Néstor no falló

El diputado nacional por Nuevo Encuentro recuerda las circunstancias en las que Néstor Kirchner llegó a la Casa Rosada el 25 de mayo de 2003 y repasa el camino recorrido desde entonces.

Escribe Gastón Harispe (*)

Desde el 25 de mayo de 2003, mi vida personal y la historia de todo el colectivo nacional, cambió. Allí apareció frente a las cámaras un dirigente sin pinta de tal, revoleando un bastón presidencial que después conocimos como muy simbólico. En el Congreso, al momento de su asunción, llevó adelante algo así como un discurso a la vez que una proclama. Allí dijo cosas como que no iba a dejar en la puerta de la Casa de Gobierno sus convicciones; que su senda era la del trabajo, el desarrollo y el mercado interno, y otras cosas que no pertenecían al común de los discursos. Estábamos acostumbrados a escuchar políticos que hablaran para los de afuera. Allí inauguró para el público general (aunque fuera Presidente electo, los argentinos lo conocíamos poco) el discurso de la gestualidad kirchnerista, que especialmente en Néstor expresaba entre otras cosas el mezclarse entre la gente y abrazarse cual referente de banda musical. Este hombre público vino a instalarse en el corazón y la admiración de una nueva camada militante. Su fuerza estuvo en la entrega y el esfuerzo puesto en la conducción de una Argentina que había encontrado devastada.

En 2003 el País estaba prendido fuego. En mi experiencia personal, habíamos llegado hasta ahí entre piquetes y demandas de un espacio que habíamos generado desde nuestra propia organización que habíamos denominado "Coordinadora contra el hambre y la desnutrición". Teníamos decenas de comedores populares donde la tarea permanente era conseguir alimentos frescos para meterle a los secos, que eran los más corrientes. Pero como conseguíamos pocas calorías como leche y carne vacuna, algunos chicos se morían de hambre. Recuerdo especialmente dos, uno de ellos de apellido Bazán, sobrino de nuestra querida compañera Adriana, asesinada posteriormente por su pareja.

Esa Argentina había pasado por las privatizaciones de todas las empresas del Estado. Posteriormente vinieron las puebladas en casi todas las provincias. A Jujuy viajé en 1993 para conectar con los que impulsaron el estallido y allí conocí a Milagro Sala, una pibita muy chiquita con cerca de 14 años. Hubo estallidos en Cutral-Co y Plaza Huincul; Santiago del Estero; Neuquén; Sierra Grande; Mosconi; Tartagal, entre otros; y miles de movilizaciones de lo que denominamos "resistencia a las políticas neoliberales".

Los sectores medios habían pasado también por la recesión y el estancamiento con la consiguiente pérdida de puestos de trabajo. Entre otros y otras, Lucy de Cornelis con sus mujeres en lucha ocupaba campos para frenar los remates de pequeños y medianos productores endeudados. Y los días del estallido habían encontrado a los sectores medios y pobres urbanos tirando piedras y quemando lo que tuvieran a su paso –especialmente bancos y comercios importantes- en el estallido que terminó con el ex presidente Fernando De la Rúa y el peor gobierno de la historia. Fue malo porque hizo todo lo que dijeron los poderosos que haga: Deuda externa para pagar intereses de la deuda con el FMI; déficit cero para el presupuesto, lo que reventó el Estado y provocó la emisión de cuasi monedas, etc, etc, etc. Luego cayeron varios presidentes más y llegó Eduardo Duhalde para devaluar y terminar con la hegemonía de los bancos y devolverle el mando de la economía a los grupos concentrados exportadores. Millones perdieron el trabajo y la pobreza y la indigencia crecieron como nunca. En las elecciones legislativas de 2001 la mayoría había votado en blanco o impugnado.

El contexto de la asunción de Néstor fue ese. Había sacado el 22% y Carlos Menem no le dio ballotage, por lo que su gobierno tuvo una debilidad de origen. La crisis de representación era brutal y los grupos económicos estaban divididos entre tarifados que querían la dolarización y los exportadores que querían un peso bajo. Con pocos votos, sin burguesía nacional, con un movimiento obrero débil y con un alto descreimiento en la política, asumió con el apoyo de un puñado de movimientos sociales y grupos peronistas. Y tenía la palabra. Allí donde no falló. Dijo "estamos en el infierno, tenemos que pasar al purgatorio". Cumplió.  A diez años, Cristina conduce con coraje frente al intento oligárquico de volver a los comienzos de la década.

(*) Gastón Harispe es diputado nacional por Nuevo Encuentro

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