Un tal González

Sociedad

El sociólogo falleció este martes a los 77 años, como consecuencia de una infección intrahospitalaria, después de haber superado un cuadro de Covid. Aquí una tímida despedida a un gran hombre.

Horacio era un hombre simple. Me quedó claro desde la primera vez que lo vi, me llevaron hasta su despacho y cuando abrieron la puerta estaba de espaldas, mirando por la ventana abrazado a un termo y un mate. Debía dar su visto bueno para que me presten un pequeño gabinete de investigación de la sala de lectura de la Biblioteca Nacional durante las semanas de verano en la que permanece cerrada y se hace el pulido y encerado de los pisos color borravino. La gestión ya estaba casi cerrada de antemano por terceros, sin embargo yo estaba nerviosa. Sus asistentes le explicaron que iba a usar el espacio para terminar de digitalizar y ordenar los archivos personales de Laura Bonaparte, el material iba a servir para un documental que su nieta estaba filmando sobre su vida y sus memorias, memorias que Laura, que aún estaba viva, iba perdiendo producto del avance de su vejez y quizá de una licencia que logró tomarse para alejarse del peso y el dolor que sufrió durante su vida; los militares le mataron a tres de sus cuatro hijos y al padre de todos ellos.

Horacio no supo nunca que ese verano para mí fue inolvidable. Hasta el momento mis trabajos habían sido todos bastante horribles, era la primera vez que tenía el lugar y el tiempo para hacer algo que me parecía importante. Durante varias semanas estuve prácticamente sola metida en una oficina vidriada de metro y medio por metro y medio dentro de ese salón inmenso. A veces, mientras escaneaba decenas de cartas y pedidos de habeas corpus que había presentado Laura, el silencio se quebraba por el ruido de las aspiradoras. Cada día que pasaba los pisos brillaban más y la sala que parece flotar sobre el luminoso Río de la Plata también se espejaba en el interior.

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Ayer, tras la noticia de su fallecimiento, en el chat de la facultad alguien recordó una historia quizá levente narrativizada por el derrotero del boca en boca. Aparentemente, en 2001 Horacio fue a cacerolear a San Telmo, Liliana no estaba. A la vuelta la hizo enojar porque se había llevado un cucharón japonés o chino que era un souvenir de viaje para blandir la sartén. No sabemos si la anécdota es cierta pero suena verosímil porque para sus alumnos y aún para quienes no estuvimos en sus aulas pero igual nos sentimos un poco sus alumnos porque algo iluminó en nosotros, Horacio era de esas personas que a todos les resultan un poco familiares, un tipo inteligente pero dueño de una soltura y algunas torpezas que lo hacían entrañable. Fue generoso y abierto como sus cartas, siempre dijo lo que pensaba aún a costa de muchas críticas y también autocríticas. Un hombre libre, de apellido corriente pero con una impronta única.

Lo vi algunas veces más aunque nunca le agradecí, seguramente por vergüenza, el lugar que me cedió para trabajar aquella vez. Hace poco, en agosto del 2020, le dijo a Página 12 que la pandemia de coronavirus “es una irrupción que cambia las relaciones dadas, clásicas, históricas entre la naturaleza y la acción humana. No sería en primer lugar una cuestión científico-médica, aunque cuando lo es adquiere una importancia fundamental. Es una cuestión existencial”. Horacio se fue en una bisagra de la historia y su partida nos deja con más preguntas que respuestas, seguramente eso lo tendría contento porque siempre fue un persona simple afecta a hacer y hacerse las preguntas más complejas.

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