Malvinas secreta: intrigas de una cobertura de guerra particular
*Un periodista de Télam cuenta cómo era la situación de los medios de comunicación que estaban instalados en las Islas durante la guerra.
*Cómo se custodiaba el receptor de la agencia Télam y hasta dónde llegaba la prohibición de dar a conocer bajas argentinas.
También estaban, aunque formando rancho aparte y alojados en el hotel Upland Goose, los tres integrantes del equipo de ATC, Nicolás Kasanszew (cronista), Alfredo Triky Lamela (camarógrafo, ya fallecido) y Marcos Novo (asistente de cámara). Ellos emprendieron la retirada un día antes de la rendición.
Hay que decir que, por orden del Gobierno Militar, ATC y Télam, del Estado, eran los únicos medios autorizados para instalarse en las Islas. Los medios privados argentinos y los extranjeros lo tuvieron estrictamente prohibido. Sus enviados viajaron esporádicamente a Puerto Argentino acompañando al Presidente Galtieri y a alguno de los Comandantes en Jefe, pero se volvían el mismo día.
Pero todo terminó el día 28 de abril, cuando la Task Force británica dispuso el bloqueo total del Archipiélago. La censura, en los días previos al comienzo de la guerra (1° de mayo), era de manual. No podíamos mencionar a las unidades desplegadas en las Islas ni dar su ubicación; no debíamos brindar cifras de nada. Ningún dato que pudiera dar idea de la magnitud de recursos empleados, vehículos, etc. Después supimos que eso es lo habitual en todas las guerras.
La cuestión se puso peliaguda cuando comenzaron la guerra, las “operaciones” en la jerga militar. A partir de las 4.40 del 1° de mayo el receptor de radio de Télam central -transmitíamos por medio de un transistor de banda lateral única (BLU)- estuvo custodiado las 24 horas por efectivos del Batallón 601 de Inteligencia de Ejército, que grababan todo el tráfico y lo llevaban periódicamente al Estado Mayor Conjunto.
A partir de ese momento nos informaron que la agencia no mandaría al servicio cable alguno que tuviera bajas propias, ni ningún hecho bélico donde el desempeño de los nuestros no hubiera sido lo necesariamente brillante y victorioso. En una palabra, no publicarían ya noticias originadas en las Islas. La guerra, con muy pocas excepciones, fue una sucesión de derrotas de las armas argentinas. Impublicable.
Pero, eso sí, nosotros deberíamos enviarlas lo mismo, para “consumo interno”, esto es, para el Estado Mayor Conjunto, que luego iría soltando datos con cuentagotas en sus herméticos y numerados comunicados, o deslizándolos al oído de los editores “amigos” de los diarios y revistas de alcance nacional.
Estoy convencido, 25 años después de aquel gran engaño, de que fue en esa complicidad entre militares y editores que se fraguó el montaje del “Estamos ganando” y del “Hundimos al Invencible”. Ambos habían hecho sus primeras armas en los años de la represión. Siempre lo supieron todo, pero nunca dijeron nada.
Un ejemplo entre cientos: el teniente Daniel Jukic, de la Fuerza Aérea, se había hecho amigo de Télam y venía siempre a la corresponsalía a hablar por radio con su novia, con la que planeaba casarse en su Bariloche natal. El 1° de mayo murió bajo la metralla de los bombardeos a baja altura que sufrió la pista de césped de Darwin, cuando se preparaba para despegar con su Pucará.
No menos impactante fue para nosotros la pelea radial que se generó entre una patota de Inteligencia militar que irrumpió en nuestra casa allá por el 20 de mayo a secuestrar nuestro aparato de radio por orden del gobernador militar, Mario Benjamín Menéndez, que se había fastidiado porque transmitíamos sin que su gente leyera previamente el material.
Mientras los locales desconectaban el cablerío, los de Inteligencia de Télam central gritaban: “¡La radio se queda donde está, es orden del general Galtieri!” “¡Dígale al general que la venga a buscar él”, fue la seca respuesta del oficial de Menéndez. Y así se llevaron nuestro BLU.
Pero los recuerdos se disparan y casi me olvido del periodista uruguayo. Nadie supo bien cómo ni de donde apareció Fernando Mier Silva, quien aseguraba ser oriental, de Pocitos, y trabajar para una cadena de radios del vecino país. Afable y entrador, cebaba interminables tenidas de mate y siempre sabía más de lo que decía.
Hasta que cayó su careta. Fue el 7 de junio, Día del Periodista, cuando García Malod salía al aire por la radio recientemente devuelta con una emisora uruguaya. “Y queremos decirles, hermanos uruguayos, que aquí está con nosotros un…” Nunca terminó la frase, Mier Silva arrancó los cables y admitió con una sonrisa nerviosa: “No soy uruguayo, no soy periodista, soy de inteligencia militar y estoy acá para vigilarlos a ustedes”.
A fines de 1983, en la Avenida de Mayo, frente al Cabildo, volví a verlo. Se había dejado crecer la barba y avanzaba al frente de una columna de Madres de Plaza de Mayo que marchaba a la Casa de Gobierno. Eran los últimos días del gobierno militar.
Encogiéndose de hombros y con una mirada cómplice se llevó un dedo a los labios implorando silencio. Debió haber sido en noviembre o en diciembre, porque hacía mucho calor.
Nota: El autor es periodista, cubrió la guerra en las Islas para Télam, desde el 25 de abril hasta el 15 de junio de 1982. Es hijo de periodista y uno de sus hermanos, Julio, está desaparecido desde 1978.
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