Rodríguez Larreta y el imperio de lo efímero

Política

El jefe de gobierno porteño se vio obligado a comenzar a desandar el camino emprendido al calor de los sondeos de opinión y anunció limitaciones a la presencialidad para bajar la circulación.

El tiempo es un concepto abstracto. Es sabido. Por ello cualquier pretensión por valorar un cambio radical de discurso entre dos momentos de la historia podría ser blanco de numerosas objeciones. La descontextualización histórica suele ser el terreno fértil para este tipo de comparaciones. Ahora, cuando la historia que media entre los momentos que marcan este cambio de discurso se limita a poco menos de dos semanas lo que sorprende no es tanto la marcha atrás ensayada -siempre posible y hasta deseable cuando la situación así lo amerita- sino la naturalidad con que se dice exactamente lo opuesto a lo que se sostenía apenas un puñado de días antes.

Tal fue el artificio que intentó este viernes el jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires Horacio Rodríguez Larreta al anunciar las nuevas medidas de restricción que se aplicarán en territorio porteño con el objetivo de morigerar el impacto de la segunda ola de contagios de coronavirus Covid-19.

Rodríguez Larreta admitió -sin admitirlo abiertamente por supuesto- que para bajar la circulación, y así reducir el ritmo de contagios, era necesario limitar la presencialidad en las escuelas. Exactamente lo contrario a los argumentos que vertió en conferencia de prensa el 19 de abril pasado cuando, al calor de las encuestas de opinión y de la "revolución de los chats de mamis", intentó capitalizar políticamente la frustración generalizada que provocó en todos el déjà vu de la nueva batería de restricciones que se avecinaba.

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“Respecto de la circulación, el uso del transporte público es igual al que antes del 17 de febrero, cuando arrancaron las clases. Del mismo modo, aumentamos un 20% la cantidad de colectivos y disminuyó la cifra de alumnos y docentes que usan el transporte público: antes lo utilizaba una de cada tres personas, y ahora una de cada cuatro. También es un hecho que la mayoría de las vacantes en el nivel inicial y primario se asignan a chicos que viven a menos de 10 cuadras de su escuela”, aseguró en aquel entonces el jefe de gobierno porteño al intentar instalar que las clases presenciales no implicaban un aumento de la circulación.

"A la espera del fallo de la Corte Suprema de Justicia y con la convicción del carácter autónomo de la Ciudad vamos a tomar medidas en la Educación, sosteniendo la presencialidad pero disminuyendo la circulación" dijo sin inmutarse 11 días más tarde y, tras anunciar el pase del nivel secundario a un "sistema bimodal" que combina presencialidad con virtualidad, completó: "vamos a estar colaborando a reducir el uso del transporte público".

La victoria política que se anotó entre las mamis y los papis de la Ciudad Rodríguez Larreta fue una victoria pírrica. Tal es así que hoy, con una situación epidemiológica todavía muy compleja pero un poco mejor perfilada, ya que se amesetó la curva de contagios, Rodríguez Larreta comienza a tomar las medidas que dos semanas atrás se negó a adoptar.

El propio jefe de gobierno porteño lo admitió este viernes. "Tuvimos entre el 20 de marzo y el 10 de abril una suba exponencial en la cantidad de contagios diarios con picos de más de 3.300 casos. Hoy el promedios es de 2.800, está estabilizado pero en un nivel alto", señaló.

Todos los infectólogos y epidemiólogos coinciden en que es necesario bajar la curva de contagios. El colapso sanitario es una posibilidad siempre latente. Y sin el menor atisbo de triunfalismo celebran y se esperanzan a la espera de que la meseta en la curva que se logró en las últimas dos semanas se traduzca en las próximas dos en una baja en la cantidad de casos.

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Y es en este contexto epidemiológico, un poco más holgado que hace dos semanas, en el que Rodríguez Larreta comienza a desandar el camino que la especulación política lo llevó a recorrer.

En su libro "El imperio de lo efímero" el filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky analiza las modas en las sociedades postmodernas y advierte que hoy la moda es el paradigma mismo del sistema y nada escapa a ella, ni el arte, ni el amor, ni tampoco la política. Nada.

Y advierte que nunca antes las referencias, los valores, las decisiones que se toman fueron tan dependientes de lo voluble, lo contagioso, lo seductor. Tal parecen ser las características de los pilares que sostienen hoy las decisiones del gobierno porteño. Convicciones efímeras que cambian con la velocidad de las tendencias que dicta el mundo de las redes sociales y asumidas al calor de la seducción y placeres que prometen las conclusiones de los focus group.

Lidiar con los efectos sanitarios, sociales y económicos de la pandemia exige liderazgos fuertes, convicciones profundas y políticas decididas aún cuando sean impopulares y puedan costar una elección. La diferencia entre esta clase de posición frente a la segunda ola de contagios y la tentación de dejarse llevar por los devaneos de la opinión pública solo para sumar algunos puntos de imagen pública, se cuenta en vidas. Y para salvar esas vidas, el tiempo que se deja pasar sin medidas, no es abstracto.

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