más concreta y perniciosa de este mito: "Por supuesto, los tigres asiáticos están pasando por un buen momento, pero en África las condiciones de vida no mejoran ni mejorarán jamás."
En primer lugar, no hay que creerse que la situación en África ha empeorado en los últimos cincuenta años. Lo cierto es que, durante este periodo, los ingresos per cápita han subido en el África subsahariana, y lo han hecho de forma considerable en algunos países. Después de la caída en barrena a raíz de la crisis de la deuda de los años ochenta, el continente ha experimentado un aumento de los ingresos de casi dos tercios desde 1998: de poco más de 1300 dólares a casi 2200 dólares. Cada vez son más los países que experimentan un desarrollo sólido y constante, y a estos se irán añadiendo más con el paso del tiempo. Siete de las diez economías con un mayor ritmo de crecimiento del último lustro se encuentran en África.
África también ha avanzado a pasos agigantados en los ámbitos de la salud y la educación. Desde 1960, la esperanza de vida de las mujeres del África subsahariana ha aumentado de 41 a 57 años a pesar de la epidemia del VIH. Sin dicha epidemia, la esperanza de vida sería de 61 años. El porcentaje de niños escolarizados se ha disparado desde 1970, pasando de poco más del 40 % a superar el 75 % . Hay menos personas que pasan hambre y más que gozan de una buena nutrición. Si comer lo suficiente, ir a la escuela y vivir más años son indicadores de un buen nivel de vida, entonces no cabe la menor duda de que las condiciones de vida en el continente están mejorando. Estos hitos no marcan el final del camino, sino que constituyen los cimientos de un progreso aún mayor.
Naturalmente, las medias regionales esconden grandes diferencias entre países. En Etiopía, los ingresos per cápita apenas alcanzan los 800 dólares, mientras que en Botsuana casi llegan a los 12 000 dólares. Las diferencias internas también pueden ser enormes en algunos países: la vida en una gran metrópolis como Nairobi no tiene nada que ver con la vida rural de una pequeña aldea en Kenia. Deberíamos coger con pinzas las palabras de cualquier persona que trate todo un continente como un cúmulo homogéneo de pobreza y enfermedades.
Conclusión: Los países pobres no están condenados a seguir siendo pobres. Algunos de los llamados países en desarrollo ya se han desarrollado, y muchos más lo harán pronto. Las naciones que aún buscan su camino no intentan algo sin precedentes: disponen de buenos modelos de los que aprender.
Mi optimismo sobre esta cuestión es tal que me atrevo a lanzar una predicción. Para el 2035, casi no quedará ningún país pobre en el mundo. (De acuerdo con la definición actual de pobreza.)2 Casi todos los países se situarán en la franja de los que ahora llamamos países de ingresos medianos bajos, o incluso serán más ricos. Los países seguirán el ejemplo de sus vecinos más productivos y sacarán el máximo partido de innovaciones como las nuevas vacunas, mejores semillas de cultivo y la revolución digital. La mano de obra de estos países, fortalecida gracias a una mejor educación, atraerá nuevas inversiones.
Algunos países verán su desarrollo truncado a causa de la guerra, la política (Corea del Norte, a no ser que se produzca un gran cambio en el país) o la geografía (como en el caso de los países sin salida al mar del África central). Y las desigualdades seguirán siendo problemáticas: habrá personas pobres en todas las regiones.
Pero la mayoría vivirán en países autosuficientes. Todas las naciones suramericanas, asiáticas y centroamericanas (con la posible excepción de Haití) y gran parte de las naciones costeras africanas se habrán incorporado al grupo de países que hoy gozan de ingresos medianos. Más del 70 % de los países tendrán unos ingresos per cápita superiores a los que hoy presenta la China. Casi el 90 % de los países tendrán una renta superior a la de la India actual.
Será un hito extraordinario. Cuando nací, la mayoría de los países del mundo eran pobres. En los próximos dos decenios, los países terriblemente pobres serán la excepción y no la norma. Miles de millones de personas saldrán de la pobreza extrema. La idea de que todo esto sucederá antes de que me muera me parece fascinante.
