El frío expone la crisis: crece la cantidad de personas en situación de calle y los refugios desbordan

Sociedad

En un centro de Parque Patricios más de 100 personas buscan resguardo ante la baja temperatura de estos días.

Las bajas temperaturas vuelven a poner en primer plano una problemática que no deja de crecer: la cantidad de personas que viven en la calle. En la Ciudad de Buenos Aires, la intemperie y el frío agravan una realidad ya marcada por la precariedad. En el centro de integración ubicado en Monteagudo 435, en el barrio de Parque Patricios, más de un centenar de personas encuentra cada noche un espacio de contención frente a un escenario cada vez más adverso.

En ese lugar, donde se ofrecen comidas calientes y un techo provisorio, las historias personales reflejan una constante: la dificultad de acceder y sostener una vivienda en medio de una crisis económica persistente. Un informe difundido por el Ministerio de Capital Humano señala que unas 9.470 personas están en situación de calle en todo el país. Sin embargo, organizaciones sociales como Proyecto 7 advierten que solo en la Ciudad esa cifra ya superaría las 10 mil.

Además, el mismo relevamiento oficial indica que el 60% de quienes hoy no tienen techo cayó en esa situación en los últimos dos años, lo que evidencia un crecimiento acelerado del problema.

Embed - Cada vez MÁS GENTE en SITUACIÓN DE CALLE

En los últimos dos años hay el doble de personas que antes viviendo en la calle. Hay familias enteras, con chicos. El alquiler es imposible: una habitación cuesta 500 mil pesos. ¿Cómo hace alguien que gana 600 mil?”, plantea Carlos en diálogo con C5N, encargado del centro, donde a diario se garantiza desayuno y un plato de comida caliente.

Las trayectorias de vida de quienes pasan por allí exponen el costado más duro de la crisis. Manuel, por ejemplo, lleva 15 años viviendo en la calle. Supo tener un negocio como anticuario y una economía estable, hasta que todo se derrumbó tras la crisis de 2001. “Me quedé sin plata, sin negocio. Lo poco que tenía lo vendí para sobrevivir. Desde entonces no pude remontar”, relata.

A su lado, Mario compara el presente con aquel momento histórico y no oculta su frustración: “Ahora es peor que en 2001. Sentís que no les importa nada. Nosotros queremos salir, pero cada tres meses te aumentan el alquiler. Es imposible”.

Sergio también arrastra más de una década sin vivienda. Tras perder su trabajo en un puesto de condimentos, no pudo seguir pagando el alquiler y terminó en la calle. “Está durísima la situación. No se puede vivir. Todo es caro. Hay mucha gente en la misma, y encima son maltratados”, dice. Luego, con la voz quebrada, agrega: “Nos peleamos y no los vi más”, en referencia a sus hijos, de quienes se distanció con el tiempo.

En cada relato se repite el mismo patrón: empleos que ya no alcanzan, costos habitacionales inaccesibles, vínculos que se deterioran y una red de contención insuficiente. En este contexto, el refugio de Monteagudo se vuelve mucho más que un espacio de asistencia: representa una última línea de defensa frente a una realidad que no solo golpea por el clima, sino también por la exclusión social.

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