Día de la mujer: tiempo de conmemorar, no de festejar

Sociedad

Por Padre Juan Carlos Molina
Columna en el programa Rompiendo Moldes, que se emite por Radio 10 los domingos.

En 1908, 40.000 costureras industriales se declararon en huelga demandando el derecho de unirse a los sindicatos por mejores salarios, una jornada de trabajo menos larga, capacitación y el rechazo al trabajo infantil.

Durante esa huelga, 129 trabajadoras murieron quemadas en un incendio en la fábrica Cotton Textile Factory, en Nueva York. Los dueños de la fábrica habían encerrado a las trabajadoras para forzarlas a permanecer en el trabajo y no unirse a la huelga.

El 8 de marzo, día de la mujer, es día de conmemorar y no de festejar.

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¿Saben que Jesús, el judío, rompió con el antifeminismo de su tradición religiosa y política?

Insisto, tiene esa característica de romper los moldes.

Mirando sus gestos y sus palabras siempre lo encontramos sensible a lo femenino, casi en contraposición a los valores de lo masculino cultural, centrado en la sumisión de la mujer. En ese machismo patriarcal.

Las mujeres en la época de Jesús eran absolutamente menospreciadas, no tenían presencia en la vida social ni religiosa y era un colectivo totalmente marginado. Desde que nacían hasta que morían eran propiedad del varón. Como sigue pasando en muchas culturas hoy.

Ya en el Génesis está esa imagen negativa de la mujer y por eso tiene que ser controlada, porque la mujer es fuente de tentación y pecado (la famosa manzanita).

Se les prohibía estudiar y su lugar estaba en la casa, con el único objetivo de satisfacer sexualmente y dar hijos al varón, y ocuparse de las tareas del hogar.

Si eran estériles podían ser repudiadas.

La mujer era inferior al varón en todo. Eso lo decía el historiador Flavio Josefo, pero también se piensa hoy en muchos de nuestros lugares... Esa fue la sociedad que vivió y respiró Jesús.

Y en el Jesús del Evangelio, el de la Buena Noticia, encontramos, con frescor revolucionario, sensibilidad, capacidad de amar y perdonar, ternura con los niños, con los pobres y compasión con los que sufren; vive rodeado de discípulos, hombres y mujeres. Desde que inicia su caminar de anunciador de buenas noticias y denunciador de lo que estaba mal, las mujeres lo siguen y no para lavar la ropa en el rio o cocinar en los campamentos.

La imagen de Jesús rodeado de mujeres era insólita y sorprendente. Tenía grandes amigas: Marta y María, hermanas de Lázaro; María de Magdala; Salomé, la madre de Santiago y Juan, que se va con ellos...

Jesús va eliminando tabúes y corrigiendo la imagen sobre la mujer. Fue un rompedor.

Una escena que me gusta mucho es la reacción de Jesús ante la hipocresía y la doble moral de castigar más a una mujer que a un hombre ante un mismo hecho.

Sorprendieron a una mujer en adulterio y la Ley de Moisés dice que hay que apedrearla.

«¿Vos qué decís?», le preguntaron a Jesús.

Y dijo:

—«Aquel que esté libre de pecado que tire la primera piedra».

La misma doble moral cuando le dicen a una mujer que cierre las piernas para no quedar embarazada y no al hombre que guarde su pito.

Que tire la primera piedra era atacar la hipocresía machista y quizás los femicidios. No me caben dudas de que Jesús hubiese participado de las marchas de ni una menos.

Valora a la mujer y lo demuestra en las parábolas poniéndolas como ejemplo, no como hacían los rabinos, que solo se dirigían a los hombres.

Incluso, en un momento se deja enseñar por una mujer, que era además pagana. (es como si una mujer le enseñara a un machirulo a manejar, o a jugar a la pelota, más o menos)

Y por esa Utopía que predica, que es el Reino de Dios, que es la liberación de todo tipo de opresión–, rompe varias ataduras que pesaban sobre las mujeres.

Es amigo de las mujeres y come con ellas.

Se deja tocar y ungir los pies por una conocida prostituta, Magdalena (Lc 7,36-50).