Algunos dirán que impulsar el desarrollo de casi todos los países para que logren unos niveles de ingresos medianos no solucionará los problemas del mundo, y que algunos de estos incluso se agravarán. Es cierto que, para que todo este crecimiento no tenga un impacto negativo en el clima y el medio ambiente, tendremos que encontrar fuentes de energía más baratas y limpias. También tendremos que solucionar los problemas relacionados con el bienestar económico, como las altas tasas de diabetes. No obstante, cada vez habrá más personas formadas, con capacidad para solucionar estos problemas. Dar cumplimiento a casi todos los objetivos propuestos en materia de desarrollo contribuirá, más que cualquier otro logro, a mejorar la calidad de vida de las personas.
Así pues, para desmentir el mito de que los países pobres están condenados a seguir siendo pobres no hay más que apelar a los hechos: no han seguido siendo pobres. Muchos de los países que considerábamos pobres (aunque ni mucho menos todos) ahora presentan economías fuertes. Y el porcentaje de personas extremadamente pobres se ha reducido a menos de la mitad desde 1990.
Aun así, todavía hay 1000 millones de personas que viven en la extrema pobreza, por lo que no hay motivos para celebraciones. Con todo, podemos decir que el mundo ha cambiado tanto que los términos países en desarrollo y países desarrollados han quedado obsoletos.
Actualmente, cualquier categoría que agrupe China y la República Democrática del Congo, lejos de ser reveladora, confunde aún más. Algunos de los denominados países en desarrollo han prosperado tanto que podemos afirmar que ya se han desarrollado. Hay unos pocos Estados fallidos, sin embargo, que apenas experimentan desarrollo alguno. La mayoría de los países se encuentran en algún punto intermedio. Por ese motivo, hoy resulta mucho más útil pensar en términos de países de ingresos bajos, medianos o altos. (Algunos expertos incluso dividen la categoría de países de ingresos medianos en dos subgrupos: el de ingresos medianos bajos y el de ingresos medianos altos.)
Volvamos, sin perder esto de vista, a la versión más concreta y perniciosa de este mito: "Por supuesto, los tigres asiáticos están pasando por un buen momento, pero en África las condiciones de vida no mejoran ni mejorarán jamás."
En primer lugar, no hay que creerse que la situación en África ha empeorado en los últimos cincuenta años. Lo cierto es que, durante este periodo, los ingresos per cápita han subido en el África subsahariana, y lo han hecho de forma considerable en algunos países. Después de la caída en barrena a raíz de la crisis de la deuda de los años ochenta, el continente ha experimentado un aumento de los ingresos de casi dos tercios desde 1998: de poco más de 1300 dólares a casi 2200 dólares. Cada vez son más los países que experimentan un desarrollo sólido y constante, y a estos se irán añadiendo más con el paso del tiempo. Siete de las diez economías con un mayor ritmo de crecimiento del último lustro se encuentran en África.
África también ha avanzado a pasos agigantados en los ámbitos de la salud y la educación. Desde 1960, la esperanza de vida de las mujeres del África subsahariana ha aumentado de 41 a 57 años a pesar de la epidemia del VIH. Sin dicha epidemia, la esperanza de vida sería de 61 años. El porcentaje de niños escolarizados se ha disparado desde 1970, pasando de poco más del 40 % a superar el 75 % . Hay menos personas que pasan hambre y más que gozan de una buena nutrición. Si comer lo suficiente, ir a la escuela y vivir más años son indicadores de un buen nivel de vida, entonces no cabe la menor duda de que las condiciones de vida en el continente están mejorando. Estos hitos no marcan el final del camino, sino que constituyen los cimientos de un progreso aún mayor.
