Una década para aprender

El diputado nacional por el PRO critica con dureza los 10 años de gestión del kirchnerismo y asegura ver en las próximas elecciones de octubre "la oportunidad de empezar de nuevo".

Escribe Julián Obiglio (*)

El 25 de mayo de 2003, Néstor Kirchner asumía la Presidencia de la Nación, y mientras festejaba genuinamente su momento triunfal, hacía malabares con el bastón presidencial, jugaba a revolearlo, a que se le caía.

Aquella falta de interés al símbolo que representa el poder y la responsabilidad que el presidente recibe en representación del pueblo argentino (no solamente del que lo votó) fue una señal de los tiempos que vendrían.

El historial institucional del recién llegado a la Capital Federal no era alentador. El matrimonio Kirchner adquirió en Santa Cruz un patrimonio notable. Primero, al calor de la dictadura militar –o, al menos, consintiéndola- y luego, en democracia, ascendiendo en la jerarquía de poder del Estado provincial. Juntos llevaron adelante una gestión colmada de denuncias de corrupción, en la que no se respetaron principios fundamentales de la vida institucional. Las constantes agresiones a la independencia judicial y a la libertad de prensa dieron allí sus primeros pasos.

La crisis económica de 2001 desató la desesperación en una sociedad que pedía a gritos una urgente renovación. Así, el bastón llegó al desconocido gobernador patagónico, y tan solo cuatro años después, aquel pasaba a manos de su esposa.

Durante el primer mandato del matrimonio kirchnerista, la sociedad se vio obligada a abrir una puerta al pasado que la mayoría pensaba definitivamente cerrada, y las divisiones que todos creían haber dejado atrás, volvieron a florecer. Los nuevos –viejos- paradigmas, el relato, los abusos y tantas otras cuestiones, demostraron que los vicios habían viajado desde el lejano Sur, profundizándose en su ascenso nacional.

Las sospechas de corrupción en la obra pública, las agrupaciones violentas que se adueñaban de las calles, y las relaciones carnales con regímenes poco apegados a los fundamentos democráticos fueron solo algunas de las alarmas que sonaron en la sociedad.

La falta de líderes opositores con propuestas, valores y relato alternativo, ayudó a Cristina Fernández a ganar las elecciones de 2007 y las que le siguieron en 2011.

Trabas y controles a los sectores más productivos de la economía, ataques constantes al periodismo, conformación de un fenomenal aparato de propaganda, proyecto de una justicia a medida, corrupción generalizada en la dirigencia oficialista, restricciones a la libertad y soledad internacional son la herencia que el segundo mandato de la señora Fernández de Kirchner dejará a nuestra golpeada sociedad.

Pasaron 10 años desde aquel jugueteo con el bastón presidencial y en ese tiempo tuvimos muchas posibilidades de ver a los Kirchner en su propio espejo: el que reflejaba la imagen de sus comienzos en Santa Cruz y su rostro más cercano, el del despotismo, la ambición y la impunidad.

Hoy la sociedad pide un cambio de rumbo, de estilo, de talante, de valores y de visión. El trabajo de quienes tenemos la voluntad y la responsabilidad política de representar a esa sociedad está en lograr convertir dicho reclamo en una verdadera alternativa política, para dejar definitivamente atrás una década que dividió a los argentinos y puso en riesgo los principios democráticos que con tanto esfuerzo recuperamos en 1983.

Hoy tenemos frente a nosotros la oportunidad de empezar de nuevo. El cambio comienza este año con las elecciones legislativas y se consolida en el 2015 con las presidenciales. Es hora de que finalmente decidamos crecer y demos inicio a un tiempo de progreso, de igualdad de oportunidades y de honestidad.

(*) Julián Obiglio es diputado nacional por el PRO

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