Tienen millones en casa y en el banco, pero son los más tacaños de la historia

Economía

Dice el saber popular que cuanto más dinero tiene una persona, más tacaña se pone. La historia desmiente esa máxima con cientos de millonarios que destinan sus fortunas a la comunidad, o con personas que, teniendo mucho dinero, lo dilapidan antes de morir.


 


Sin embargo, es cierto que la avaricia tiene muchas veces una relación muy estrecha con la acumulación de capital.

En el blog Frikieconomía hicieron una serie de biografías sobre millonarios avaros, que no conviene perderse.

Émulo del tío Rico, de Walt Disney, J Paul Getty es conocido como uno de los millonarios más tacaños que se conocen. Fue una de las primeras personas en superar los US$ 1.000 millones de fortuna neta, gracias a su “Getty Oli”, un gigante petrolero comprado luego por Texaco.

Se lo conoce por haber instalado teléfonos de moneda en su casa, para evitar los llamados de favor de los invitados. Pero la anécdota más macabra es la del secuestro de su nieto. En primer lugar, los secuestradores pidieron US$ 17 millones, que el millonario se negó a pagar porque ya tenía otros catorce nietos, según dicen algunos autores. Los captores decidieron entonces enviar por correo pelo y una oreja del chico.

Esto logró ablandar finalmente al abuelo, que le prestó el dinero a su hijo para el rescate, y sólo le cobró un 4% de interés. Eso sí, consiguió rebajar el rescate del monto original a US$ 2 millones

Ingvar Kamprad tiene, sin duda, una genialidad empresarial única: es el creador de Ikea, el minorista de muebles más grande del planeta. Tiene 75 mil empleados y factura 14.000 millones de euros por año. Eso si, sus amigos no dudan en definirlo como un tacaño. Y el millonario no tiene problema en admitirlo.

En su afán, ha llegado a pedir a sus empleados que no desperdicien papel y lo usen de ambos lados. Practica una política de ‘lujo cero’, y anima a sus empleados a hacerlo. Paradójicamente, es un filántropo: la Fundación Ikea es la más rica del mundo.

Sin embargo, Kamprad viaja en clase turista y se aloja en hoteles baratos, lo cuál es de una austeridad encomiable. Pero reponer las botellas de agua que consume del mini bar del hotel por otras más baratas ¿no será demasiado? Este millonario es tan tacaño que usa su tarjeta de la tercera edad en el transporte público.

No solo los hombres son tacaños. De hecho, Hetty Green, una de las primeras mujeres en tener influencia en Wall Street, fue proclamada como la mujer más tacaña del mundo en el libro Guiness de los récords.

Green ganó más de US$ 200 millones en la bolsa. Sin embargo, la historia cuenta uno de sus hijos perdió una pierna dado que su madre no encontró a ningún médico que quisiera curarlo sin costo.

Su relación con la medicina no era buena; no quiso que le cobraran el frasco de una medicación, y fue a su casa a buscar una botella. El frasco costaba 10 centavos. Eso si: ella también se negó a operarse de una hernia, porque costaba US$ 150, por lo que  quedó postrada en una silla.


 


Andrew Carnegie (1835-1919), fue un poderosísimo industrial del acero  estadounidense. Sus biografos afirman que su vida es la demostración de que es posible desandar el camino de la avaricia y sacar de una vez, el cocodrilo del bolsillo.


 


La de Carnegie es la vida de un típico “self made man” como gustan decir los norteamericanos, es decir, hombre hecho a sí mismo, con un ideario muy particular. El magnate, que llegó a ser el hombre más rico del mundo junto con el histórico Rockefeller, nació en Escocia en un hogar pobre pero ilustrado y desempeñó múltiples oficios hasta llegar a la industria del acero. Su empresa llegó a ser la más grande y rentable del mundo y acabó vendiéndosela a otro millonario de renombre: J.P. Morgan.


 


Su carrera llegó a su apogeo precisamente cuando vendió su acerera, y lo mismo sucedió con su tacañería: cuenta una anécdota que con  su cheque de 480 millones de dólares, calentito en el bolsillo, tras la veta de su empresa, fue a un restaurante a celebrarlo y al final de la cena, regateó con la camarera la propina.


 


Sin embargo, Carnegie fue capaz de revolucionar al anquilosado capitalismo decimonónico, dándole un nuevo concepto a la palabra ‘filantropía’. En 1889 publicó un artículo, ‘Wealth’, en el que decía que todo hombre de negocios tenía que tener dos etapas en su trayectoria. En la primera, se dedicaba a amasar dinero y en la segunda, a repartirlo en obras de caridad. Pese al pasmo inicial -y el sofoco que causaría en alguno de sus opulentos colegas- Carnegie hizo honor a su escrito y se dedico el resto de su vida a repartir su inumerable fortuna en obras de caridad.

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