Cuando disparar en defensa propia deja secuelas de por vida
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La vivencia de un hecho violento puede generar estrés postraumático, un trastorno que se manifiesta unos tres meses después del episodio y que incluso puede aparecer años más tarde. Uno de los síntomas son la repetición de la vivencia, en forma de recuerdos, pesadillas e incluso alucinaciones que le hace pensar a la persona que el hecho violento puede repetirse. También puede presentarse la evasión de la experiencia y de elementos, recuerdos o conversaciones que lleven a pensar en ella; insomnio, irritabilidad y nerviosismo.
“Incluso los agentes de las fuerzas de seguridad, después de un enfrentamiento armado, deben tener entrevistas psicológicas de evaluación”, destaca Mega.
Armas, ¿a quién?
Otro de los riesgos surge, según Mega, de la “insuficiencia” de los controles psiquiátricos y psicológicos del Renar (Registro Nacional de Armas) a la hora de entregar permisos de para tener o portar armas.
“Los certificados preimpresos del organismo permiten a cualquier profesional de la psicología o psiquiatría firmar y sellar una supuesta evaluación que en muchos casos ha sido incompleta o directamente no se ha realizado. Como consecuencia -alerta Mega- hay deambulando personas armadas con severas patologías, como graves trastornos de personalidad, paranoicos, síndromes orgánico cerebrales en curso, retrasos mentales y hasta psicóticos, a los que debería privarse de por vida acercarse a elementos letales”.





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