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De la tragedia a la reconstrucción: perdió a sus hijas en un accidente y ahora da un mensaje de esperanza

Por: Sol Quiroga Álvarez
28 de octubre de 2020

Laura Saíz fue la única sobreviviente del accidente en la que fallecieron su marido y sus dos hijas. En "Soy la madre" cuenta el desgarrador camino que transitó para sobreponerse al dolor.

¿Qué pasaría si tu realidad tal como la conoces y la armaste, se termina en un instante? ¿Y si te toca sobrevivir a tus hijos y al amor de toda tu vida? Alguna vez te preguntaste si una persona puede reconstruirse después de una situación extrema y traumática. La escritora Laura Saíz nos cuenta su historia, y cómo pudo continuar su vida conviviendo con el dolor de perder dos hijas y a su marido en un accidente de tránsito en el que la única que salió con vida fue ella. “Soy la madre” es una novela autobiográfica, fuerte y conmovedora, pero también de mucha esperanza y resiliencia.

A Laura, con tan solo 34 años, le tocó vivir una de las cosas más desgarradoras que le puede suceder a una persona, que es afrontar la muerte de dos hijas en un accidente. Sin embargo, al charlar con ella te encontrás con una mujer aguerrida y, a la vez, muy tranquila, con una claridad deslumbrante que decidió contar su historia para ayudar a los lectores a “ajustar el prisma con el que miramos la vida”, sostiene en diálogo con minutouno.com.

En el año 2014, la familia Greco, conformada por Laura, Leandro y sus 3 hijos – Lehuel, de 16 años; Lucila, de 14, y Laurita, de 4-, decidieron mudarse a Venado Tuerto “para vivir en paz”, desde que desembarcaron en esa localidad santafecina sucedió todo lo contario, ella se vio invadida por una incertidumbre constante y quizá algo premonitoria. Sin embargo, esa joven era una compañera y madre de fierro, pilar de ese proyecto de familia.

Un domingo otoñal de ese mismo año, luego de una visita familiar a Buenos Aires y cuando toda la familia regresaba a su hogar por la ruta 8, salvo el hijo mayor que se negó a viajar a pesar del enojo de su madre, un camión se les cruzó y la vida como la habían planeado cambió para siempre.

“Domingo 6 de abril de 2014. Las fuentes policiales informan que el hecho ocurrió esta tarde poco después de las 15 horas. Colisionaron un auto y un camión. Los ocupantes del automóvil debieron ser liberados por personal de bomberos. La única sobreviviente sería la madre. Yo, soy la madre", escribe Laura Saíz para dar el puntapié inicial de su relato.
- ¿Siempre te gustó escribir o apareció luego del accidente como una herramienta terapéutica?

- Escribir fue siempre una herramienta aunque creo que nunca la pensé como escritora, nunca me imaginé publicando un libro. Por supuesto, para llegar a este punto necesite de una profesora, de un taller, leer y escribir mucho, no era solo sentarme con toda la emoción.

En un principio, quería testimonios de personas que hayan atravesado por algo similar, que me cuenten como era su vida y ver como se paraban las mujeres ante la vida luego de perder a un hijo. También quería dar a conocer mi historia porque era una mamá joven (de 34 años) y plena, a la que se le murieron 2 de sus 3 hijos y, además, quedé viuda.

- En el libro son muy impactantes los minutos posteriores al accidente, y a mí me resultó muy sorprendente tu lucidez. ¿De dónde sacaste la fuerza para reaccionar y no atarte al dolor?

- Yo no perdí el conocimiento nunca, sin embargo hay un bache oscuro que no pude reconstruir a pesar de las terapias y de mi intensión. De un momento a otro, estaba en el auto con mis hijas riéndome, por llegar a casa, y de repente todo se puso blando, ruedas, camillas, vidrios; recuerdo que me comunicaron que había tenido un accidente y todo lo que pasó después fue como si yo estuviera observando esa escena desde afuera.

El punto de inflexión fue cuando se me cruzó Lehuel por la cabeza, que estaba yendo para el hospital y el escenario era tremendo. Ahí entendí que todo su mundo se había derrumbado y que la única que seguía en pie era yo; me pareció que era una necesidad suprema que estuviese lo más entera que podía. Era una fuerza interior que me obligaba, aún ante tanta desesperación, estar en calma porque eran minutos muy importantes para ver donde estábamos parados.

- ¿Cómo fue ese primer encuentro con tu hijo?

-Fue tremendo y a la vez el más esperado. El llegó a mi habitación y era una máquina de hablar y todos intentábamos entender las piezas sueltas, porque el estado de shock dura muchos días. Entiendo que en cualquier tipo de desgracia, aún las que tienen cierta probabilidad, el impacto es muy fuerte y te preguntás: "¿Quién tocó este botón y desactivo así nuestra vida?"

Quedé indefensa ante su miedo y su tristeza, luego volvió esa conexión instantánea como la que tenemos desde que el llegó a mi vida. Fue abrazarnos y decir: "Bueno, somos nosotros". También sabíamos que todavía quedaba apoyar a Laurita, que estaba muy grave. Uno fue la muleta del otro, pero siempre tratando de resguardar mi lugar de mamá y él su lugar de hijo.

- Siempre ponés por delante tu rol de madre, de hecho estando muy herida jamás dejaste de cuidar a Laura.

-Ella estaba muy mal y ese lugar no lo podía llenar con mi desesperación, porque ¿qué se iba a llevar de mí? En ese momento, no podía hacer nada más que darle mi amor, mi calor y cantarle para que su viaje sea con paz, su lucha fue muy grande para que encima su madre esté exigiéndole que se quedara, cuando su destino era otro. Esta fuerza probablemente muchos la tenemos y que no conocemos hasta situaciones extremas.

