La extraña historia del Adolf Hittler judío
El hombre vivía en Rumania, era sombrerero y falleció en 1892, a los 60 años.
Adolf hitler
Por EFE
Vale como ejemplo de los riesgos que corrían los judíos de Bucarest la matanza de la Rebelión legionaria de enero de 1941, cuando decenas de hebreos fueron llevados a un matadero, colgados de los ganchos para los animales y mutilados.
En este clima de terror, relata Mircu, el hallazgo produjo un gran nerviosismo entre sus descubridores, que se apresuraron a destruir el texto en rumano con el nombre de Hitler.
De llegar a oídos de las autoridades filonazis rumanas, de los legionarios o de la representación alemana en Rumanía bien podrían considerarlo una provocación. Tuvieron que pasar más de cuarenta años para que el recuerdo del Hitler hebreo volviera a ser honrado a la vista de todos.
"La reparación se produjo en 1987, por iniciativa del Jefe Rabino Moses Rozen", reveló a la agencia EFE el ingeniero judío Iosif Cotnareanu, que trabajó en el equipo que reconstruyó el monumento.
"Fue un acto de justicia, porque este hombre no tenía ninguna culpa de tener el nombre que tenía", recuerda. Cotnareanu llevaba entonces dos años jubilado, y contribuía a la buena salud de la comunidad aportando su experiencia como especialista en trabajos sobre piedra.
"El monumento (funerario) no fue reconstruido exactamente como estaba, sino en otro estilo más habitual en los años 80. Sin embargo se respetó fielmente la inscripción", dice el ingeniero que coordinó los trabajos.
Como casi todos los cientos de miles de judíos que hicieron de las comunidades rumanas unas de las más vibrantes y numerosas del mundo, los herederos del comerciante de la calle Real ya no viven en Rumanía.
Morirían bajo la bota del antisemitismo en la década de 1930 o 1940 o emigrarían a Israel, a EEUU, a Francia o Alemania, Australia, incluso a Hong Kong, porque han llegado a venir de Hong Kong a dejar flores en la tumba, comenta con tristeza un empleado judío del cementerio.
Nadie lleva flores hoy a la tumba de Adolf Hitler en el cementerio de la Filantropía, dónde sólo unos cuantos curiosos y algún periodista interrumpen su sueño eterno entre el verde apacible del camposanto.
El sombrerero Adolf Hitler, que como documenta Mircu hizo publicidad de su negocio en un periódico yidish de su época, jamás habría pensado que regresaría a la prensa por razones tan distintas.
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