Naturalmente, las medias regionales esconden grandes diferencias entre países. En Etiopía, los ingresos per cápita apenas alcanzan los 800 dólares, mientras que en Botsuana casi llegan a los 12 000 dólares. Las diferencias internas también pueden ser enormes en algunos países: la vida en una gran metrópolis como Nairobi no tiene nada que ver con la vida rural de una pequeña aldea en Kenia. Deberíamos coger con pinzas las palabras de cualquier persona que trate todo un continente como un cúmulo homogéneo de pobreza y enfermedades.
Conclusión: Los países pobres no están condenados a seguir siendo pobres. Algunos de los llamados países en desarrollo ya se han desarrollado, y muchos más lo harán pronto. Las naciones que aún buscan su camino no intentan algo sin precedentes: disponen de buenos modelos de los que aprender.
Mi optimismo sobre esta cuestión es tal que me atrevo a lanzar una predicción. Para el 2035, casi no quedará ningún país pobre en el mundo. (De acuerdo con la definición actual de pobreza.)2 Casi todos los países se situarán en la franja de los que ahora llamamos países de ingresos medianos bajos, o incluso serán más ricos. Los países seguirán el ejemplo de sus vecinos más productivos y sacarán el máximo partido de innovaciones como las nuevas vacunas, mejores semillas de cultivo y la revolución digital. La mano de obra de estos países, fortalecida gracias a una mejor educación, atraerá nuevas inversiones.
Algunos países verán su desarrollo truncado a causa de la guerra, la política (Corea del Norte, a no ser que se produzca un gran cambio en el país) o la geografía (como en el caso de los países sin salida al mar del África central). Y las desigualdades seguirán siendo problemáticas: habrá personas pobres en todas las regiones.
Pero la mayoría vivirán en países autosuficientes. Todas las naciones suramericanas, asiáticas y centroamericanas (con la posible excepción de Haití) y gran parte de las naciones costeras africanas se habrán incorporado al grupo de países que hoy gozan de ingresos medianos. Más del 70 % de los países tendrán unos ingresos per cápita superiores a los que hoy presenta la China. Casi el 90 % de los países tendrán una renta superior a la de la India actual.
Será un hito extraordinario. Cuando nací, la mayoría de los países del mundo eran pobres. En los próximos dos decenios, los países terriblemente pobres serán la excepción y no la norma. Miles de millones de personas saldrán de la pobreza extrema. La idea de que todo esto sucederá antes de que me muera me parece fascinante.
Algunos dirán que impulsar el desarrollo de casi todos los países para que logren unos niveles de ingresos medianos no solucionará los problemas del mundo, y que algunos de estos incluso se agravarán. Es cierto que, para que todo este crecimiento no tenga un impacto negativo en el clima y el medio ambiente, tendremos que encontrar fuentes de energía más baratas y limpias. También tendremos que solucionar los problemas relacionados con el bienestar económico, como las altas tasas de diabetes. No obstante, cada vez habrá más personas formadas, con capacidad para solucionar estos problemas. Dar cumplimiento a casi todos los objetivos propuestos en materia de desarrollo contribuirá, más que cualquier otro logro, a mejorar la calidad de vida de las personas.
MITO 2
LA AYUDA EXTERIOR ES UN DESPILFARRO
Puede que en la prensa hayan leído artículos sobre la ayuda exterior en los que abundan las generalizaciones exageradas basadas en ejemplos minúsculos. Suelen citar anécdotas sobre cómo se desperdician recursos en algún programa y plantean que la ayuda exterior supone un despilfarro. Tras leer una y otra vez este tipo de historias, es fácil quedarse con la impresión de que la ayuda sencillamente no da resultados. No es de extrañar que un periódico británico afirmase el año pasado que más de la mitad de los votantes querían que hubiese recortes en la ayuda exterior.
Esos artículos ofrecen una imagen distorsionada de lo que ocurre en los países receptores de ayuda. Desde que Melinda y yo pusimos en marcha la Fundación hace trece años, hemos tenido la suerte de poder ver sobre el terreno los resultados de los programas financiados por la Fundación y los gobiernos donantes. Lo que hemos visto cambiar a lo largo de estos años es cómo la gente vive más tiempo, goza de mejor salud y sale de la pobreza, y eso es en parte gracias a los servicios que la ayuda ha contribuido a diseñar y poner en marcha.
