Estar de vuelta: reorientación vocacional para adultos

Sociedad

Nada es igual que a los 18. Pasados los 30, elegir el rumbo vocacional ya está exento de presiones paternas, expectativas (e idilios) adolescentes, y cuenta con algunas cachetadas más que dio la vida. Sin embargo, y pese a no estar mareado entre la resaca barilochense y las canoplas escolares, tomar la decisión no es menos difícil.

En el imaginario popular, la orientación vocacional suele estar ligada a visitas a un psicólogo que luego de hacer un test mágicamente te “devela” tu futuro. Así, supuestamente, con esa recetita uno va a la facultad y, siempre según supuestos, sale cual línea de montaje con un título bajo el brazo. Claro está que la situación ha variado con los años, y así lo explica la psicóloga Marta Gfell que dicta charlas gratuitas sobre reorientación vocacional para adultos en la Asociación Psicoanalítica Argentina.


 


Para los especialistas, vivir en mundo globalizado, con una mayor expectativa de vida, con desempleo y necesidad de capacitación continua, la reorientación para adultos ayuda a aquellos que por diversos motivos quieren o necesitan elegir otro estudio o trabajo.  Así, a lo largo de un proceso de entrevistas, se van definiendo intereses, capacidades y limitaciones, temores y conflictos, brindando asimismo información, para facilitar la elección.  


 


"El adulto no es tan omnipotente, y a los golpes aprendió que no se puede hacer todo"    

“Ahora todo cambió, hacemos lo que se llama una sociedad clínica a través de un proceso de entrevistas con el paciente, en dos partes: el conocimiento de sí mismo y el mundo externo y las posibilidades que le brinda.” Así, se trata de hacer una radiografía del paciente entre las 8 y 10 entrevistas que dura la orientación, “aunque siempre hay una puerta abierta por las piedritas que puedan aparecer por el camino”, aclara la psicóloga.

Por esto, mientras el adolescente cuenta con un mundo por delante el adulto suele enfrentar otros límites como no tener tiempo, hijos que atender, o estar el desempleado y sin ahorros lo cual, sin dudas, va a ponerle un techo al vuelo vocacional. 

La cabeza en las nubes y los problemas en la tierra

Susana tiene 47 años, 3 hijos en diferentes niveles escolares y atraviesa una crisis matrimonial. Sin embargo, y lejos de deprimirse, buscó ayuda psicológica para reiniciar su vida laboral e incrementar los pocos ingresos que percibe por su desempeño como maestra jardinera. Claro que sus deseos de volar se trucan ante varias dificultades. Entonces, ¿cómo adaptar lo que se quiere y lo que se puede?

“Cuando hay una necesidad, no se puede elegir. Sin embargo, se pueden volcar las ansias de hacer algo a través de un hobby y no para percibir ingresos a través de eso”, sugiere Gfell entendiendo que hay que compatibilizar el interés con las variables en juego y sabiendo que en cada elección hay se gana y se resigna.

Así, a diferencia de lo que sucede en un joven “el adulto no es tan omnipotente, y a los golpes aprendió que no se puede hacer todo”.

También están quienes a cierta edad  evalúan otras posibilidades como emigrar del país o buscar otra variante dentro de su misma profesión. Laura G., es una de las tantas profesionales que se cansó de lo que hacía. A los 40 años, casada y con dos hijos,  esta abogada se cansó del desgaste del mundo judicial y emprendió su búsqueda detonada por la enfermedad de su madre. Finalmente, y luego de una consulta, derivó sus conocimientos legales lejos del la corte y dentro del área jurídica se decidió por una veta más soft como la asesoría a empresas.

Los especialistas no se cansan de aclarar que no hay fórmulas ni test mágicos y que en este tipo de sesiones es el orientado el que tiene la batuta. “Lo que hace el especialista es detectar si anteriormente estudió (o no lo hizo) por gusto o por presión y busca los factores que pueden estar obstaculizando el proceso de elección en la vida adulta”, sostuvo Gfell.


 

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