Laura Saiz

- Bueno todo va explicando un poco, cómo fue que elegiste ponerle ese título al libro.

- Si, tiene dos aristas, por un lado elegí ponerle “Soy la madre” porque cuando empecé la investigación para el libro, la oración que más resaltaba en las noticias era: “la única sobreviviente sería la madre” o “la sobreviviente es la madre”, y esa madre soy yo. Todo el libro está atravesado por el rol de la madre que yo desempeñaba: la madre que cuida, protege y sueña con la fiesta de 15 de su hija; y es la misma que después tuvo que sostener al único hijo que quedó con vida y que tiene que le valor de permitirse de ser una madre de ángeles y dejarlas ir.

Mi título oficial es que soy mamá de Lehuel, Lucila y Laurita. Es algo que amo y define aboslutamente este hilo conductor de amor desde que armamos esa familia en 1997, hasta hoy. Ese protagonismo que había en esas crónicas de las noticias, bueno: soy yo.

- Vos remarcás que los escribiste, además, para ayudar a las personas. ¿A quién crees que ayudaría y de qué forma?

Por un lado, en el libro muestro esa dependencia emocional pactada que tenía para con mi pareja, esa desesperación de que estemos juntos y de pensar que mi vida era a su lado. Muchas veces sentí que lo peor que me podía pasar era que me abandonara o que se fuera con otra mujer y no, no fue lo peor que podía pasar. Hay momentos en la vida en los que uno está estancado en algún pensamiento, sin embargo todos tenemos una fuerza interior que desconocemos. En mi caso, creía que sin Leandro me moría, y puede sobrevivir al dolor de su muerte y la de las nenas. Había una gran fuerza dentro de mí para vivir.

Por otro lado, es para hacer hincapié en lo importante que es vivir y disfrutar más. No naturalizar esa frase que dice “vivamos como si no hubiese un mañana”, porque un día pueden pasar cosas que son irreversibles. Siempre pienso qué bueno que viví esos momentos familiares intensamente. A veces hay que ajustar el prisma con el que miramos la vida.

- Hasta llegar a escribir tu novela, ¿estuviste en contacto con muchos padres que pasaron por lo mismo que vos?

- En este camino encontré mamás y papás muy valientes que nos aferramos a la vida, hay que romper esa etiqueta de que se está perdido. Es un proceso y un camino lento que requiere de terapia, contención, convencimiento, y amor, pero hay que buscar vida en lo que se presente, yo siempre digo que encuentro a mis hijas en la primavera, en la música, los mensajes de nuestros familiares y la sonrisa de mi hijo.

Tranquilamente podría agarrar sus peluches y su ropita, y tirarme en la cama a llorar toda la vida, eso para mí algo humillante ante su muerte. Yo tengo la posibilidad de vivir y ellos la perdieron, entonces necesito que esa vida sea digna y valga la pena.

-Vos demostrás que a pesar del difícil momento que viviste, pudiste renacer y desarrollar otros perfiles de vos misma.

-Después de algo así uno se empieza a preguntar cuál es el sentido que tiene la vida, porque se esfumó todo: la familia, los proyectos, los sueños. La vida como yo la entendía se terminó, y en ese momento no sabía qué hacer con todo ese amor, y con esas manos vacía y con una proyección de vida larga porque era joven. Entonces pensé en contar este trabajo que es la resignificación en un libro que no es un manual, no tiene indicaciones. Sólo es mi experiencia, son acciones concretas: estar de pie en un cementerio, maquillarme para mis muertos, de sonreír con la picardía de mirar al cielo y con la intención de demostrar que honro la vida.

A veces este ejercicio hay que hacerlo muchas veces al día porque es un proceso grande y me moriré pensando por qué no están al lado mío, y no hay un día que no esté atravesado por sus ausencias.

- Luego del accidente, Lehuel y vos volvieron a Buenos Aires, te pusiste a estudiar psicología en la UBA. Con el tiempo volviste a estar en pareja, en marzo llegó León a sus vidas. ¿Cómo fue el momento en qué decidiste volver a ser madre?

- Al principio era inimaginable porque para mí era un lugar del que había sido exiliada. Poco a poco se fue generando el vínculo de amor con Martiniano, y sentir ese sostén y esa mano compañera, así que cuando se empezó a barajar ese sueño de tener un hijo, fue fácil entender que podía. Reconstruí mi lugar de madre, me lo permití y fue mágico aún más de lo que esperaba. Me dejé sorprender.

- Y siempre remarcás que León no llegó para reemplazar a nadie.

- Así como, gracias a dios, pude tener la claridad de que Lehuel seguía siendo hijo y yo era su mamá, porque a veces sucede que se recae en eso de que “ahora sos el hombre de la casa”, y esa es una mochila demasiado pesada, suficiente con lo que le tocó. Bueno, lo mismo sucede con León, él sabrá que es mi cuarto hijo, que tiene dos hermanitas en el cielo, y este dolor no le pertenece, es intransferible. Así decidí gestarlo, desde la exclusividad de esta mamá para él.

Tenía que estar entera y completa para maternarlo, no es un suplente, y es una hermosa forma de exigirme a mí, más. Las mañanas suele ser mi momento más difícil porque todas las mañana tengo que entender que las chicas no están, pero ahora tengo una cosita de 68 centímetros que se contornea y ríe, entonces no hay otra manera de encarar el día que no sea sonriendo.

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