Semilla del mal: ¿qué hace que una persona se vuelva cruel?
- ¿Cómo es posible que personas "normales", mentalmente sanas e inteligentes, se conviertan súbitamente en perpetradores del mal?
- Los psicólogos se vienen planteado estos interrogantes desde hace años y ahora encontraron algunas respuestas.
Hace pocos días nos enteramos de la brutal golpiza que recibió un jovencito de trece años en un emblemático colegio industrial de la Ciudad de Buenos Aires. Según el testimonio de la propia víctima, más de veinte compañeros del mismo año le dieron una terrible paliza por el solo hecho de divertirse. Los pocos que se abstuvieron de golpearlo, disfrutaban entre risas, filmando o fotografiando con sus celulares.
No sorprende que un par de cabecillas inicie una agresión de esta naturaleza y menos aún en los tiempos violentos que corren. Pero sí llama la atención cómo es posible que un grupo numeroso y ajeno a la situación pueda participar —activa o pasivamente— de semejante infamia. ¿Cuál es el rol que juega un líder en estas situaciones y que tan obedientes pueden ser sus seguidores?
Inquietudes similares tuvieron algunos investigadores que trataron de indagar acerca de estas conductas y cómo la gente —que en apariencia es buena— se convierte en un demonio. Dos investigaciones polémicas marcaron un hito en la historia de la psicología moderna. Descubrieron, entre otras cosas, que determinadas circunstancias transforman a las personas en monstruos sádicos e insensibles y carentes de todo sentimiento de justicia.
El trabajo pionero de Stanley Milgram en la Universidad de Yale, fue el que —en 1963— liberó los primeros demonios humanos en una insólita experiencia sobre obediencia a la autoridad en una situación ficticia de relación maestro-alumno.
La tarea de los voluntarios consistía en provocar descargas eléctricas a otro participante de acuerdo a los errores que cometía este último en respuesta a una serie de palabras que debía memorizar. Los sujetos desconocían que las descargas eléctricas eran falsas y que la eventual víctima era un actor cómplice del experimentador.
Durante los ensayos cada “maestro” sabía exactamente el voltaje (de 15 a 450 voltios) que, supuestamente, estaba proporcionando al “aprendiz”. Por su parte, el experimentador los estimulaba para que incrementaran el nivel de voltaje en forma escalonada tras cada error sucesivo.
Los resultados fueron escalofriantes y prevaleció el castigo indiscriminado. El 65 por ciento de los "maestros" administraron el voltaje límite de 450 voltios. Ninguno se detuvo en el nivel de 300 voltios, límite en el que el “alumno” supuestamente dejaría de dar señales de vida. Ningún participante había revelado previamente un grado de sadismo tal que permitiera predecir estas reacciones. Este experimento fue repetido —por otros psicólogos y con leves variantes— en otras partes del mundo y con resultados similares.
El experimento de la Universidad de Stanford
El psicólogo social Philip Zimbardo, pasó a la fama en 1971 con el controvertido experimento de la cárcel de Stanford. Reclutó a 24 estudiantes que, en una cárcel ficticia, jugarían el rol de carceleros y prisioneros durante dos semanas y por una paga de quince dólares diarios.
Se recreó una prisión en el sótano del Departamento de Psicología de la universidad, donde los voluntarios serían monitoreados con cámaras durante las 24 horas. Todos los participantes podían abandonar el experimento cuando lo desearan y el propio Zimbardo ejercería de “superintendente” del penal.
El grupo de guardias recibió uniformes, anteojos oscuros que evitaban el contacto visual, cachiporras y la orden de cumplir turnos de ocho horas. Los prisioneros, en cambio, debían permanecer en el establecimiento todo el tiempo y sólo vestidos con una especie de camisón con número de identificación, chancletas y sin ropa interior. En la cabeza lucían una gorra de media de nylon que simulaba una suerte de cabezas rapadas, mientras que en los tobillos les colgaban unas cadenas simbólicas.
Los guardias fueron instruidos para someter a sus prisioneros al aburrimiento, desorientación, cierto miedo, impotencia, despersonalización, despojándolos de toda privacidad y creando una sensación de arbitrariedad y control que nunca debería llegar a la violencia física.
De Dr. Jekyll a Mr. Hyde
Ante las situaciones de conflicto que surgieron, las conductas resultaron inesperadas y totalmente excedidas de lo pautado. Los carceleros aplacaron rebeliones en forma brutal, implementaron castigos físicos, humillaciones aberrantes, torturas psicológicas y una extrema crueldad que ocasionó severos trastornos a los prisioneros. Es más, los guardias intensificaban las vejaciones a los reclusos durante la noche, pensando que los investigadores no los observaban. El desmadre llegó a tal punto que el experimento debió ser suspendido al sexto día.
“Llegados a este punto, se vio claro que debíamos acabar con el estudio. Habíamos creado una situación abrumadoramente poderosa, a la que los reclusos se iban abandonando, comportándose de manera patológica, y en la que algunos de los guardias se comportaban sádicamente. Incluso los guardias ‘buenos’ se sentían impotentes para intervenir y ninguno de ellos dimitió mientras el estudio se llevaba a cabo. Nos dimos cuenta de cómo personas corrientes pueden transformarse fácilmente del buen Dr. Jekyll al malvado Mr. Hyde”, manifestó Zimbardo.
¿La ocasión hace al ladrón?
Más allá de las razonables críticas que recibió el equipo de Stanford, la experiencia fue bastante reveladora. Según las conclusiones de los autores, fue la situación la que provocó la conducta de los participantes y no precisamente sus características de personalidad. Determinadas influencias “situacionales” o factores externos tales como presión grupal, roles, deber, etc., pueden conducir a la renuncia de principios morales y cooperar con la violencia y opresión.
Esta transformación humana llevó a Zimbardo a acuñar el término “Efecto Lucifer”, en clara alusión al pasaje bíblico en que un ángel querubín termina siendo Satanás. Además de su libro, que resume más de treinta años de investigación sobre factores que llevan a una persona buena a involucrarse en acciones malignas, se sumará una próxima película —a estrenarse en el 2008 y dirigida por Christopher McQuarrie— en base al famoso experimento de la prisión de Stanford.
El debate sigue abierto y nadie tiene la última palabra. La violencia es un tema preocupante y toda investigación que aporte algo para su comprensión, debe ser examinada con atención y cautela.
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