Atentado a la AMIA: 60 horas de una cobertura periodística que me marcó para siempre

Sociedad

Sin saber a qué me iba a enfrentar, aquel hecho constituyó un antes y un después en mi carrera como cronista.

60 horas. Ese fue el tiempo que estuve cubriendo el atentado al edificio de la AMIA aquel 18 de julio de 1994. Todo era escombros, sirenas, dolor y llantos.

Solo teníamos en claro que hubo una explosión, pero no sabíamos si había sido por un escape de gas, por el derrumbe de un edificio o algo similar. Sin embargo la primera frase que se me ocurrió decir en mi relato al llegar al lugar fue: "Esto es lo más parecido a un atentado".

Con la cámara encendida caminábamos sobre la calle Pasteur minada de rollos de tela, pedazos de ventanas, vidrios y partes de autos rotos. SANGRE.

Era el horror en primera persona. Los gritos se encimaban unos a otros pronunciando nombres de personas que a la postre resultaron víctimas.

Fuimos parte de un pedazo nefasto de la historia argentina durante dos días y medio donde el cansancio no tuvo lugar.

Rápidamente la cosa se empezó a ordenar, cerrar la calle con vallas fue fundamental para que los profesionales pudieran trabajar.

Cada tanto un chistido con el índice cruzado sobre los labios pedía silencio para poder escuchar el quejido de las víctimas que aguardaban ser rescatados de entre los hierros retorcidos.

Nos habíamos ubicado en el techo del edificio que daba al frente de lo que era la sede de AMIA. Cuando llegamos a esa terraza, lo primero que vimos fueron pedazos de vehículos que volaron y quedaron desparramados. Eso demostraba dos cosas: la ferocidad de la explosión y que sin dudas habían utilizado un "coche bomba".

Redactar todo lo que vivimos en ese lugar es extenso. Si en lugar de escribir tuviera que pintar la escena, dibujaría un montaña de escombros con gente con sombreros y ropa negra trepada a esas ruinas hurgando en los escombros buscando vida.

No recuerdo cuántas horas habían pasado cuando un pedido de silencio llamó la atención de todos. Rápidamente se hizo un cordón que nacía en el corazón de las ruinas y terminaba 200 metros después en la puerta del Hospital de Clínicas.

Un cuidadoso trabajo de los rescatistas quitando piedra por piedra logró descubrir la silueta de una persona. La camilla de madera esperaba a metros del lugar. De pronto, lleno de polvo y raspones, pero sonriente, se asomó Jacobo Chemanuel. A pesar de vivir un infierno, demostraba su gratitud al trabajo de los bomberos y mientras era sacado debajo de esa montaña de escombros. Les decía incansablemente: "Gracias, gracias , gracias".

En las imágenes que registramos y miré durante horas y horas después de tanto tiempo se puede leer los labios de Jacobo, quien lamentablemente no pudo resistir y aunque llegó con signos vitales al hospital, falleció a pesar del esfuerzo de los médicos.

Habían pasado ya muchas horas y la cobertura en vivo no permitía desplazamientos, estábamos fijos en un lugar y debíamos estar muy atentos a lo que sucedía segundo a segundo. De tanto en tanto apoyaba la espalda a un muro que hacía de balcón y dormitaba un poco. No quería abandonar mi puesto de cobertura.

Durante el segundo día pedí cambiar con un compañero y me fui con el camarógrafo Mario César Gavilán con una "portátil" para moverme libremente y recorrer un poco la zona del desastre. Lo primero que intentamos hacer fue llegar al lugar donde estaban trabajando los rescatistas para evidenciar la tarea que llevaban adelante. Cuando estábamos arribando, se desplomó una parte de los escombros atrapando a un par de bomberos a los que debieron trasladar al Clínicas. Nos pidieron que nos alejáramos.

Ese movimiento de escombros dejo al descubierto la cabina del ascensor y permitió rescatar de adentro de la cubícula a un joven deportista que, gracias a su estado atlético, pudo sobrevivir tomándose de unas barras laterales. Se llama Alejandro Mirochnik. Afortunadamente sobrevivió, sufrió una herida complicada en una de sus piernas, pero eso no le impidió continuar con su vida deportiva.

Hoy se cumplen 29 años con los recuerdos intactos. Cada 18 de Julio intento buscar sin éxito la razón que movió a los criminales a perpetrar semejante acto de terrorismo.

Ni olvido ni perdón. Justicia.

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