#FilosofíaAplicada Solidaridad mal entendida

Sociedad

La viralización del reto #DontJudgeChallenge en donde algunos jóvenes se "afean" con el supuesto objetivo de concientizar sobre el bullying, no sólo abre el debate acerca de si es una campaña efectiva o completamente estigmatizante, si no también da lugar a la reflexión sobre el concepto superfluo y banal de "solidaridad" que circula por nuestra sociedad.

Sin lugar a dudas, la culpa es hoy por hoy un sentimiento generalizado entre todos nosotros, surgido principalmente por la toma de conciencia de nuestras excesivas posesiones materiales en un mundo donde la pobreza, la contaminación y la marginalidad humana están al orden del día. Así pues ante cada gasto o consumo puede emerger una pequeña sensación de responsabilidad ante esta realidad que nos comienza a corroer por dentro al observar que la situación de muchas personas no es igual a la nuestra.

Claro que esta culpa no es lo suficientemente profunda como para hacernos cambiar de hábitos, por lo que generalmente vamos en búsqueda de pequeños actos que nos aplaquen la conciencia pero que no sean capaces de modificar nuestras conductas arraigadas. Es en este punto nodal de nuestra existencia en donde diversas campañas más publicitarias que "solidarias" se han enraizado, buscando tocar nuestros nervios culposos motivándonos a realizar algún tipo de acción que mitigue la falta pero que al mismo tiempo nos otorgue el placer y la satisfacción de seguir consumiendo o defendiendo el mismo sistema de ideas que provocan tal situación.

¿Existe alguna idea subyacente detrás de toda esta parafernalia solidaria más allá de la mera intención de mostrarse ante los demás como buenos?

Es aquí entonces donde el concepto de "solidaridad" comienza a tergiversarse. ¿Qué significa esta palabra? Como la gran mayoría de nuestro vocabulario, proviene del latín soliditas (realidad homogénea, fuerte, unida) por lo que el comportamiento in-soliditas o "solidario" pretende dar cuenta de un compromiso veraz y empático hacia el otro que va más allá del mero hecho de ayudar con una circunstancia en particular. Sin embargo, con el correr del tiempo (y la emergencia de ideas fuertemente individualistas) la solidaridad ha ido perdiendo, precisamente, su solidez.

Por supuesto que no se debe hablar de una totalidad, si no de una tendencia social en donde ser solidario es igual a dar lo que sobra, lo que ya no se usa o ayudar siempre y cuando no implique el más mínimo perjuicio o renuncia a nuestros bienes materiales. Es decir, se ha labilizado el compromiso y se ha tomado este concepto como un mero acto purgatorio de nuestra conciencia que no puede perder tiempo en pensamientos morales porque debe estar eminentemente ocupada en direccionar la energía hacia el crecimiento personal.

Así pues nacen campañas "solidarias" que pretenden mitigar la culpa con la compra de una hamburguesa, una botella de agua, tirándose un balde helado sobre la cabeza o, ahora, filmándose con la cara pintada según los estereotipos de fealdad, mostrando por supuesto al final del video que era todo una pantomima ya que la realidad es que se pertenece al estereotipo de los "lindos".

La solidaridad está mal entendida porque no implica ningún compromiso, ninguna intención de fortalecer los vínculos entre unos y otros, si no que se convierte en una mera superficialidad, en un relato lleno de eufemismos y aparentes buenas intenciones, pero que está vacío de contenido

Pero, ¿existe alguna idea subyacente detrás de toda esta parafernalia solidaria más allá de la mera intención de mostrarse ante los demás como buenos? Se trata sin dudas de la dicotomía exclusión-inclusión. En muchas de estas campañas se pone en movimiento una lógica en donde sectores incluidos en un modelo económico/afectivo van en rescate de las carencias de quienes han quedado excluidos. Ahora bien, ¿existe la férrea intención de hacer al otro parte de nosotros, es decir, de incluir a los excluidos? Por momentos pareciera que no, que la solidaridad sólo es vista como un medio para aplacar los ánimos, para mitigar las excesivas faltas de los excluidos pero de ninguna manera permitirles que sean parte de la sociedad incluida; que permanezcan allí, con algunas pequeñas soluciones que calmen sus reclamos y la violencia de no pertenecer.

Por consiguiente, podemos afirmar que la solidaridad está mal entendida porque no implica ningún compromiso, ninguna intención de fortalecer los vínculos entre unos y otros, si no que se convierte en una mera superficialidad, en un relato lleno de eufemismos y aparentes buenas intenciones, pero que está vacío de contenido. Mostrarse bueno ante los demás, no renunciar a una vida de consumo, seguir perpetrando una jerarquía social en donde el que más tiene le da sus sobras al que menos posee... en esto se cree hoy cuando se habla de solidaridad; por ello, quizás ya sea hora de salir de la superficie.

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