¿Quién cree que los patovicas abandonarán la violencia por estudiar Derechos Humanos?
Muchas cabezas rotas, mucha sangre derramada en la noche y algunos adolescentes muertos ameritaban hace tiempo que la clase dirigente se ocupara de poner algún tipo de coto al salvajismo de los patovicas en los boliches bailables.
Si el tema no ingresaba en la agenda legislativa, fue por la estrecha relación existente en muchos puntos del conurbano y del interior entre los dueños de esos locales y la clase dirigente. El “caso Porretti” fue solo un ejemplo de un ítem conocido: Cuando se le paga al poder político por cualquier servicio irregular, ese soborno incluye protección contra toda medida que afecte la economía de los boliches.
A “La Casona” de Lanús, un bailable en el cual la custodia del lugar asesinó al joven Martín Castellucci en diciembre del 2006, se le atribuyeron acuerdos muy estrechos con el ex intendente de ese partido, Manuel Quindimil, que nunca fueron negados por los acusados.
Un registro único y público de los custodios de las discos, la imposibilidad de acceder a esa profesión a quien tenga antecedentes penales, la prohibición de ejercerla a personas que trabajen en fuerzas de seguridad son medidas plausibles para poner un orden a la actividad, pero hay algunas cuestiones en la ley que inducen a dudar de las bondades que los legisladores quieren atribuirle.
El poder político viene usando en la Argentina la cuestión de los derechos humanos como si fuera una varita mágica que pone en caja la patología violenta de las personas. La carrera que se dispone crear para quienes deseen ejercer la seguridad en las discos, tiene como asignatura central el estudio de los derechos humanos. Si aún en la Universidad de Buenos Aires se encuentra en discusión cómo se debe implementar dicha cátedra, nadie explicó todavía qué deberán estudiar los patovicas en las aulas donde cursarán entre 3 y 5 años antes de obtener un título. Y nadie dijo tampoco qué pasará en los boliches hasta que egresen los especialistas en seguridad nocturna.
Suponer que una personalidad violenta se convierta en un pacifista solo por aprender una materia universitaria, o por conocer vida y obras de grandes hombres como Mahatma Ghandi o Martín Luther King, es una falacia absoluta que lo único que hace es arrojar el problema actual hacia delante. Y lo que está en juego no es poca cosa: Es la integridad física de los adolescentes que aún pueden caer en manos de esas hordas salvajes que tanto daño han hecho en los últimos tiempos en ámbitos nocturnos.
Un caso clarificador es el de los hermanos Alan y William Schlenker, procesados y con prisión por la muerte de Gonzalo Acro. Además de la jefatura de “Los Borrachos del Tablón” ejercían funciones de seguridad en los recitales que se realizaban en River Plate. Ambos hermanos, como muchos otros violentos que pululan en el fútbol, no provienen del ámbito de la marginalidad sino todo lo contrario. Buenos estudiantes universitarios, criados en hogares que no han padecido problemas económicos, con profesiones bien remuneradas... y sin embargo hacen de la violencia un medio que les satisface los mas bajos instintos.
Los patovicas tampoco son marginales. Pero si degradan su propia biología consumiendo anabólicos y esteroides para obtener un desarrollo muscular desorbitado, ¿se les puede pedir que respeten la integridad física de los adolescentes en vez de golpearlos brutalmente como viene ocurriendo?
Estos hombres pueden cursar la materia Derechos Humanos y obtener los mejores promedios, pero esa condición no corrige la patología de quien se satisface castigando a sus semejantes.
Otra de las condiciones para acceder a la seguridad de las discos será obtener un certificado de actitud psicofísica. La misma condición que exige el Registro Nacional de Armas (RENAR) para quien pretende ser tenedor legítimo de armas de guerra. Dicho documento que tiene que firmar un médico y un psicólogo creó un mercado ilegal de ofertas de certificados que se obtienen por cifras módicas.
Sólo una batería de test puede determinar si un postulante es apto para trabajar en la seguridad nocturna sin que su profesión se convierta en un riesgo para los concurrentes a un boliche. El dichoso certificado se compra por cien pesos en el mercado persa de un país que se caracteriza por ser el imperio de las cosas truchas.
Y una última pregunta. Si recién en tres años habrá patovicas universitarios: ¿Quién ejercerá la custodia de las discos durante estos 36 meses en que aparecerá la primera camada de egresados?
Muchas preguntas sin respuestas, y muchas respuestas inaplicables cuando lo que está en juego es la vida de los pibes que solo quieren divertirse.
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