Roger Waters en River: el ex Pink Floyd y el lado brillante de la luna
Polémicas aparte (a las que no esquivó), Roger Waters justificó en Buenos Aires su lugar de artista insoslayable en la historia de la música con una performance superlativa.
Mucha agua corrió bajo el puente antes de que veinte minutos pasados las 21 de este martes empiece el primero de dos shows de Roger Waters en el estadio de River Plate, en su tour “This is not a Drill”: las declaraciones del ex Pink Floyd sobre la guerra Israel-Hamas le valieron no tener donde alojarse en Buenos Aires y hasta un pedido de suspensión del show por parte de la DAIA.
Justo antes de que empiece a sonar “Comfortably Numb”, la primera de las 24 canciones de la noche, un mensaje en las gigantes pantallas que son centrales en el show dejaron en claro lo irrenunciable del estilo del artista, que realiza un show conceptual con un fuertísimo componente político: “Si eres de los que dicen: ‘Me encanta Pink Floyd, pero no soporto la política de Roger, harías bien en irte a la mierda e ir al bar en este momento”.
Después, a lo largo de las más de dos horas y media de show y más allá de algunas referencias puntuales, el cantante dejó que su música y especialmente, ciertos mensajes en las pantallas hablen por él, como cuando las cuatro pantallas se pusieron en rojo de alerta con el mensaje “Stop the genocide” (paren el genocidio).
En cuanto a lo estrictamente musical, Waters erige como un auténtico director de orquesta que dirige una banda que se vislumbra ampliamente variopinta y sólida, al punto de que por momentos se muestra sin inconvenientes en ceder el protagonismo, como cuando Jonathan Wilson se hace cargo de la voz en “Money” y “Us and Them”.
Si bien Waters ya ha declarado públicamente que está componiendo un nuevo álbum y que no necesariamente esta será su última gira, el show funciona como un repaso de corte altamente emotivo de su trayectoria, especialmente del legado de Pink Floyd. No solo que el catálogo de la prolífica banda ocupa más de dos tercios del espectáculo, sino que el gran trabajo visual permite que durante la interpretación de clásicos como “Wish you were here” se narre la historia de la creación del legado, a través de narraciones y fotos de época.
La combinación de los factores planteados llevó al público de variadísimos rangos etarios (este cronista no había nacido cuando Waters dejó Pink Floyd) a, más allá de momentos puntuales de explosión como “Another Brick in the Wall”, entrar en un trance hipnótico con la performance de una obra cuya trascendencia excede el paso del tiempo.
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