La metamorfosis de Daniel Melingo: del rock a reinventar el tango sin renunciar nunca a su esencia
Daniel Melingo integró conjuntos del rock argentino como Los Abuelos de la Nada y Los Twist, pero encontró su identidad definitiva al renovar el tango.
Daniel Melingo
La muerte de Daniel Melingo dejó un profundo vacío en la música argentina y volvió a poner en primer plano el extraordinario derrotero de uno de los artistas más inclasificables de las últimas décadas. Para algunos fue un referente del tango contemporáneo; para otros, un protagonista fundamental del rock nacional. Lo cierto es que consiguió transitar ambos universos con una identidad propia, sin resignar jamás su esencia.
De la efervescencia del rock a una búsqueda personal
Su recorrido artístico comenzó mucho antes de convertirse en una figura de culto del tango. Multiinstrumentista, compositor y cantante, dio sus primeros pasos en la efervescente escena del rock argentino de los años setenta, formando parte de una generación que terminaría modificando para siempre el mapa musical del país.
Integró distintas formaciones lideradas por Miguel Abuelo antes del resurgimiento de Los Abuelos de la Nada y, ya en la década del ochenta, fue uno de los miembros fundadores del conjunto Los Twist junto a Pipo Cipolatti. Aquel conjunto se convirtió en uno de los fenómenos más originales del rock argentino y lo encontró compartiendo escena con nombres como Charly García, Andrés Calamaro y Fito Páez, consolidándose como un músico inquieto, versátil y dueño de una impronta difícil de encasillar.
Sin embargo, cuando muchos suponían que su destino estaba definitivamente ligado al rock, Melingo emprendió una búsqueda diferente. A partir de los años noventa comenzó una paulatina decantación artística que lo acercó al tango, aunque desde una perspectiva completamente alejada de los convencionalismos.
El tango como destino, no como ruptura
Su voz rasposa, la teatralidad de sus interpretaciones y la construcción de personajes arrabaleros y marginales terminaron delineando una propuesta estética inédita. Más que cantar tangos, Melingo parecía habitarlos.
Lo llamativo es que nunca aceptó la idea de haber "abandonado" el rock. En numerosas entrevistas explicaba que el tango siempre había estado presente en su vida gracias a su historia familiar y que, en realidad, jamás sintió que hubiera cruzado una frontera entre un género y otro.
Mientras muchos insistían con esa lectura, Melingo prefería dejarla pasar. Para él, las etiquetas tenían escasa relevancia: lo verdaderamente importante era la música y la honestidad con la que se encaraba el proceso creativo.
"No me pasé del rock al tango", repetía cada vez que surgía esa interpretación. Una frase que, con el paso de los años, terminó convirtiéndose en una declaración de principios.
Esa cosmovisión dio origen a discos como Tangos Bajos, Santa Milonga, Maldito Tango y Anda, trabajos que recibieron elogios tanto en Argentina como en Europa y lo consagraron como uno de los grandes renovadores del tango contemporáneo.
Un artista imposible de encasillar
Lejos de reproducir el estilo de los grandes cantores del siglo XX, Melingo edificó un lenguaje propio. Su interpretación combinaba actuación, narración y una minuciosa orfebrería expresiva que convertía cada concierto en una experiencia casi teatral.
Su imaginario artístico estaba poblado por personajes de frontera, seres noctámbulos, bohemios y extravagantes que parecían surgir tanto de los rincones menos transitados de Buenos Aires como de un balneario fuera de temporada. Ese universo singular fue una de las marcas registradas de una obra que nunca dejó de sorprender.
A lo largo de su carrera colaboró con artistas de distintas generaciones y jamás perdió la pulsión por experimentar. Esa inquietud permanente fue el hilo conductor de toda su obra: el mismo músico irreverente que irrumpió en el rock décadas atrás fue quien, tiempo después, revitalizó el tango desde una mirada completamente personal.
Más que un cambio de género, la historia de Daniel Melingo fue una auténtica metamorfosis artística. Cambiaron los escenarios, los sonidos y los personajes, pero nunca la curiosidad ni el impulso creativo. Detrás del rockero, del tanguero y del performer siempre convivió el mismo artista, decidido a desafiar cualquier etiqueta.
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