Vidas paralelas: los parecidos y las diferencias entre la dirigente Elisa Carrió y Daniel Passarella
Carriorella
Y, justamente, la secuencia de circunstancias que rodea a dos personajes muy conocidos de la vida local parece tallada por la mano de un mismo orfebre.
Veamos algunos parecidos y diferencias que presentaron las vidas paralelas de Elisa Carrió y Daniel Passarella en los últimos tiempos.
El desmedido culto a la personalidad de la fundadora del ARI le vale por estos días que aquellos pollitos que ella encumbró a puestos legislativos de relevancia, hoy se le den vuelta frente a esa desmesurada tendencia de pretender manejar la voluntad de todos quienes la rodean.
La rebelión en la granja de Passarella es similar: Ganó todo como jugador riverplatense, como referente en la Selección Nacional y mucho como técnico, pero la intemperancia del futbolero local lo llevó a retirarse casi por la puerta de servicio de un club que fue su hogar.
Ambos pudieron entrar al Guiness o a La Biblia
Carrió vivió (y lo seguirá haciendo) augurando futuros apocalípticos que -como el cuento de Caperucita y El lobo- ya no asustan a nadie, pese a que rankea bien en los medios y seguirá teniendo micrófonos a mano para despuntar su vicio de incontinente predicadora de catástrofes.
Passarella, en cambio, inmortalizó un aforismo físico-futbolero digno del Guiness: “En la altura, la pelota no dobla”, justificó alguna vez el fracaso de la Selección jugando a un par de miles de metros sobre el nivel del mar. Con el tiempo, el mismo técnico terminó mofándose de aquella frase célebre.
Menos modesta, Carrió nunca se arrepiente de sus dichos ni se desdice.
Ambos tienen hijos pródigos
Cuando Patricia Bullrich parecía no tener más espacios para jugar a la política todo terreno en el escenario partidocrático local, Elisa Carrió la cobijo en las filas de la Coalición Cívica y la erigió legisladora, mal que le pese a los restantes dirigentes del ARI. Es la hija pródiga a la que, aún sabiendo que la abandonará en poco tiempo para correr tras otra sigla partidaria, Elisa Carrió rescató del ostracismo y del sarcasmo colectivo.
Daniel Passarella tuvo un acto similar: peleó por arrancar de las garras del vicio a su hijo mimado, Ariel Ortega, convencido que solo la pelota podía ser más fuerte que la botella. Ganó y perdió con ese rescate emotivo, pero sacar al Burrito de un internado de rehabilitación para ponerlo en una cancha de fútbol, confiere un gesto de valor humano que vale reconocerle al “gran capitán”.
Ambos tuvieron sus raptos fetichistas
Hasta hacer un par de años, Elisa Carrió colgaba de su cuello un enorme crucifijo estilo antivampiro, no tanto como muestra de creencia religiosa sino enquistada en su propia batalla mística contra los demonios de la gobernabilidad argentina. Con el tiempo bajó los decibeles de su fetichismo y ahora viste y luce cadenitas sin enajenarse en esa insólita cruzada de antaño.
Passarella, por su parte, azuzaba una superstición que se confundía con inquisición medieval: no permitía aritos ni pelo largo a sus jugadores. Fue más superchería que conservadorismo atroz, que con el tiempo y los avatares de la vida fue dejando de lado. Aunque, en verdad, ganó más campeonatos con la superstición a rajatabla que con sus nuevas tendencias liberales.
Por último, hay que reconocerle que ambos resistieron los cantos de sirena
A Elisa Carrió, la tentación de las oportunidades políticas bien pagas le tocaron a su puerta varias veces y ella a todas le hizo oídos sordos.
El Director Técnico también fue virtuoso en esto: fue una de las dos personas en el Planeta Tierra que desechó la invitación para concurrir a “La Noche del Diez”, cuando el programa de Diego Maradona se convirtió en el reality show mundial (el otro que se negó a formar parte del staff de invitados fue el líder de Los Redonditos de Ricota, el Indio Solari).
Claudia Villafañe jamás lo convenció (ni por mucho dinero mediante, como fue el caso de Pelé) para que se arreglara con “el 10” frente a cámara. “No tengo problema en hablar con Diego a solas, pero delante del mundo no...” fue siempre la respuesta del capitán de la selección campeona en 1978.
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