Me preocupa el mito de que la ayuda no sirve para nada. Les da a los dirigentes políticos una excusa para intentar recortarla, lo que haría que se salvaran menos vidas y que los países tardaran más en lograr la autosuficiencia.
Así que lo que voy a hacer es rebatir algunas de las críticas que puede que hayan leído.3 Pero, antes de nada, tengo que admitir que no existe el programa perfecto, y que hay maneras de lograr que la ayuda sea más eficaz. Además, la ayuda es tan solo una herramienta más en la lucha contra la pobreza y las enfermedades: los países ricos también tienen que modificar algunas de sus políticas, por ejemplo, abriendo los mercados y recortando las subvenciones agrícolas, mientras que los países pobres tienen que destinar más fondos a la salud y el desarrollo de sus habitantes.
No obstante, la ayuda suele ser una buena inversión. De hecho, deberíamos ayudar más, porque es un mecanismo muy eficaz para salvar y mejorar vidas, y establece los cimientos del progreso económico a largo plazo que he descrito en el primer mito (lo que a su vez contribuye a que los países dejen de depender de la ayuda). No deja de resultar paradójico que, a pesar de la fama que tiene la Fundación por empecinarse en obtener resultados, haya mucha gente escéptica en cuanto a los programas de ayuda gubernamental con los que colaboramos. La Fundación realiza un gran esfuerzo para ayudar a estos programas a ganar en eficiencia y evaluar su progreso.
El importe de la ayuda
Muchos creen que la ayuda al desarrollo representa una gran parte del presupuesto de los países ricos, por lo que recortarla supondría un gran ahorro. Cuando las encuestas preguntan a los estadounidenses qué porcentaje del presupuesto creen que se destina a ayuda, la respuesta media es: «el 25 %». Cuando se les pregunta cuánto debería gastar el gobierno, suelen contestar: «el 10 %». Me da la impresión de que estas respuestas serían parecidas en el Reino Unido, Alemania o cualquier otro lugar.
He aquí las cantidades reales: en el caso de Noruega, el país más generoso del mundo, se trata de menos del 3 %, mientras que en los Estados Unidos no llega al 1 %.
Un uno por ciento del presupuesto estadounidense equivale a unos 30 000 millones de dólares al año. De estos, unos 11 000 millones de dólares se invierten en el área de salud: vacunas, mosquiteros, planificación familiar, fármacos para impedir la muerte de los seropositivos, etc. (Los 19 000 millones de dólares restantes se destinan a actividades como la construcción de escuelas, carreteras y sistemas de riego.)
Que no se me malinterprete, sé que 11 000 millones de dólares al año no es poco dinero. Pero, para valorar las cosas en su justa medida, se trata de unos 30 dólares por estadounidense. Imagínense que en la declaración de impuestos se les preguntara: «¿Nos permite utilizar 30 dólares de los impuestos que de todas formas va a pagar para proteger del sarampión a 120 niños?»4 ¿Marcarían la casilla del sí o del no?
También conviene plantearse la incidencia global de esta inversión. Para obtener una cifra aproximada, sumé el dinero proveniente de donantes para la ayuda en materia de salud a partir de 1980 y dividí el resultado entre el número de muertes infantiles que se evitaron en ese mismo periodo. Sale a menos de 5000 dólares por niño salvado (y eso sin tener en cuenta que con ese dinero se hace algo más que salvar a niños: también se mejora su salud).5 Esta cantidad puede parecer mucho dinero, pero hay que tener en cuenta que las agencias gubernamentales de los EE. UU. suelen tasar la vida de un estadounidense en varios millones de dólares.
