Vivir y morir en un conventillo
* Testimonios de quienes sobreviven en viejas casonas de la ciudad.
Cristian patea la pelota en la vereda. La golpea una y otra vez contra un portón. Su actitud destila furia y enojo pero su cara aniñada no emite gesto alguno. Los vecinos explican que está así desde el miércoles cuando su hermana, de 10 años, se le escapó de las manos y murió carbonizada.
Manuel Ibáñez llegó de su Tucumán natal hace más de 30 años. Desde aquel tiempo comparte sus días con sus compañeros de inquilinato. Dice que no le gusta que le digan conventillo, que le suena mal, porque esa es su casa, su inmueble. Está orgulloso de vivir ahí y de formar parte de la cooperativa, de la que lo nombraron “vocal”.
Dos días más tarde, en el lugar quedan escombros, muebles chamuscados y perros y pollos que murieron calcinados. Olga se muestra indignada y dice que “vivir en un lugar así es infrahumano”. Su voz representa el pedido de las más de 900 personas que habitan conventillos en la zona, de los cuales más de 500 son niños.
Según los Bomberos Voluntarios de La Boca, en los primeros cuatro meses de 2007 hubo 63 incendios, muchos de ellos en "conventillos" y "casas agrupadas". De acuerdo a los voceros, éstos siniestros son muy frecuentes y suceden porque los edificios son antiguos, de madera, y hay poca prevención
Conventillos Industria Argentina
De hogar transitorio para inmigrantes, a residencia estable para las clases más marginadas del país.
"Hileras de cuartos de paredes de madera y techos de cinc rodean un patio bastante sucio. Es enero y el hacinamiento humano unido al tufo de los braseros en que se fríe con grasa, hacía el aire irrespirable". Así describió Eugenio Cambaceres en su novela "En la sangre”, el conventillo de San Juan entre Defensa y Bolívar. Tan cruda como la versión del escritor, la realidad golpea duro a los habitantes de estas grandes casonas, muchas de las cuales supieron ser hogar de familias aristocráticas que desertaron por los brotes de fiebre amarilla de fines del 1800 a zonas más exclusivas de la ciudad.
En el caso de la vecindad de la calle Necochea, sus inquilinos pagan cada mes $180 por el alquiler de su vivienda. Juntos, lograron convencer al dueño de que no venda el terreno y les siga alquilando cada parcela, para reconstruir ellos mismos sus habitaciones. Así, lejos de la colorida residencia donde vivía en la ficción la Monita de Natalia Oreiro, en ésta de La Boca hay carencias, aguas servidas, cables al descubierto y una sensación común, transmitida en la voz de Olga: “Acá alguien se acuesta y no sabe si se va a levantar vivo”.
“Nosotros no somos ocupas y esto no es un asentamiento ilegal. En la Constitución dice que tenemos derecho a una vivienda digna. No somos negros haraganes que por no pagar vivimos hacinados. Hacemos lo posible por resolver nuestro problema, somos una cooperativa y nos autogestionamos”, dice Olga.
“Desde que se murió la chiquita no vino nadie, nadie se quiere cargar una muerte”, se lamentó Juan Carlos que aún mira con esperanza el recibo del Instituto de Vivienda de la Ciudad, que le prometió un préstamo para una casa, hace casi 10 años.






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