Los argentinos y el dólar: la historia de un amor turbulento

Economía

A lo largo de la historia reciente, los argentinos hemos sentido vaivenes de amor y odio con el dólar. Desde los años setenta hasta hoy, la moneda norteamericana ha provocado alternativamente desvelos y alegrías en el país.

Hacia fines de 1978, en pleno gobierno de la Junta Militar, el entonces ministro Alfredo Martínez de Hoz imponía la famosa “tablita”. El programa fijaba una pauta de devaluación mensual del peso inferior a la evolución de los precios internos, que tendía a llegar en el mediano plazo a un esquema de cambio fijo. El dólar, ese diciembre, cotizaba 130 Pesos Ley.



De acuerdo con Rodrigo Álvarez, economista de Ecolatina, el tipo de cambio apreciado respecto al dólar de esa época hacía de la Argentina "uno de los países con más poder adquisitivo en Latinoamérica". Esto generó la época de la “Plata Dulce”, en la que Miami era el paraíso de la compras. Era una época de gran amor por el dólar. Pero un amor con los pies de barro

“Este tipo de cambio es difícilmente sostenible por mucho tiempo, porque es una situación irreal”, cuenta Álvarez. La situación económica estaba fijada por intervención oficial. Pero el gobierno no generaba divisas, ni ahorro propio

En efecto, en la década del ’80 se hicieron grandes esfuerzos por parte de los gobiernos para frenar nuevamente la inflación. “En los ‘80 el peso perdía tan rápidamente el valor que el dólar no sólo era el nexo, sino que era reserva de valor, era un activo más para no perder plata ”, explica Álvarez. El gobierno, por su parte, tampoco recibía capitales y tenía una deuda fiscal inabarcable. La única forma de tener dinero era emitiéndolo, y esto a su vez generaba inflación. Adiós al poder adquisitivo y al déme dos. El dólar funcionaba esta vez, como un reaseguro. Adiós al amor, hola a la amistad interesada.

En febrero de 1991, ya con Carlos Menem como presidente, cada dólar costaba 11 mil Australes. El Plan de Convertibilidad, de la mano de Domingo Cavallo, instaló una situación similar a la época del Proceso: estableció un tipo de cambio por ley, lo que pudo sostenerse al principio debido al gran ingreso de divisas por la venta de varias empresas públicas. Además, las medidas que se tomaron en esos primeros años de la década del ’90 fueron bien vistas por los mercados internacionales. De esta manera para cada peso había un dólar en la arcas del Estado. Ni amor ni interés: la relación de los argentinos con el dólar era de despilfarro para los ganadores y de añoranza para los que no se subían al modelo.

Comprar en el exterior volvió a ser sencillo: el poder adquisitivo de los argentinos florecía, a pesar de que la industria y los sectores productivos se veían duramente perjudicados. El plan de Cavallo “no era competitivo en términos de venta de bienes y servicios”, afirma Álvarez.

En el 2002, se dieron las tres peores crisis que se podían dar. El gobierno volvía a generar ahorro cero, había deudas que pagar y no se generaban divisas. Así es como la Convertibilidad se despedazó y disparó al dólar de $1,40 a $4, lo que generaba temor todos los días en los mercados y en los ciudadanos. Acá, ya lo recordemos, la relación fue de odio, como si el dólar fuera el responsable del corralito, de las corridas y de la “Ley Banelco”. 

Actualmente, el cambio controlado, pero oscilante entre ciertos valores, permite mantener cierta tranquilidad respecto de la divisa norteamericana, y los economistas aseguran que “no hay motivos de alarma”. Pero mientras miramos las nuevas olas, ya somos parte del mar.

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