Piensen también que los niños sanos hacen muchas más cosas que simplemente sobrevivir. Van a la escuela y acaban trabajando, y a la larga contribuyen a que sus países sean autosuficientes. Por eso digo que prestar ayuda es un gran negocio.
Este cuadro muestra las causas principales de mortalidad infantil junto a una selección de los programas de ayuda que atienden a estos problemas. Como ven, la mayor parte de los programas se dedica a poner freno a dichas causas; no es casualidad que la labor mundial en materia de salud de la Fundación también se centre en ellos.
El gasto en subvenciones agrícolas del gobierno de los Estados Unidos es más del doble que en ayuda para la salud; el gasto militar, más de sesenta veces superior. Así que espero que, la próxima vez que alguien les diga que se puede aligerar el presupuesto recortando en ayuda, ustedes le pregunten si eso se hará a costa de más muertes.
La corrupción
Uno de los rumores más típicos sobre la ayuda es que, en parte, no alcanza su destino a causa de la corrupción. Es cierto que, cuando se roba o desperdicia ayuda para la salud, se pierden vidas. Hay que erradicar los fraudes y hacer lo posible por aprovechar al máximo cada dólar invertido.
Pero también hay que poner está problemática en perspectiva. La corrupción a pequeña escala, como la del funcionario público que solicita el pago de gastos de viaje falsos, es una ineficiencia equivalente a un impuesto sobre la ayuda. Si bien es cierto que deberíamos intentar disminuir este tipo de fraudes, no es posible eliminarlos, del mismo modo que es imposible lograr que no se desperdicie nada en ningún programa gubernamental o, ya puestos, en ninguna empresa. Supongamos que este tipo de corrupción a pequeña escala equivale a un impuesto añadido del 2 % al costo de salvar una vida. Habría que intentar disminuir este costo añadido, pero, si no se pudiera, ¿deberíamos por eso dejar de intentar salvar vidas?
Puede que hayan oído algo del escándalo que suscitó en Camboya el año pasado un programa de mosquiteros administrado por el Fondo Mundial de Lucha contra el SIDA, la Tuberculosis y la Malaria. Se supo que había funcionarios camboyanos que aceptaban sobornos de cientos de miles de dólares provenientes de contratistas. Los editorialistas publicaron titulares del tipo «Cómo desperdiciar dinero de ayuda exterior». Un artículo me nombraba como una de las personas cuya inversión se estaba desperdiciando.
Agradezco tanta preocupación, y es positivo que la prensa pida cuentas a las instituciones. Pero no fue la prensa la que destapó este montaje, sino el Fondo Mundial gracias a una auditoría interna. Al detectar y resolver el problema, el Fondo Mundial hizo justo lo que tenía que hacer. Resultaría extraño exigirle que erradicara la corrupción para luego castigarlo por detectar el pequeño porcentaje al que se da un uso indebido.
Nos hallamos ante un doble rasero. He oído a gente exigir que el gobierno cierre un programa de ayuda si se averigua que se ha perdido un solo dólar a causa de la corrupción. Por otra parte, cuatro de los siete últimos gobernadores de Illinois han acabado en prisión por corrupción, y, que yo sepa, nadie ha pedido el cierre de las escuelas o carreteras del estado.
Ni Melinda ni yo daríamos nuestro apoyo al Fondo Mundial, ni a ningún otro programa, si se diera un uso indebido del dinero a gran escala. Desde que el Fondo Mundial empezó su actividad en Camboya en el 2003, las muertes por malaria se han reducido en un 80 %. En su mayoría, esas historias de terror que circulan, según las cuales la ayuda no sirve más que para contribuir a que un dictador se construya un palacio nuevo, vienen de la época en la que gran parte de la ayuda no tenía como fin mejorar la vida de las personas, sino comprar aliados para la guerra fría. Desde entonces, todos los actores han mejorado mucho a la hora de evaluar resultados. Especialmente en los ámbitos de la salud y la agricultura, podemos validar los resultados y conocer el rendimiento por dólar invertido.
