La inocencia perdida
*Los resortes del show televisivo hoy son un tema de dominio público. ¿La prueba irrefutable de la ingenuidad perdida? La versión 2007 de “Gran Hermano”.
Gran Hermano 2007 es el certificado del fin de la inocencia. Muy lejos han quedado los tiempos en que a la TV, la llamaban “la caja boba”. Hoy de bobo, ya nadie tiene un pelo: ni los productores de televisión ni los espectadores ni los famosos ni los desconocidos que se plantan frente a una cámara por el motivo que sea. El pueblo sabe muy bien de qué se trata el medio más masivo y aprendió a descifrar sus códigos. En el supermercado, la parada del colectivo, los bares o las discos, es imposible encontrar gente que no hable de “formato”, “rating”, “prime time”, “reality show”, “equipo de producción”, “chivos” y “sitcom”. El lenguaje y los resortes del show televisivo saltaron de las oficinas de los programadores al dominio público. ¿La prueba irrefutable de la ingenuidad perdida? Los primeros días de “Gran Hermano 2007”. A saber:
En la TV, el tiempo siempre fue tirano. Pero con la fiebre del minuto a minuto, la tiranía se ha convertido en dictadura, pura y dura. Lo que no mide, vuela. Quien pierde una batalla en el palo enjabonado del rating, puede perder la guerra de inmediato. ¿El resultado? Que en “Gran Hermano”, todos quieren ganar y han salido a la cancha con los botines de punta. El primero, Telefé. Con notable habilidad, el canal implementó una serie de novedades respecto de las ediciones anteriores, todas ellas encaminadas a responder a la exigencia de los televidentes, cada día menos pacientes y más propensos a accionar el control remoto.
“El incremento de concursantes se debe a que antes las nominaciones se hacían cada 15 días y ahora se harán todas las semanas”, declaró, en tal sentido, Marcos Gorban, productor general del ciclo, a Minutouno.com, antes de que el programa saliera al aire. La incorporación del teléfono a través del cual los participantes reciben buenas o malas noticias en cualquier momento es otra de las herramientas que se reservan los guionistas para ponerle pimienta al juego. La tele funciona con la lógica del fast-food: los fenómenos de audiencia hay que instalarlos en el mercado en el tiempo que lleva cocinar una hamburguesa. Y para eso es necesario bombardear con el producto en cada uno de los frentes que ofrece la cultura multimedia. Así, “Gran Hermano 2007” se vende en la televisión abierta en múltiples horarios; en el canal 15 de Cablevisión y Multicanal, durante las 24 horas; a las 22, en Pop Radio 101.5, donde se escucha debatir a los habitantes de la casa sobre un tópico diferente cada noche; en Internet, no sólo a través del sitio Terra, que transmite con dos cámaras en directo desde la casa, sino también en los diarios on-line, blogs, fotologs y foros que se hacen eco de lo que sucede en el programa y de las reacciones de quienes vemos el juego desde afuera.
Telespectadores entrenados, los dieciocho jugadores también han perdido la inocencia mediática. A sabiendas de que para conseguir los quince minutos de fama hay que pegar fuerte desde el primer round, se apresuraron a poner a la audiencia contra las sogas. Jessica se presentó con un osito de peluche en brazos. Bien pensado: retener los nombres de una docena y media de personas y asociarlos con sus rostros les lleva un tiempo a los espectadores; identificar a la chica que carga con un muñeco, es a la vez sencillo e inmediato. Griselda se apropió de la conversación de entrada. Bien pensado: el conductor terminó preguntándole si la escritura del predio estaba a su nombre, dadas sus ínfulas de dueña de casa; para el público, la mendocina ya no era anónima. Más osado, Sebastián comentó su condición de homosexual antes de haber cumplido las primeras veinticuatro horas de encierro. Bien pensado: desde entonces, los medios no han parado de hablar de él, mucho más ahora, que resultó ser el primer nominado. Su codiciado sitio en la vidriera mediática es disputado por Melisa, la chica que chapea con un novio famoso, Sergio Denis. Pablo le tiró los galgos a Silvina en la madrugada del jueves y ella compuso, con soltura, una histérica de manual. Bien pensado: la cámara de la transmisión en vivo se dejó conquistar por los vaivenes de la franela durante un largo rato. Por esas horas, Jonathan y Claudia, avivados de que las charlas de a dos son la debilidad de los camarógrafos, se instalaron junto al jardín y ella se largó a hablar de su pasado amoroso con tanto detalle que, cuando llegó al novio adicto a la cocaína que la hacía sufrir, los editores se vieron obligados a poner en pantalla otro rincón de la casa, para que esa historia prometedora de rating no se gastara en la transmisión en vivo por el canal de cable.
Por lo demás, todos especularon con las situaciones que, conforme a la experiencia de televidentes, juzgaron pasto para el rating: conversaciones sobre masturbación y amenazas de no poder guardar la abstinencia sexual por más de quince días; el miedo a defecar frente a la cámara cuando la cultura dice que eso se hace en privado; los planes para utilizar, tras el final del juego, la repentina celebridad que les dará el reality; la obsesión femenina por estar depilada.
Y como los espectadores también hemos perdido candidez, basta una recorrida por los foros de Internet y los mensajes de los oyentes en las radios para advertir con qué premura nos largamos a desbaratarles las estrategias de seducción a los participantes.
Hasta aquí, algunos apuntes sobre la inocencia perdida en “Gran Hermano”. Sin embargo, también hay en el ciclo una inocencia conservada. El día que alguien se avive, el programa le hará ganar mucho dinero a alguno en desmedro de otro. Pero eso será tema de una próxima entrega. Aquí tampoco somos inocentes: nuestra modesta cuota de suspenso está servida.






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