Son varias las mujeres que sintieron el cuidado de Jesús: la suegra de Pedro (Lc 4,38-39); la madre del joven de Naín, resucitado por Jesús (Lc 7,11-17); la hijita muerta de Jairo, un jefe de la sinagoga (Mt 9,18-29); la mujer encorvada (Lc 13,10-17); la pagana sirofenicia, cuya hija psíquicamente enferma fue liberada (Mc 7,26); y la mujer que sufría de un flujo de sangre desde hacía doce años (Mt 9,20-22). Todas fueron curadas.

Y En sus parábolas aparecen muchas mujeres, especialmente mujeres pobres, como la que perdió la moneda (Lc 15,8-10), la viuda que echó dos centavos en el cofre del templo y era todo lo que tenía (Mc 12,41-44), la otra viuda, valiente, que se enfrentó al juez (Lc 18,1-8)... Nunca son presentadas como discriminadas, sino con toda su dignidad, a la altura de los varones.

El mensaje y los gestos de Jesús son una ruptura con la época y además mete un nuevo tipo de relación, fundado no en el orden patriarcal de la subordinación, sino en el amor como mutua donación que incluye la igualdad entre el hombre y la mujer.

La mujer irrumpe como persona, hija de Dios, destinataria del sueño de Jesús e invitada a ser, junto con los varones, también discípulas y miembros de un nuevo tipo de humanidad.

Y en veinte siglos de Iglesia no sólo no supimos trasmitir la actitud de Jesús ante la mujer, sino que tampoco lo hicimos dentro de la propia Iglesia. La Iglesia católica es mayoritariamente femenina en sus cuadros; la componen un 61% de mujeres, organizadas en distintas órdenes religiosas, frente a un 39% de hombres, entre sacerdotes, obispos, religiosos y diáconos. Pese a eso, el gobierno eclesial, la toma de decisiones, y la visibilidad de la institución están casi exclusivamente en manos de varones y no justamente por imperativo evangélico sino cuando se convirtió en una institución de poder religioso y social, dejando de ser un movimiento mesiánico de liberación.

Nuestra discriminación hace tanto daño... Algún día, no muy lejano, los jerarcas de nuestra Iglesia tendrán que pedir perdón por esto.

Como una enfermedad silenciosa que recorre la sociedad argentina, la violencia machista se sigue ocultando en el lenguaje, en pequeños gestos, en lugares comunes que se repiten en hogares, escuelas, oficinas y medios de comunicación. Debieron pasar años y muertes para que la tele, los diarios y la radio no llamaran "crimen pasional" a ese que encuentra a la mujer como víctima y al hombre como victimario. Son femicidios. Y aún así, en lo que llevamos del 2021 tenemos 40 femicidios. Algo sigue estando mal.

El lugar de la mujer es en la resistencia. Cómo fue y es la resistencia de las mujeres de pañuelos blancos. El feminismo tiene pañuelo blanco.

La resistencia a la discriminación por ser negra, pobre, puta, india, travesti, presa política, bolita o paragua; la resistencia al feminicidio y a la trata, la resistencia a la violencia doméstica, la resistencia al acoso y al abuso sexual.

Porque la igualdad de género no es una cuestión de un día, ni de un mes, debe ser un compromiso ineludible de todos, todas y todes y porque el 8 de marzo debe consolidar lo alcanzado para poder seguir andando caminos de igualdad entre todos y todas.

Un antiguo dicho de la teología afirma «todo aquello que no es asumido por Jesucristo no está redimido». Si la sexualidad no hubiese sido asumida por Jesús, no habría sido redimida. La dimensión sexuada de Jesús no quita nada de su dimensión divina. Más bien, la hace concreta e histórica. Es su lado profundamente humano.

Y por favor, dejemos de desearle un feliz día a las mujeres. Este día jamás podrá ser feliz mientras continúen los femicidios, las brechas salariales con motivo del género, las injusticias, los secuestros y ventas de mujeres, los abusos, la discriminación en la conducción y la opresión.

Empoderarlas, de eso se trata.

Eso hizo Jesús.