Juguetes Didácticos: un negocio que no es un juego

Economía

La venta de juguetes artesanales no es un negocio fácil. No es un juego, bah.  Al igual que muchos productos argentinos, en la década del ’90 la competencia se hizo difícil, por el ingreso de productos importados mucho más baratos. Sin embargo, hoy las ventas se recuperan. Tal es el caso de Didácticos JA, una empresa familiar que trabaja desde hace treinta años en el rubro.

“En los ’90 apenas subsistíamos”, asegura Adrián Ces Maresca, uno de los responsables de la empresa. La idea de vender juguetes didácticos empezó cuando el padre de Adrián empezó a tener contacto con maestras jardineras, en la Matanza, donde está la fábrica. A medida que la idea empezó a tener éxito, decidieron poner un negocio de venta al público.

La empresa trabaja con un criterio artesanal y cada juguete es hecho a mano. No tiene personal fuera del entorno familiar y en general no tuvieron que pedir dinero de bancos. “Tratamos de mantener todo en familia”, dice Maresca.

La convertibilidad trajo, como en la mayoría de los casos, problemas de difícil solución. “Pensamos en cambiar de rubro y si seguimos fue por amor al arte”, confirma Adrián. De acuerdo con números del sector, de 360 fábricas que funcionaron en Argentina, a fines de la década pasada sólo quedaban 60.

“Recién a principios de 2002 pudimos empezar a competir”, cuenta. Como muchas empresas, la caída de la convertibilidad rindió sus frutos. “En los últimos 5 años, las ventas aumentaron más del 100%”, asegura.

Sin embargo, si bien el crecimiento es importante, hay que andar con cuidado. “Es un negocio en el que hay que saber; invertir así de cero es difícil”, explica Adrián. El problema es que “hay que aguantar mucho tiempo, nosotros estamos hace más de 30 años”.


 


Los juguetes didácticos, no tóxcos y artesanales tuvieron un protagonismo inusitado la semana pasada, a rapiz de la aparición de juguetes tóxicos importados de China.


 


Hoy, Didácticos JA vende al público en San Justo y provee a muchos jardines de infantes de La Matanza. La empresa las pasó difíciles, pero siguió por amor al arte. “Nosotros tratamos de inculcar en el cliente la idea de que el juego tiene que dejarle algo a quién lo juega”, puntualiza Maresca.

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