La tecnología va a ayudar cada vez más en la lucha contra la corrupción. Internet está facilitando que los ciudadanos sepan qué debería estar ofreciéndoles el gobierno, por ejemplo, cuánto dinero debería recibir su clínica, lo que permite que puedan pedirles cuentas a los funcionarios. Cuanto más sabe el público, menos corrupción hay y más dinero acaba donde corresponde.
La dependencia de la ayuda
Otro de los argumentos que esgrimen los críticos es que la ayuda supone un freno para el desarrollo económico normal y perpetúa en los países la dependencia de la generosidad internacional.
Hay varios errores en este argumento. En primer lugar, mezcla varios tipos de ayuda. No hace distinción entre la ayuda que se envía directamente a los gobiernos y la que se destina a la investigación de nuevas herramientas, como vacunas y semillas. El dinero que los Estados Unidos invirtieron en los años sesenta para el desarrollo de cultivos más productivos no hizo que los países asiáticos y latinoamericanos dependieran más de nosotros, sino todo lo contrario. El dinero que se invierta hoy en una revolución verde en África ayuda a que los países puedan producir más alimentos, lo que también los hace menos dependientes. La ayuda es una fuente de financiación fundamental para estos «bienes públicos mundiales», necesarios para la salud y el crecimiento económico. Es por eso que nuestra Fundación destina más de un tercio de las subvenciones al desarrollo de nuevas herramientas.
En segundo lugar, el argumento de que «la ayuda genera dependencia» hace caso omiso a todos aquellos países que ya han superado la fase de contar con ayuda y se centra exclusivamente en los casos restantes, los más complicados. Esta es una breve lista de antiguos grandes receptores que han crecido tanto que apenas reciben ayuda hoy en día: Botsuana, Marruecos, Brasil, México, Chile, Costa Rica, Perú, Tailandia, Mauricio, Singapur y Malasia. Corea del Sur recibió una gran cantidad de ayuda tras la guerra de Corea, y en la actualidad es un donante neto. También lo es la China, que destina muchos recursos a la investigación científica para ayudar a los países en desarrollo. La ayuda a la India representa hoy en día el 0,09 % de su PIB, mientras que en 1991 era del 1 %.
Y hasta en el África subsahariana se ha reducido en estos últimos veinte años en un tercio la proporción de la economía que proviene de la ayuda, al mismo tiempo que el importe total de esta en la región se ha duplicado. Hay algunos países como Etiopía que dependen de la ayuda, y aunque a todos (especialmente a los propios etíopes) nos gustaría que esto dejara de ser así, no he encontrado ningún argumento convincente que permita afirmar que Etiopía estaría hoy en una situación mejor si contara con menos ayuda.
Los detractores tienen razón al afirmar que no existen pruebas concluyentes de que la ayuda impulse el crecimiento económico, pero se podría decir lo mismo de prácticamente cualquier otro de los factores que intervienen en una economía. Resulta muy difícil saber exactamente qué inversiones estimularán el crecimiento económico, especialmente a corto plazo. No obstante, sí sabemos que la ayuda impulsa mejoras en materia de salud, agricultura e infraestructura que guardan una estrecha correlación con el crecimiento a largo plazo. La ayuda destinada a la salud salva vidas y permite el desarrollo físico y mental de los niños, lo que rinde frutos en una misma generación. Los estudios muestran que estos niños, de adultos, serán más sanos y productivos en el trabajo. Si se va a atacar este tipo de ayuda, hay que estar dispuesto a sostener que salvar vidas no tiene importancia para el crecimiento económico o que, sencillamente, no tiene importancia alguna.
Tan evidente es la capacidad de la ayuda para salvar vidas que hasta sus críticos la reconocen. Uno de los más conocidos, William Easterly, enumera en medio de su libro White Man's Burden [La carga del hombre blanco] varios éxitos mundiales en materia de salud financiados gracias a la ayuda. Esta es una selección:
"Una campaña de vacunación en África del Sur prácticamente acabó con las muertes de niños por sarampión."
