El Maldonado: de rebeldes y pumas al Metrobús
Su historia habla de la creación de Buenos Aires. Ahora entubado, fue uno de los primeros límites que tuvo la ciudad.
Por Télam
Y correcto fue llamar Juan B. Justo a esta avenida en honor al dirigente socialista que curó las heridas de los rebeldes de la Revolución del Parque en 1890, fundó la cooperativa El Hogar Obrero, tradujo El Capital de Carl Marx y fue reconocido por sus vecinos.
Pero cuando llovía mucho seguían las inundaciones y todavía hay viejos que cuentan que de niños en verano, con los aguaceros, les sacaban a sus madres latones de lavar la ropa, los tiraban al agua que corría por las calles, se subían a esos pequeños barcos y derivaban cuadras y cuadras como divertimento.
El Club Atlético Vélez Sarsfield, ante una quiebra, tuvo que vender su cancha de Villa Luro y aprovechar la compra de un terreno fangoso casi al llegar a Liniers, para que José Amalfitani, a pulso, construyera el nuevo Fortín, cuando la tierra se quedó sin el agua que la inundaba.
Los geólogos discuten si es un río o un arroyo este curso que nace en San Justo y, en sus 20 kilómetros de largo, pasa por el partido de Tres de Febrero y cruza la ciudad de Buenos Aires hasta el Río de la Plata.
Todavía hoy se anega con lluvias de más de 30 milímetros y seguirá haciéndolo ahora, al parecer, ayudado por el cambio climático.
Arriba, la avenida que tuvo tranvías y trolebuses, se caracterizaba por su plazoleta central, sus dos carriles centrales asfaltados, interrumpidos por los respiraderos del túnel, con otros dos externos, siempre empedrados, por donde era más incómodo circular con coches.
A la vera de la avenida Juan B. Justo, cerca de la estación Palermo del ferrocarril San Martín, estaban los depósitos de vino común que venía de Cuyo para ser fraccionado en Buenos Aires y un puente con curva y contracurva sobre la avenida Córdoba, todo un despropósito.
También tiene una extensión de la venta de repuestos y talleres de la avenida Warnes, los corralones de La Paternal, las mueblerías de Flores y los gitanos que en lugar de caballos venden coches en Floresta.
Si bien parece interminable, sus curvas, las del río, le dan un toque particular por lo que más de un automovilista noctámbulo zafó de dormirse al volver a casa de madrugada. Ahora, con 42 paradores en el medio de la calzada, ese recorrido se convirtió en una carrera con obstáculos.
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