El infierno tan temido: ¿llegará la heroína a las calles de la Capital?
La escena imaginaria es dantesca y macabra, pero la ignorancia es la peor prevención y no pensar en ella no solucionará el problema. Suponer personas abandonadas en la calle con una jeringa colgada de sus brazos, parias humanos arrojadas a su destino o muertas por sobredosis de heroína es el peor escenario que se puede suponer en un país como la Argentina. Pero no hay que engañarse: los narcos colombianos y mexicanos están en nuestras pampas para algo más que hacer turismo, comprar hoteles, campos en Mar del Plata (y encargar 300 monturas pagadas con dinero contante y sonante) y en otras zonas de la Provincia de Buenos Aires y hacer adquisiciones de efedrina a bajo precio.
Cuando minutouno.com desde su inicio marcó que existía una tendencia ascendente en el consumo de drogas pesadas en la Argentina, se nos tildó de alarmistas y cosas por el estilo. Algo similar sucedió cuando advertimos sobre la guerra de los narcosenderistas por la posesión territorial en el marco de la venta de drogas.
Pero con una diferencia atroz: la heroína no admite ni los llamados consumidores sociales u ocasionales (quienes por caso pueden tomar cocaína en oportunidades especiales, pero no a diario) ni los recreativos. Bastan poco menos que diez contactos de la heroína con el organismo, para que la química del cuerpo se transforme totalmente y el consumidor caiga en la adicción.
El marketing de la heroína ha producido una perversa mutación entre los químicos que trabajan con ella. Durante muchos años, las personas no se animaban a consumirla por la aversión que les producía inyectarse. Entonces los profesionales químicos que trabajan con los narcotraficantes fueron modificándola hasta hacerla inhalable, algo que tiempo atrás era altamente dañino (recordar la escena antológica de Umha Turman en “Tiempos Violentos” de Quentin Tarantino cuando sufre un shock a causa de esnifar heroína confundiéndola con cocaína).
Hoy la heroína comienza por ser una prueba que se consume como la cocaína, vía nasal, sin necesidad de recurrir a la jeringa, aunque en todos los países donde se comenzó a experimentar de esta forma (Centroamérica, principalmente) tarde o temprano los consumidores terminan inyectándosela pues el ingreso al torrente sanguíneo vía endovenosa produce un efecto de satisfacción casi instantáneo. Claro, la pesadilla viene después.
Los dealers modernos tampoco responden al prototipo de los que muestran las películas, y eso es otra gran engañifa del narcotráfico. Muchos de quienes trafican sustancias duras tienen aspecto de profesionales, empleados administrativos de elegante sport o se los encuentra en los gimnasios –paradójicamente-, haciendo ejercicios físicos y remedos de vida sana.
Y ellos están diciendo que en pocos meses habrá heroína a buen precio en las calles de Buenos Aires. Despliegan un marketing casi perfecto que desde hace décadas les hace ganar nuevos clientes pese a que las evidencias afirman lo contrario. Estos narcos sostienen que lo que daña es la droga de baja calidad, las buenas sustancias no producen efectos secundarios. Ese argumento le ha valido a la heroína permanecer décadas largas en el mercado sabiéndose sus terribles efectos y pese a ello siempre ganando nuevos mercados.
El peor escenario, el infierno tan temido es suponer que los narcos colombianos y mexicanos ya instalados en estas tierras están anunciado el pronto arribo del “caballo” o “azúcar marrón” como se la llama en otros países a este opiáceo.
Y en ese escenario, como ya es costumbre, las autoridades siempre mirando el canal equivocado.
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