Por la mañana café, por la tarde galón: así las decisiones de Trump llegan al bolsillo de los estadounidenses
La guerra con Irán y la disputa comercial con Brasil tuvieron consecuencias que fueron más allá de la geopolítica y las negociaciones en Washington. Desde el precio de la nafta hasta el café del desayuno, dos ejemplos de cómo la política exterior y arancelaria de Donald Trump repercutió en la vida cotidiana de los ciudadanos estadounidenses.
"Por la mañana café, por la tarde ron", dice Bad Bunny en "Café con ron". Pero para millones de estadounidenses, la primera parte de esa frase puede haber tenido un costo bastante más elevado que antes y la segunda podría reemplazarse por una imagen mucho menos festiva: llenar el tanque del auto. Es que las decisiones de Donald Trump en materia de política exterior y comercial tuvieron consecuencias que no necesariamente se percibieron en los despachos de Washington, pero sí pudieron aparecer en la estación de servicio o en la góndola del supermercado.
No hace falta seguir al detalle las negociaciones internacionales, conocer los movimientos del mercado petrolero o entender cómo funciona el sistema de aranceles para encontrarse con sus efectos. A veces, la geopolítica se manifiesta de una manera bastante más sencilla: cuando llega la cuenta de la nafta o cuando el café de todos los días cuesta más caro. Dos ejemplos permiten observar cómo determinadas decisiones de la Casa Blanca se trasladaron al presupuesto de los hogares estadounidenses, aunque con mecanismos y matices diferentes.
La guerra con Irán y el precio de llenar el tanque
El primer caso tiene que ver con la guerra que Estados Unidos e Israel iniciaron contra Irán el 28 de febrero de 2026. El conflicto tuvo consecuencias sobre el mercado internacional del petróleo, particularmente por las dificultades para garantizar el tránsito de buques petroleros a través del estrecho de Ormuz, una vía estratégica por la que circula una porción fundamental del suministro energético mundial.
La incertidumbre sobre el abastecimiento y el temor a interrupciones prolongadas en el comercio de crudo impulsaron las cotizaciones internacionales. Y, aunque Estados Unidos es uno de los mayores productores de petróleo del planeta, no está aislado de lo que sucede en el mercado global: cuando el precio del barril aumenta, también puede hacerlo el costo de los combustibles que se comercializan dentro de sus fronteras.
Los números permiten dimensionar el impacto. De acuerdo con la Asociación Estadounidense del Automóvil (AAA), el precio promedio nacional de la nafta regular era de aproximadamente 2,98 dólares por galón al comienzo del conflicto. El 24 de septiembre había alcanzado los 4,48 dólares, su máximo para esa época del año, mientras que el 2 de noviembre se ubicaba en 4,17 dólares.
La diferencia entre el valor previo a la guerra y el registrado a comienzos de noviembre representa un incremento cercano al 40%. Traducido a una situación cotidiana: un conductor que carga 15 galones (unos 57 litros) pasó de gastar aproximadamente 45 dólares a desembolsar más de 62 por la misma cantidad de combustible.
Eso no significa que cada centavo de aumento sea atribuible exclusivamente a la guerra. También intervienen factores estacionales, los costos de refinación, la demanda y las particularidades del mercado estadounidense. De hecho, el precio comenzó a retroceder desde los máximos de septiembre, en parte por el cambio hacia combustibles de invierno, más económicos de producir. Sin embargo, la persistencia de las cotizaciones elevadas del petróleo siguió condicionando el valor que pagan los automovilistas.
El efecto tampoco terminó en el surtidor. El diésel, utilizado por camiones y buena parte del transporte de mercaderías, también experimentó un fuerte encarecimiento. Por eso, el combustible más caro puede trasladarse progresivamente a otros sectores de la economía, desde la distribución de alimentos hasta el costo de determinados servicios.
Los aranceles a Brasil y el café cada vez más caro
El segundo ejemplo conduce a la mesa del desayuno y a una decisión de naturaleza diferente. En este caso, el protagonista es el café brasileño y el conflicto comercial que enfrentó a Donald Trump con el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva.
En julio de 2025, el presidente estadounidense anunció un arancel adicional del 40% sobre determinados productos brasileños, una medida vinculada también con su rechazo al proceso judicial contra el expresidente Jair Bolsonaro. El gravamen se sumó a otros derechos de importación y llevó la carga arancelaria sobre algunos productos hasta el 50%.
El problema para los consumidores estadounidenses era evidente: Brasil es uno de los principales productores de café del mundo y abastece aproximadamente un tercio del café que se consume en Estados Unidos, el mayor mercado consumidor del planeta.
En otras palabras, no se trataba de un producto marginal ni de una importación fácilmente reemplazable. La decisión comercial de Trump encarecía el ingreso de una materia prima fundamental para los tostadores estadounidenses y agregaba presión sobre una industria que ya atravesaba dificultades por las malas cosechas y los problemas climáticos en los países productores.
El impacto llegó a los precios minoristas. En septiembre de 2025, el café registró un aumento interanual de hasta el 40% en Estados Unidos, según informó Reuters. Sin embargo, sería apresurado adjudicar toda esa suba a los aranceles: las dificultades de producción, las condiciones climáticas adversas y la escasez internacional ya habían impulsado fuertemente el precio de los granos.
La medida, además, tuvo una marcha atrás. El 20 de noviembre de 2025, Trump eliminó el arancel adicional del 40% para una serie de productos agrícolas brasileños, entre ellos el café. La decisión permitió aliviar los costos de importación y destrabar parte del abastecimiento que había quedado retenido a la espera de una revisión de los gravámenes.
Pero retirar un arancel no significa que los precios en los supermercados bajen automáticamente. Los costos acumulados, los contratos comerciales, las existencias disponibles y las condiciones de producción siguen influyendo en el valor final. De hecho, Reuters advirtió en diciembre de 2025 que buena parte de los aumentos que ya habían llegado a las góndolas respondían a la escasez previa de granos y no directamente a los aranceles. La eliminación de los gravámenes, por lo tanto, no podía traducirse de inmediato en una rebaja para los consumidores.
Cuando la geopolítica llega a la vida cotidiana
La nafta y el café representan dos situaciones distintas, pero permiten observar un mismo fenómeno: las decisiones que se toman en materia de política exterior y comercio internacional pueden tener consecuencias concretas para quienes están lejos de los escenarios donde se producen esas disputas.
En un caso, una guerra y las alteraciones en el mercado energético repercutieron en el precio que paga un automovilista cada vez que visita una estación de servicio. En el otro, una disputa arancelaria con un socio comercial agregó presión sobre el costo de un producto tan habitual como el café, aunque en un mercado que ya atravesaba dificultades por otros motivos.
No son los únicos canales por los que estas decisiones pueden impactar en la economía doméstica estadounidense. El transporte, los alimentos, los bienes importados y distintos servicios también están expuestos a las variaciones de los costos internacionales. Pero estos dos ejemplos alcanzan para ilustrar una cuestión: la política exterior de un presidente no se mide solamente por sus resultados diplomáticos, militares o comerciales. También puede sentirse en los gastos más ordinarios de una familia.
Porque, al final del día, para el estadounidense que no sigue las negociaciones de Washington ni los movimientos en Medio Oriente, algunas de las consecuencias de esas decisiones pueden aparecer en lugares bastante menos solemnes: el surtidor de una estación de servicio y la taza de café de cada mañana.
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