La venta callejera mueve millones en el país

Sociedad

*Detrás del pancho o el helado, antes estaba el vendedor. Hoy, hay grupos organizado que tienen la complicidad policial.
*El vacío legal que existe fomenta la "mafia ambulante".

La instalación de un puestito de ojotas puede parecer improvisada; sin embargo, detrás del vendedor que da la cara hay verdaderas organizaciones que hacen excelentes negocios: de hecho, la Cámara Argentina de Comercio realizó un relevamiento a fines de 2006 y llegó a la conclusión de que cada puesto de venta ambulante recauda unos 72 mil pesos por año.

Las estaciones terminales de trenes y ómnibus concentran los puestos de venta callejera que, además, se distribuyen en el 50 por ciento de las principales arterias comerciales de Buenos Aires. En toda la Ciudad habría unos 1200 puestos cuya recaudación total rondaría los 800 millones de pesos, según datos presentados en el último informe de la Cámara Argentina de la Mediana Empresa, de fines de 2005.

Según un informe del diario Perfil, solamente la venta de alimentos y bebidas está legislada –ley 1.166-. Más allá de esos productos, existe un vacío legal que abre paso a las mafias, que son “dueñas” de varios puestos, son amigas de la comisaría local y se manejan por celular con los vendedores, a quienes les pagan un sueldo promedio de 10 pesos por 12 horas de trabajo en negro.

En toda la Ciudad habría unos 1200 puestos cuya recaudación total rondaría los 800 millones de pesos.    

A mediados de 2006 cayó una organización que manejaba cerca de 100 vendedores sólo en la estación de Once y que llevaba las ventas de panchos, garrapiñadas, heladas y gaseosas hasta las canchas de fútbol. Se trataba de un grupo de 10 empresarios que tenía locales y depósitos propios en la zona y que, según algunos vendedores, les retenía los DNI para poder trabajar.

Rodrigo Pérez Graziano, economista y jefe de la Cámara Argentina de Comercio, explica que estas organizaciones no son manejadas por gente marginal, sino por grupos económicos poderosos. Sin embargo, Rubén Cáceres,  de la Asociación de Vendedores Independientes de la Vía Pública de Argentina (Avivpra), asegura que “nadie puede probar que existen mafias” y dice que si tuvieran conocimiento de una situación semejante ya la habrían denunciado.

Por su parte, Oscar Silva, del Sindicato de Vendedores Ambulantes de la República Argentina (Sivara), dice que la mayoría son “empresarios fantasma” que bajan la mercadería desde una camioneta y desaparecen.

Lo cierto es que los intereses de unos y otros se confunden en la misma medida que lo hacen los relojes despertadores, los anteojos de sol, las ojotas, la ropa interior y los porta-celulares en los tablones de los vendedores callejeros, que a veces se las arreglan sólo con una lonita en el piso.

Solamente la venta de alimentos y bebidas está legislada –ley 1.166-. Más allá de esos productos, existe un vacío legal que abre paso a las mafias.    

Para los vendedores, por lo general, ésta es la única alternativa de trabajo, por lo que se someten a la explotación y a las jornadas interminables por una paga irrisoria.

Para los “mafiosos”, los puestos suponen una fuente de ingresos que mueve muchísimo dinero a muy bajo costo.

Para los dueños de locales, la venta callejera representa una competencia desleal porque ofrece el mismo producto que ellos pero con costo cero, dado que no tienen que destinar parte de los ingresos a habilitación, impuestos, empleados en blanco, tasas del IVA, ganancias e ingresos brutos.

Desde Avivpra, sin embargo, hacen hincapié en otros aspectos: “Parece que existen dos sociedades, una de primera y otra de segunda. Desde las cámaras de comercio nos critican el uso de la vía pública,  pero nadie dice nada de la invasión de mesas y sillas en las veredas desde que se prohibió fumar en los bares”.

Margarita, que tiene 57 años y hace 17 que se dedica a la venta ambulante, dice: “Como no hay trabajo, para muchos a única alternativa es vender en la calle. Pero hay quienes se aprovechan de eso y arman una empresa, les pagan  una miseria a los vendedores y los explotan. Si existieran permisos de venta individuales y controlados, esto no pasaría. Pero las cosas no se arreglan porque a los vendedores nos usan para tapar negociados más grandes. Al final siempre perdemos nosotros”, resume, ilustrando un círculo vicioso del que se hace difícil salir.

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