El otro no importa: el creciente egoísmo de la clase media

Sociedad


  • Un sector de la población aspira a obtener su propio bienestar sin solidarizarse con quienes sufren exclusión.
  • El desprecio hacia el otro crea un tejido social de odio y egoísmo destinado a dividir aún más a la sociedad.


“Ser humano es hacer algo por otro”, decía el filósofo Emmanuel Levinas que después de pasar por Auschwitz apostaba a la necesidad de dejar de mirarse a sí mismo para ver los ojos del rostro del otro. Con la experiencia del menemismo en la Argentina, que revalorizó la importancia de la heladera y el auto nuevo, la ciudadanía parece haber perdido el humanismo al olvidarse del otro. Las acciones, protestas y deseos de un sector de la clase media se dirigen exclusivamente a satisfacer sus propias necesidades y a cubrir su propio espacio de bienestar, sin mirar al costado, sin ponerse nunca en el lugar del otro: el otro que sufre, en la mayoría de los casos, como víctima de una sociedad indiferente que no puede contener a todos.

 Con la crisis de 2001, hubo un pequeño momento de unión que se diluyó sin dejar huellas. “Piquete, cacerola, la lucha es una sola”, cantaban en las calles con la bronca contenida. Pero cuando dejaron la cacerola y volvieron a la vida diaria, el piquetero se convirtió en el enemigo que impide el paso, como si fuera más importante no perder un minuto que comer todos los días. No importa la desgracia ajena, sino el propio mundo individual.

Es sorprendente, escuchar tantos comentarios sobre las personas que toman predios para levantar asentamientos, como el de Parque Patricios que fue desalojado, o toman viviendas ya otorgadas, como en el Bajo Flores. Muchos de los mensajes son despectivos, llenos de odio contra esa gente, que en la mayoría de los casos sólo quiere un lugar para vivir, sin comodidades ni lujos, quieren viviendas en las que los que critican jamás vivirían. 

También se escucha mucho desprecio hacia los peruanos o bolivianos, desprecio hacia el otro, sin reflexionar sobre las distintas situaciones, y sin una mínima solidaridad ante contextos adversos. 

Así, va creciendo un tejido social basado en el odio y el egoísmo, que será irreversible si no se puede detener a tiempo. En muchos casos (no en todos, por supuesto) el voto en la ciudad de Buenos Aires refleja ese egoísmo: la clase media cuando progresa quiere que “le saquen al negro de enfrente”. No quiere ver cartoneros en las calles, ni villeros en los barrios, ni piqueteros molestando, no importa lo que les pasa, si consiguen trabajo y pueden vivir dignamente, importa sólo que los borren de la vista.

A ese sector de la ciudadanía parecería que la lucha por la educación pública les resulta ajena porque total “mi hijo va a la universidad privada”, sin poder ver que cuanta más gente acceda a la facultad la sociedad será mejor para todos; no reclaman empleo, porque tienen un trabajo para mantenerse; no reclaman por el fin del hambre, porque comen todos los días y no pueden ver que la pobreza es la causa principal de la delincuencia; no reclaman por educación ni salud para todos los habitantes del país; y no se meten en cuestiones tan urgentes como la despenalización del aborto acompañada por una fuerte política de prevención, porque pueden pagar una intervención clandestina sin que jueces ni medios se enteren. 

Sólo cuando el otro empiece a importar será posible empezar a pensar en una Argentina para todos, sin hambre ni inseguridad.

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