"El diablo viste a la moda": el momento clave de la primera película que se explica en la secuela
Anne Hathaway y Meryl Streep volvieron a Runway después de 20 años dejando en evidencia un momento clave de la primera edición. La nota contiene spoilers.

El regreso de una historia como "El diablo viste a la moda" dos décadas después de su nacimiento presentaba un riesgo mayúsculo: el de profanar un altar de la cultura pop. Sin embargo, lo que hoy llega a las salas de cine no es un ejercicio de nostalgia mercantilista, sino una extensión orgánica filmada con un respeto y un amor que se perciben en cada plano.
Esta secuela entiende que las "chick flicks" —etiqueta que hoy nos queda pequeña— son, en realidad, dramas de formación sobre el poder y la identidad, y ha sabido madurar junto a su audiencia sin perder ese brillo cerúleo que la hizo eterna. La verdadera genialidad de esta nueva entrega reside en cómo reescribe, sin alterar, nuestra percepción del pasado.
Durante veinte años, el público teorizó sobre la animadversión de Miranda Priestly hacia Andy Sachs, atribuyéndola a su falta de estilo o a su resistencia inicial a los códigos de Runway. Pero la secuela nos regala la pieza que faltaba en el rompecabezas: el "odio" de Miranda no era tal. La cinta explica que, bajo esa capa de exigencias imposibles y silencios punzantes, latía una admiración secreta.
Miranda no despreciaba a Andy; la estaba esculpiendo. Sabía, con esa intuición depredadora que solo ella posee, que Andy tenía la madera necesaria para llegar tan lejos como se lo propusiera, siempre y cuando aprendiera de la mejor: de ella misma. Algo que, claro, queda en evidencia en cada escena y construcción del vínculo que tienen a lo largo de esta segunda etapa.
Este giro narrativo resignifica aquel final icónico en París y le otorga a la relación una dimensión de mentoría feroz que solo actrices de la talla de Meryl Streep y Anne Hathaway podrían sostener. La química entre ambas sigue siendo un espectáculo en sí mismo, una danza de poder donde las palabras sobran.
Es imperativo, asimismo, destacar una vez más la labor de Meryl Streep. Su Miranda Priestly no ha perdido un ápice de autoridad, pero en esta etapa nos permite vislumbrar la vulnerabilidad de quien reconoce en su sucesora el único reflejo digno de su propio legado. El Diablo no odiaba a Andy; simplemente estaba esperando que ella aprendiera a usar los zapatos que le correspondían.
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