#FilosofíaAplicada La angustiosa alegría de votar

Política

En el día en que el país entero va a decidir quién gobernará por los próximos cuatro años, la filosofía no puede sentirse exenta de reflexionar al respecto de lo que sucede en los individuos a la hora ejercer su libertad y el peso simbólico que se deposita sobre nosotros en el acto de emitir el voto.

Tal vez elegir sea la forma más lúcida, compleja e incisiva de poder ejercer nuestra libertad. Sin embargo, aunque así expresada parecería que esta acción significa la manifestación más pura de nuestro libre albedrío, lo cierto es que no por ello carece de dificultades y conflictos. Es decir, ¿cómo tomamos nuestras decisiones? ¿Somos realmente libres para hacerlo? ¿Por qué habrían de implicarse conceptos tan oscuros como la angustia, el desamparo y la desesperación?

La filosofía no puede sentirse exenta de reflexionar al respecto de lo que sucede en los individuos a la hora ejercer su libertad

Una de las grandes preguntas que se ha hecho la humanidad y que ha posibilitado la emergencia de cientos de teorías es aquella que se cuestiona acerca de cómo se toman las decisiones y, más aún, de qué manera podríamos "asegurarnos" de tomar la mejor decisión posible. Es decir, ¿sólo elegimos guiados por la racionalidad? Claramente no ya que, aunque deseemos llevar adelante elecciones resultantes de un largo análisis probabilístico, lo cierto es que nuestras emociones nos suelen sesgar lo suficiente como para "manchar" nuestra racionalidad. Por lo tanto, al momento de elegir una opción entre varias, no sólo cotejamos que la variante a escoger sea la "mejor" entre las otras (ya la palabra "mejor" es por demás compleja y relativa) si no que también tenemos en cuenta nuestras creencias previas, nuestra historia, lo que hemos sentido y lo que aún sentimos en referencia a las posibilidades.

De esta manera podría ser que una decisión tomada presumiblemente de una forma completamente autónoma, haya sido "interferida" por las pasiones del elector e, incluso, por las condiciones socio-históricas en las que se ha desarrollado y educado. No obstante, si aceptamos los postulados de Jean Paul Sartre, deberíamos decir que, en realidad, el ser humano no es capaz de perder su libertad nunca y que las condiciones que puedan atraversarlo no tienen la fuerza para quitarle su poder de elección ya que, en cierta manera, estamos "condenados a ser libres".

Así pues, la corriente filosófica llamada "existencialismo", de la cual Sartre es uno de sus mayores referentes, sostiene que la libertad es algo primordial e insoslayable para los seres humanos, tanto que es quien va configurando la esencia de las personas, debido a que primero existimos y luego somos en función de las decisiones que hemos ido tomando a lo largo de nuestra vida. Por lo tanto, esto que hoy somos es el resultado del ejercicio constante de nuestra voluntad, volviéndonos los absolutos responsables de lo que hemos hecho y de lo que no.

La libertad es algo primordial e insoslayable para los seres humanos

En correlación a esto es que el filósofo francés afirma que la libertad nos hace humanos pero también nos genera angustia, desamparo y desesperación. En una primera instancia podríamos creer que esto se da debido a que cada elección requiere necesariamente de una renuncia, renuncia que muchas veces no estamos dispuestos a aceptar. No obstante, la angustia emerge por circunstancias un tanto más profundas; según Sartre al tomar noción de la importancia supina de la libertad a la hora de conformar nuestro propio ser emerge esta sensación de agobio ya que no hay forma alguna de evadir la enorme responsabilidad de constituirnos; a su vez, esto se agrava cuando nos percatamos que al elegir por uno mismo además se está eligiendo para toda la humanidad; quien elige un modelo vital para uno está también eligiendo ese modelo para los otros. ¿Acaso no se pregunta cada votante al introducir su sobre qué sucedería si todo el país hiciero lo mismo que él?

Esta enorme e ineludible presión vuelve angustiante al acto de decidir a la vez que nos sumerge en una sensación de desamparo y desesperación porque, mal que nos pese, no podemos evitar la soledad a la hora de elegir: solos entramos al cuarto oscuro y solos salimos de él, es nuestra entera responsabilidad lo que depositamos en la urna y, lo que es peor, no existen criterios que determinen a ciencia cierta cuál es la elección correcta e incorrecta ya que el futuro es incognoscible.

No podemos evitar la soledad a la hora de elegir: solos entramos al cuarto oscuro y solos salimos de él

Por lo tanto ¿debemos sufrir las elecciones? ¿Debemos evitar sufragar para no experimentar la angustia? De ninguna manera, la angustia es parte de nuestra condición humana, es inherente a la responsabilidad que cae sobre cada uno de nosotros. Por otro lado, si sentimos angustia es porque estamos siendo libres; tal vez si no se nos diera la posibilidad de elegir nuestros gobiernos evitaríamos esta situación, pero sería una ficción, un simulacro pueril y cobarde que nos prohibiría hacernos cargo de nuestras responsabilidades y que, de ninguna manera, haría desaparecer el agobio. Por ello, aunque suene paradójico hay que disfrutar de la angustiosa alegría de la democracia porque es en su ejercicio donde desplegamos nuestra capacidad de ser y volvernos humanos.

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