Cuando disparar en defensa propia deja secuelas de por vida 

Sociedad

Ante el aumento de los delitos y su reproducción en los medios son muchos los que deciden armarse para sentirse más seguros. Pero el efecto puede ser el contrario al buscado. Además de la posibilidad de lastimar a un ser querido, son inevitables las secuelas psicológicas en quienes aprietan el gatillo.

Los daños físico y psicológico involuntarios tras el uso de armas tienen una explicación. El psiquiatra forense Andrés Mega explicó a minutouno.com que “en las personas comunes que han sido involuntarios autores de lesiones u homicidios se corrobora el escaso o nulo conocimiento previo de las más elementales nociones de tiro y de cuidado del arma”.

A la falta de conocimientos técnicos se suman “el nerviosismo y la inexperiencia” que surgen en situaciones para las que sí tienen preparación los agentes de las fuerzas de seguridad, pero no los civiles.

“Armarse hasta los dientes y concurrir a escuelas y academias de tiro supuestamente debería calmar la inseguridad que se vive, pero lejos de esto, fomenta una doble paranoia, es decir, la inseguridad previa y la tensión de la posesión de un arma, con los cuidados que ella exige”, asegura el experto.

Y si se superan esos nervios, las consecuencias psicológicas están allí, listas para estallar. Herir o matar a alguien “es un hecho traumático y desestabilizador que produce secuelas imborrables que requieren urgente tratamiento psiquiátrico y psicoterapéutico”, confirma Mega.

Las consecuencias psicológicas

La vivencia de un hecho violento puede generar estrés postraumático, un trastorno que se manifiesta unos tres meses después del episodio y que incluso puede aparecer años más tarde. Uno de los síntomas son la repetición de la vivencia, en forma de recuerdos, pesadillas e incluso alucinaciones que le hace pensar a la persona que el hecho violento puede repetirse. También puede presentarse la evasión de la experiencia y de elementos, recuerdos o conversaciones que lleven a pensar en ella; insomnio, irritabilidad y nerviosismo.

“Incluso los agentes de las fuerzas de seguridad, después de un enfrentamiento armado, deben tener entrevistas psicológicas de evaluación”, destaca Mega.

Armas, ¿a quién?

Otro de los riesgos surge, según Mega, de la “insuficiencia” de los controles psiquiátricos y psicológicos del Renar (Registro Nacional de Armas) a la hora de entregar permisos de para tener o portar armas.

“Los certificados preimpresos del organismo permiten a cualquier profesional de la psicología o psiquiatría firmar y sellar una supuesta evaluación que en muchos casos ha sido incompleta o directamente no se ha realizado. Como consecuencia -alerta Mega- hay deambulando personas armadas con severas patologías, como graves trastornos de personalidad, paranoicos, síndromes orgánico cerebrales en curso, retrasos mentales y hasta psicóticos, a los que debería privarse de por vida acercarse a elementos letales”.

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