Cuando la experiencia guía: por qué la tecnología no debe reemplazar el diálogo entre adultos mayores y jóvenes
Diego Martín, escritor y autor del libro El viejo, el joven y el perro, destaca el valor del intercambio entre jóvenes y adultos mayores para el crecimiento emocional.
En un contexto donde el diálogo entre adultos mayores y jóvenes es cada vez más escaso, especialistas y experiencias culturales destacan el valor del intercambio entre generaciones como una herramienta clave para el aprendizaje, la empatía y el crecimiento personal.
En tiempos donde la comunicación entre distintas generaciones parece debilitarse, la convivencia intergeneracional vuelve a instalarse como un tema central. Lejos de tratarse solo de un vínculo familiar, este tipo de relaciones ofrece beneficios emocionales y sociales tanto para adultos mayores como para jóvenes.
La empatía y la comunicación aparecen como pilares fundamentales para sostener cualquier posibilidad de diálogo. En ese marco, la relación entre abuelos y nietos es una de las formas más habituales —y valiosas— de convivencia entre generaciones, ya que permite transmitir experiencias, aprendizajes y miradas de vida.
Sobre esta temática reflexiona Diego Martín, escritor y autor del libro El viejo, el joven y el perro, donde relata anécdotas y vínculos intergeneracionales que dan cuenta de la profundidad de estos lazos. “Creo profundamente que es importante que no se pierda la convivencia intergeneracional. Hablamos de adultos mayores que han transitado caminos muy distintos a los de las generaciones más jóvenes, cargando una mochila de experiencias que muchas veces guarda grandes tesoros”, señala el autor.
En esa línea, Martín destaca el valor simbólico y emocional de ese intercambio: “Esos tesoros pueden convertirse en faros que ayuden a otros a orientarse en su propio camino personal. Además, la riqueza de ese intercambio no solo beneficia a quien escucha: esas conversaciones empoderan el alma de ambas partes”.
La idea de la experiencia como legado atraviesa toda la obra del escritor. Todo lo que cargamos en nuestra mochila son ejemplos a seguir. Incluso los errores y las caídas forman parte de ese aprendizaje compartido. Como expresa uno de los personajes del libro: “Me dí cuenta que no podía inventar la pólvora, hijo. Que no tenía tiempo para caminar a oscuras con los ojos vendados, así que decidí buscar faroles".
Si bien la globalización y el avance tecnológico ofrecen respuestas inmediatas y soluciones rápidas, el autor advierte sobre el riesgo de perder la esencia humana. A diferencia de las respuestas automáticas —“siempre es la misma”—, cada persona carga una historia única, atravesada por vivencias irrepetibles. Allí, sostiene, reside la verdadera riqueza del encuentro humano.
Con el paso del tiempo, estas relaciones intergeneracionales se han ido debilitando, especialmente en Occidente. Sin embargo, existen culturas donde el respeto hacia los adultos mayores sigue siendo un valor central. “Hace poco estuve en Ginza, Tokio —Japón—, y puedo asegurar que allí se respira un profundo respeto y admiración de los más jóvenes hacia los adultos mayores. Ese trato, casi ceremonial, se percibe de inmediato. Algo similar pude observar en culturas como la turca o la china, donde el respeto hacia los mayores sigue siendo un valor central”, confiesa el escritor.
En paralelo, Martín observa que la conexión familiar se fue diluyendo de manera progresiva: "Muchos jóvenes, con menor contención emocional, encontraron refugio en el celular y en la tecnología". Esa idea también atraviesa su libro, donde plantea una interacción decisiva: toda la tecnología del mundo no logra darle al joven respuestas para encauzar su vida, hasta que aparece el Anciano.
A partir de ese encuentro, pasado y presente se cruzan, sanando heridas y resignificando conceptos como éxito, prosperidad y felicidad. “Dejar de lado estas interacciones entre generaciones es como conformarnos con tomar la misma pastilla que toman todos, esperando que por sí sola genere cambios internos profundos. Pero existe otro valor imposible de medir con dinero: el de los momentos mágicos. Esos que solo pueden sentirse y no comprarse”, concluye Diego Martín.
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