El centro de Tokio amaneció convulsionado por una nueva masacre. Un hombre de tan sólo 24 años “se cansó de vivir” y apuñaló a seis personas a plena luz del día. El ruido de las ambulancias, los heridos, la policía y la morbosa escena sembraron sospechas entre los japoneses quienes ataron cabos y descifraron el mensaje.
Siete años atrás moría ejecutado Mamoru Takuma, un enfermo mental que se hizo famoso por haber asesinado, con un cuchillo de carnicero, a ocho niños ricos de la escuela primaria Ikeda, en la ciudad de Osaka.
Del mismo modo en el que el odontólogo Ricardo Barreda genera una radical división de aguas en la opinión pública argentina, este hombre despertó el lado más temerario de algunos individuos, quienes en cada aniversario reivindican su acción con masacres similares.
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La Justicia japonesa calificó a la masacre de Takuma como uno de los crímenes “más abominables de la historia de Japón” y lo sentenció a morir en la horca a los 40 años. Al parecer, la muerte del criminal despertó fascinación y se convirtió en un emblema de lucha para muchos japoneses.
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Cuatro años atrás, un repartidor de diarios torturó a un chico de siete años que él había criado y le envió fotos a la madre del menor. En su alegato de defensa ante el tribunal japonés, Kaoru Kobayashi, también condenado a muerte, pronunció un discurso en honor a Takuma.
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Aunque todavía no se sabe con certeza cuántas personas heridas dejó la última masacre y no se tienen datos certeros para relacionarla con la de Takuma (aunque el accionar fue el mismo), muchos testigos aseguran que el hombre decía frases incoherentes mientras apuñalaba a sus víctimas y que deslizó: “Vine al barrio de Akihabara para matar a gente. Poco importa a quién”.
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