Cuando Bob Dylan canta “to live outside the law you must be honest” (para vivir fuera de la ley uno debe ser honesto) seguramente no se refiere a los bucaneros del siglo XVII. Sin embargo, lo que el bueno de Bob no sabía era que su frase podía aplicarse tranquilamente a los ladrones de los siete mares.
De acuerdo a un artículo de la revista The New Yorker, si bien los piratas eran violentos criminales, sus barcos no estaban ni cerca de ser las tiranías que se ven en las películas. A bordo, los poderes de capitán estaban limitados y los marinos tenían asegurados voz y voto. La hipótesis del artículo es que los CEOs (es decir, los capos máximos) de las empresas deberían imitar en muchas cosas la organización pirata. De acuerdo con Peter Leesson, economista de la Universidad George Mason en Washington, esta fue “la más sofisticada y exitosa organización criminal de la historia”.
Los piratas surgieron fuera del Estado, y por lo tanto, fuera de la ley. No podían contar con autoridades superiores, ni estaban unidos por lazos familiares (como la Mafia). Tampoco estaban oprimidos ni regulados por regímenes violentos; de hecho, la mayoría eran voluntarios.
En lugar de esto, se redactaban o mantenían simples constituciones, en las que se establecía derechos y deberes de los tripulantes y como resolver disputas; inclusive, se establecían pagos de incentivos y seguros, para que los hombres actúen con arrojo en la batalla.
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Pero no sólo se trataba de reglas. Muchos piratas se volcaron a las actividades delictivas después de pertenecer a la armada de sus países. En los barcos militares, el capitán se garantizaba sus raciones de comida, mientras que sus hombres morían de hambre.
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Como resultado, muchos barcos crearon reglas cuyo concepto se parecía mucho a los que actualmente sostienen las democracias occidentales. En primer lugar, el capitán era la máxima autoridad durante la batalla, en dónde el disenso era peligroso e ineficiente. Fuera del combate, era el contramaestre y no el capitán quien se encargaba de dividir las raciones de comida e imponer la disciplina. El botín se dividía en partes acordadas por escrito previamente.
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Lo más importante es que tanto el capitán como el contramaestre podían ser depuestos por la tripulación y los desacuerdos no eran zanjados por ninguno de ambos, sino por un jurado de tripulantes.
Todo esto se basaba además en que, si bien un capitán podía ser muy valiente o conocedor de los mares, no necesariamente eso lo hacía buen “gerente”. Y poner todo en un solo par de manos suele generar malas decisiones.
Curiosamente, a mediados de la década de 1990, muchas grandes corporaciones han seguido el modelo de la Armada y no el de los piratas. Los CEO de las empresas ostentaban poder ilimitado, muchas veces por encima de las necesidades de la compañía.
Este modelo, que está siendo cuestionado en la actualidad, se basa en que poner demasiadas trabas al poder del CEO puede llevar a la ineficiencia. Pero aunque piratas y multinacionales no son comparables del todo, no pasará mucho tiempo antes de que se publiquen “Las lecciones de management del Capitán Barba Negra”. Si lo ve en librerías, léalo.
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