De la impunidad a la vida

El juez federal de La Plata destaca el proceso político y cultural que atravesó la sociedad argentina y que logró poner fin a la impunidad que se buscó garantizar desde un sector de la justicia.

Escribe Carlos Rozanski (*)

Todos los genocidios de la historia han generado daños sociales imposibles de medir en términos de dolor. También dejaron huellas culturales profundas que marcaron las décadas posteriores a los hechos.

De la posibilidad que cada sociedad haya tenido de elaborar lo sucedido, dependerá en gran medida, el futuro de sus ciudadanos, en especial los valores que esa sociedad va a sostener y derivado de allí, la calidad de vida de sus habitantes.

La experiencia internacional luego de los distintos genocidios que siguieron al que inauguró tristemente el siglo XX -el genocidio sufrido por el pueblo armenio de parte del imperio turco otomano a partir de 1915-, ha sido lamentablemente de impunidad.

Esa impunidad, producto de las propias características del fenómeno, entre otras cosas porque los perpetradores se han encargado de destruir las pruebas que pudieran incriminarlos, es la causa de las demoras de generaciones enteras en lograr elaborar lo sucedido.

En nuestro país, los 20 años transcurridos desde el fin del genocidio hasta el comienzo de un verdadero proceso de justicia -año 2003-, ha sido el tiempo necesario para que se generen los espacios sociales que explican la fortaleza y convicción que se vive en esta etapa.

No debe olvidarse que a la lógica resistencia de los responsables del terrorismo de Estado, se suma el aporte de aquellos sectores - minoritarios- de la sociedad, que no sólo participaron en el genocidio, sino que -todavía enquistados en sectores de la justicia-, han intentado sabotear el actual proceso.

Sin embargo, la pulsión de vida de sobrevivientes y familiares de las víctimas, sumada a la de los organismos defensores de los Derechos Humanos, y a millones de personas que los acompañaron desde las épocas más difíciles de la resistencia y reclamo, pudo mucho más que los violentos de siempre que pretendieron impedir los logros de la última década.

En ese sentido, las decisiones políticas, si bien son imprescindibles para evitar la impunidad, nunca podrían lograr los cambios en marcha, sin una sociedad mayoritariamente decidida a sostener el reclamo de justicia.

Esa conjunción de dirigencia y militancia por los Derechos Humanos, conforma la auspiciosa realidad que se respira en el país, mal que le pese a quienes sienten nostalgia de una época en la que eran dueños del patrimonio y la vida de los ciudadanos, y fundamentalmente el temor a perder los privilegios que aún conservan.

En ese sentido, los espacios generados en el propio seno de una justicia tradicionalmente conservadora, con miles de jueces, fiscales, defensores y académicos que impulsan el cambio, son tal vez la prueba más clara de que este proceso de vida, es irreversible. Representan al mismo tiempo la mayor esperanza de los ciudadanos de vivir en una sociedad que persiga siempre la verdad, reclame incansablemente por mejor justicia y cultive en cada rincón del país la memoria de su pasado".

(*) Carlos Rozanski es juez federal de La Plata

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