¿El ser humano es intolerante desde su origen?

Mundo

Los trágicos sucesos acontecidos en la ciudad de París durante esta última semana no han hecho más que recrudecer el debate sobre una problemática enquistada en la historia de la humanidad que ha generado sólo muerte y destrucción: la intolerancia ideológica. Durante años los seres humanos nos hemos matado, asesinado, aniquilado por cuestiones religiosas, políticas o raciales, fundadas en ideologías completamente herméticas, endogámicas y pretensiosas de ser portadoras de la verdad absoluta acerca de lo que el mundo es. Ahora bien, ¿existe una salida posible?

Tal vez la pregunta acerca de qué es lo que moviliza a un par de personas fuertemente armado a ingresar a un recinto y disparar sin miramientos hacia todos los que allí se encuentran sea una inquietud que nos cuesta responder racionalmente. Es difícil comprender por qué alguien podría matar sin miramientos a quien considera un enemigo sólo por pensar diferente a él, por tener una creencia diferente o por verlo un ofensor de los valores sagrados a través de una caricatura. Sin embargo, esto sucede no solamente en este tiempo, si no casi desde la existencia de la humanidad, ¿por qué?

Quizás el proceso de construcción de la identidad nos pueda ayudar a entender, o al menos vislumbrar, esta circunstancia. Desde el momento que nacemos podemos encontrar una dicotomía básica: "yo" y "los otros". En principio, la identidad es aquello que nos hace ser quienes somos a la vez que nos diferencia del resto dotándonos así de cierta individualidad que si duda estará condicionada por el contexto social, por el tiempo histórico y por las condiciones materiales de existencia.

Sin embargo, no podemos obviar a los otros ni verlos necesariamente como entes ajenos a nuestro ser ya que no sólo se trata de diferenciarse, sino también de asemejarse a algunos a quienes consideramos modelos o pares. De esta manera construimos a su vez nuestra identidad a través de la pertenencia a un grupo, a un sector de personas que vemos como iguales y que nos dotan con la fuerza necesaria para enfrentar a quienes no son como "nosotros".

Así pues, estos grupos pueden ser religiosos, políticos, reunirse alrededor de determinada música, de un equipo de fútbol, de un valor social y un largo etcétera más que comprende a casi todas las actividades humanas. No obstante esta distinción que es absolutamente frecuente entre los humanos conlleva en reiteradas oportunidades a la intolerancia hacia los demás.

Como mencionamos, al pertenecer nos distinguimos de los otros y confeccionamos nuestro propio "yo", pero cuando ese grupo se vuelve en extremo cerrado, cuando se siente absolutamente convencido de su verdad y de que son poseedores de la definición del "bien" y del deber ser del mundo es que comienza a ver a los otros no sólo como inferiores, sino también como enemigos, como posibles destructores de su comunión confeccionada alrededor de una idea fuerte.

Así entonces la intolerancia emerge como producto de ver al otro como un obstáculo desde una perspectiva al respecto de la realidad completamente soslayada, sosteniendo que aniquilándolo será el único camino para garantizar la propia subsistencia.

La pregunta entonces es cómo salir de esta situación que ha generado guerras insensatas, matanzas absurdas y un odio sustancial en las sociedades. Quizás la respuesta se encuentre no tanto en cómo construir el "yo" si no en cómo abordar al "otro".

El filósofo lituano Emmanuel Levinas sostenía que lo primero es el yo, pero en nuestra constitución ontológica está la conexión con el otro. Yo soy responsable para con el otro desde el momento en que me mira y esto necesariamente ha de abrir la cápsula del encierro ególatra porque no puedo obviar en mi humanidad esta responsabilidad. ¿Por qué hay que respetar esta responsabilidad? Porque todos nacimos y nos hemos desarrollado bajo la responsabilidad de otros. Sin seres humanos previos a mí que me cuiden y me alimenten, nunca podría haber existido.

De esta manera podemos ver cómo la alteridad juega un rol central en la constitución de mi propio ser, pues ¿cuándo soy yo? Cuando otro me nombra, si nadie nos nombra no somos nada. Podemos sustituir, de esta manera el "pienso, luego soy", que enunciaba Descartes, por "soy amado, soy nombrado, luego soy".

Por ello debemos buscar para con el otro más que una relación de conocimiento, una de reconocimiento; reconocer el lugar que tiene en mi vida, en mi propio ser y quizás así, aunque no se pueda eliminar el proceso mediante el cual construimos nuestro "yo", encontremos una vía para ser más tolerantes.

Federico Mana
Licenciado en Filosofía
@fede_mana

Dejá tu comentario