Un fenómeno mexicano se repite en la Argentina: los policías que deben pedir asilo en el exterior
*Se escapaban del narcotráfico a territorio norteamericano.
Policia emigracion
El 14 de mayo pasado, el diario El Universal de México publicaba el siguiente informe: “Tres jefes policiales mexicanos pidieron asilo político en Estados Unidos ante una escalada de la violencia en la guerra entre pandillas del narcotráfico (...) dijo un alto funcionario estadounidense”.
La pregunta que se hacía todo lector era... ¿qué le puede esperar a la población civil si los propios agentes que los deben proteger del crimen organizado son los primeros en ser corridos por esos sicarios?
Parecía que este fenómeno de policías asilados en otros países era cuestión solamente de la guerra mexicana entre las autoridades legales y el mundo del narcotráfico. Pero en las últimas horas se supo que no solamente en ese país ocurren estas tragedias de policías fugados por miedo a la delincuencia.
También en la Argentina hay varios casos por el estilo, y al parecer nuestro país cuenta con más policías asilados en el exterior que el propio México.
Aunque los efectivos policiales argentinos abandonaron el país no por causa del narcotráfico, la presencia en nuestro territorio de carteles mexicanos y colombianos no hace predecir un futuro demasiado tranquilo, mucho más conociendo la capacidad de corromper ámbitos oficiales con que se manejan los jefes de la droga.
Dos cabos de la Policía de la Provincia de Buenos Aires tuvieron que abandonar el país en el 2001 después de haber denunciado a sus superiores por el manejo de los llamados “cores” (horas extras).
Desde entonces, solamente “la bonaerense” cuenta con diez efectivos refugiados por cuestiones de seguridad personal y familiar.
Sin embargo, el cabo Adrián Montenegro fue el primer asilado político (ostenta ese rango concedido por el Departamento de Estado) desde la restauración democrática en 1983. El “pecado” de Montenegro fue denunciar operativos armados por otros policías en la Regional La Matanza que por un error impensado en una ocasión le costó la vida a un sargento de apellido Sánchez. Varios familiares del cabo denunciante fueron salvaje –y anónimamente- golpeados hasta que no le quedó más remedio que refugiarse con los suyos en territorio norteamericano.
Policías asilados en Chile y en otros países de Europa son testigos y víctimas de una realidad acuciante: tener que irse de su propia tierra por denunciar lo que todo el mundo solicita que se denuncie.
La sociedad le requiere al Estado -cada vez más intensamente- que tome medidas de fondo para paliar el tema de la criminalidad, pero nadie entiende cómo estos casos de policías que cumplen sus funciones con honestidad vienen perdiendo la batalla y son ellos quienes deben abandonar el país para salvaguardar su seguridad y la de su familia.
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