#FilosofíaAplicada Temporal, inundación y la casa de chocolate

Sociedad

Gran parte de nuestro país se vio azotada por intensas e inesperadas lluvias generando, una vez más, pérdidas y destrucción. Ahora bien, entre acusaciones cruzadas sobre quiénes han sido los responsables de tanto daño y si se debe señalar al cambio climático como único causante de las inundaciones, se vuelve perentorio llevar adelante una reflexión al respecto de nuestra propia responsabilidad frente a las agresiones que perpetramos a nuestro medio ambiente.

Alguna vez dijo Cornelius Castoriadis: parecemos niños que, viviendo en una casa de chocolate, comenzamos a comernos sus paredes sin tener en consideración que su techo caerá sobre nuestras cabezas. Tan clara es esta imagen que poco más podría agregársele para explicar qué quiso denunciar este pensador. ¿Es que no nos damos cuenta que nuestro ritmo mundial de vida nos está llevando poco a poco a la autodestrucción? El cambio climático, que comenzó por ser una predicción, día a día se va confirmando como una realidad, realidad ante la cual nos quedamos paralizados y, tristemente, sufriendo sus consecuencias.

Pareciera que ninguna alarma ni ninguna catástrofe es capaz de despertarnos de nuestro sueño consumista

Largos períodos de sequía, lluvias que traspasan cualquier número esperado, inundaciones atroces y un sinfín de fenómenos meteorológicos por fuera de la norma se repiten año tras año en nuestro país, tanto así que ya se alejan del término "anomalía" para pasar a ser circunstancias incluso "esperables". Pero más allá de esto, ¿se debe sólo recaer en el señalamiento de que es el clima quien atenta contra nuestra especie? ¿O acaso nuestra labor humana en el mundo a lo largo de la historia reciente ha tenido algo que ver?

Emanar cantidades ingentes de dióxido de carbono a la atmósfera, hacer desaparecer bosques nativos y disponer a la tierra para que sea llana disminuyendo su capacidad de absorción, o directamente impermeabilizándola con cemento, colabora en gran medida con las inundaciones y esto va más allá de un caño más o un caño menos. Tiene que ver sin lugar a dudas con una cuestión ideológica subyacente en donde el mundo no es visto más que como una enorme despensa de la cual extraemos todo lo que necesitamos para mantener nuestro voraz nivel de vida, transformando al ambiente en, precisamente, un "medio" pero para nuestra satisfacción más que para nuestra subsistencia.

No obstante, pareciera que ninguna alarma ni ninguna catástrofe es capaz de despertarnos de nuestro sueño consumista. ¿Cuántos estudios científicos han demostrado la urgente necesidad de reducir la depredación de los recursos naturales? ¿Cuántas voces se han levantado en contra de la eterna contaminación? ¿Qué ha cambiado al respecto? ¿Por qué nos importan más los planes económicos que los planes ecológicos? Quizás el problema sea que deseamos que el cambio sea sutil, confortable y que no afecte nuestro modo de vida. Deseamos ingenuamente que el mundo siga produciendo a niveles pantagruélicos pero que, cuasi mágicamente, se cuide la naturaleza y no se agoten los recursos. ¿Cómo podría darse esto?

Imaginemos que un país decide que no quiere aumentar año tras año su industria ¿no pensaríamos que es un retroceso inadmisible?

Tal vez lo que no nos damos cuenta es que toda esta cuestión se empieza desde las bases; si no modificamos nuestras conductas consumistas, nada cambiará hacia arriba, porque se seguirá destruyendo el ambiente en función de satisfacer nuestros requerimientos progresivamente más grandes. Es en este contexto que se enclava una perspectiva filosófica y económica que se llama "decrecimiento". Nacida principalmente en Francia y teniendo como uno de sus mayores referentes a Serge Latouche, lo que propone este movimiento, a contramano del resto de la sociedad, es que no hay que buscar crecer constantemente ni desarrollarse hasta el infinito; por el contrario, lo que se debería ponderar es decrecer, bajar el consumo y la producción, a fin de respetar la capacidad real de nuestros recursos y, también, colaborar con el cultivo de otras esferas humanas más que la de vivir para trabajar y comprar.

Desde ya que esta idea tiene y tendrá sus detractores porque ¿no generaría una crisis abismal dejar de crecer? Imaginemos que un país decide que no quiere aumentar año tras año su industria ¿no pensaríamos que es un retroceso inadmisible? Aumentaría el desempleo y, posiblemente, la economía de ese país se hundiría en los abismos arrastrando a gran parte de la población con ella.

Entonces, ¿sólo nos queda seguir comiéndonos el planeta a la espera de que este desaparezca, augurándonos una muerte lenta pero "feliz"? Tal vez de lo que se trate es de ampliar la mirada y entender que todos somos responsables, aún en nuestras más mínimas conductas, y que si buscamos retraer nuestros consumos espurios no estamos atentando contra nadie si no que, por el contrario, estamos colaborando a que nuestra especie pueda sobrevivir por un tiempo más sobre la faz de la Tierra.

Temas

Dejá tu comentario