¿El ser humano es intolerante desde su origen?
Los trágicos sucesos acontecidos en la ciudad de París durante esta última semana no han hecho más que recrudecer el debate sobre una problemática enquistada en la historia de la humanidad que ha generado sólo muerte y destrucción: la intolerancia ideológica. Durante años los seres humanos nos hemos matado, asesinado, aniquilado por cuestiones religiosas, políticas o raciales, fundadas en ideologías completamente herméticas, endogámicas y pretensiosas de ser portadoras de la verdad absoluta acerca de lo que el mundo es. Ahora bien, ¿existe una salida posible?
Tal vez la pregunta acerca de qué es lo que moviliza a un par de personas fuertemente armado a ingresar a un recinto y disparar sin miramientos hacia todos los que allí se encuentran sea una inquietud que nos cuesta responder racionalmente. Es difícil comprender por qué alguien podría matar sin miramientos a quien considera un enemigo sólo por pensar diferente a él, por tener una creencia diferente o por verlo un ofensor de los valores sagrados a través de una caricatura. Sin embargo, esto sucede no solamente en este tiempo, si no casi desde la existencia de la humanidad, ¿por qué?
La pregunta entonces es cómo salir de esta situación que ha generado guerras insensatas, matanzas absurdas y un odio sustancial en las sociedades. Quizás la respuesta se encuentre no tanto en cómo construir el "yo" si no en cómo abordar al "otro".
El filósofo lituano Emmanuel Levinas sostenía que lo primero es el yo, pero en nuestra constitución ontológica está la conexión con el otro. Yo soy responsable para con el otro desde el momento en que me mira y esto necesariamente ha de abrir la cápsula del encierro ególatra porque no puedo obviar en mi humanidad esta responsabilidad. ¿Por qué hay que respetar esta responsabilidad? Porque todos nacimos y nos hemos desarrollado bajo la responsabilidad de otros. Sin seres humanos previos a mí que me cuiden y me alimenten, nunca podría haber existido.
De esta manera podemos ver cómo la alteridad juega un rol central en la constitución de mi propio ser, pues ¿cuándo soy yo? Cuando otro me nombra, si nadie nos nombra no somos nada. Podemos sustituir, de esta manera el "pienso, luego soy", que enunciaba Descartes, por "soy amado, soy nombrado, luego soy".
Por ello debemos buscar para con el otro más que una relación de conocimiento, una de reconocimiento; reconocer el lugar que tiene en mi vida, en mi propio ser y quizás así, aunque no se pueda eliminar el proceso mediante el cual construimos nuestro "yo", encontremos una vía para ser más tolerantes.
Federico Mana
Licenciado en Filosofía
@fede_mana
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