"Una iniciativa internacional erradicó la viruela en todo el mundo."
"Un programa de control de la tuberculosis en la China redujo los casos en un 40 % entre los años 1990 y 2000."
"Gracias a un programa regional para la eliminación de la polio en Latinoamérica a partir de 1985, esta enfermedad ya no supone una amenaza para la salud pública en el continente."
Vale la pena analizar en detalle este último punto. Hoy en día solo hay tres países que nunca han estado exentos de poliomielitis: Afganistán, Pakistán y Nigeria. El año pasado, la comunidad mundial de la salud adoptó un plan integral que pretende que el mundo esté exento de polio para el 2018, y decenas de donantes se ofrecieron a financiarlo. Cuando nos deshagamos de la polio, el mundo se ahorrará unos 2000 millones de dólares por año, que es lo que nos cuesta combatirla en la actualidad.
Conclusión: La ayuda en materia de salud es una gran inversión. Cuando pienso en cuántos niños ya no mueren en comparación con hace treinta años, y cuántas personas disfrutan de vidas más longevas y saludables, me siento muy optimista respecto al futuro. La Fundación colaboró con un grupo de eminentes economistas y expertos en salud mundial con el fin de determinar qué se puede conseguir en los años venideros. Como escribieron el mes pasado en la revista médica The Lancet, si se invierte y se modifican las políticas de manera adecuada, para el 2035 todos los países tendrán unas tasas de mortalidad infantil tan bajas como las de los Estados Unidos y el Reino Unido en 1980.
Pongamos este logro en perspectiva histórica. Un bebé nacido en 1960 tenía un 18 % de probabilidades de morir antes de cumplir cinco años; para un bebé nacido hoy en día, la probabilidad es de menos de un 5 %. En el 2035, será de menos de un 1,6 %. No se me ocurre ningún otro avance en el bienestar de la humanidad logrado en 75 años que se le pueda ni tan solo comparar.
Para llegar a ese punto, la confluencia del mundo en torno a ese objetivo tendrá que abarcar desde científicos y trabajadores de la salud hasta países donantes y recipientes de ayuda. Si esta meta se refleja en la próxima ronda de los Objetivos de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas, supondrá un impulso para que todos se pongan a trabajar en la consecución de este hito.
Muchos países de ingresos bajos y medianos se desarrollarán lo suficiente como para pagar esta convergencia por ellos mismos. Para otros, será necesaria la generosidad continua de donantes, especialmente en forma de inversiones en I+D en sectores relacionados con la salud. Los gobiernos también tendrán que tomar las medidas adecuadas. Así, por ejemplo, los países de ingresos medianos deberían plantearse gravar el tabaco y reducir las subvenciones a los combustibles fósiles a fin de destinar más recursos financieros a la salud.
Más que cualquier otra cosa, espero que dejemos de debatir si la ayuda genera resultados y dediquemos más tiempo a hablar sobre qué se puede hacer para que los resultados sean mejores. Este nuevo debate cobra aún más importancia a medida que se pasa de la investigación en la esfera científica sobre bienes públicos mundiales a la aplicación práctica de las innovaciones sobre el terreno. ¿Se encargan los países receptores de decidir dónde hay que construir las clínicas y de formar a los trabajadores? ¿Ayudan los donantes a que los equipos locales adquieran las competencias necesarias para quitarles el trabajo a los expertos occidentales? ¿Comparten los mejores aquello que han aprendido para que otros países puedan seguir sus pasos? Este es un ámbito en el que la Fundación ha aprendido mucho.
Hace mucho que creo que las disparidades en materia de salud son una de las peores desigualdades, que es injusto e inaceptable que millones de niños mueran cada año por causas que se pueden prevenir o tratar. No creo que el destino de un niño deba depender de lo que Warren Buffett denomina la lotería ovárica. Si logramos alcanzar el objetivo de la convergencia, la lotería ovárica de la salud se habrá acabado para siempre.
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